Diarios Innecesarios LII

Al comienzo sentí miedo, un temor del que no podía desconectarme, al tiempo, en la sala del apartamento una discusión tenía lugar por el canal de televisión. Yo vivo solo, lo sabes, es imposible que el televisor esté encendido a las dos de la mañana, a esa hora estoy durmiendo, tampoco hay muchas posibilidades de que dos personas estén discutiendo ahí. No encontré otra cosa con la cual pensar en defenderme, un libro, el de tribulaciones de Maqroll el Gaviero estaba en mi mesa de noche, lo tomé, es un libro grueso y debe golpear como piedra.

Salí de la habitación sin hacer ruido, la respiración en el nivel más bajo posible, se me antojo que si no respiraba llegaría poco oxígeno a mi cerebro y no tendría mucha oportunidad de usar mi inteligencia. Caminé despacio, asomé la cabeza lentamente hasta poder ver la sala, el televisor estaba encendido, la discusión parecía apagarse, di un par de pasos más y la pareja estaba ahí, con el control en la mano el hombre le insistía que debía cambiar de canal, ella en cambio quería dejarlo en el que estaban viendo.

Ambos me notaron cuando les dije, «¿Ustedes quiénes son, qué hacen aquí?» El hombre le gritó a la mujer, te lo dije, debemos cambiar el canal, la mujer con ojos descalzos me miró, pronunció algo de lo que alcancé a entender: «Puse el canal porque quería estar cerca», el hombre cambió de canal, todo volvió a quedar en silencio. Estuve un rato quieto observando, luego con menos temor pasé hasta el balcón, miré a través del vidrio de la ventana, no encontré nada.

Volví a la cama, no pude dormir más. Al siguiente día me senté en el sofá, encendí el televisor, cambié una y otra vez de canales. Nada sucedió. Fui a la nevera, tomé jugo y llené un vaso, volví a la sala, me senté nuevamente, dejé el vaso a mi lado y sin querer lo derramé por la silla, debí limpiar. Estaba en eso cuando encontré el pendiente, unos pendientes en oro, me parecieron conocidos, en forma de círculo, como una moneda pequeña, adelante tenían la imagen de un barco de velas, atrás un nombre de mujer.

 

Mis amigos y yo pusimos anuncios en nuestras camisas y en carteles que sosteníamos con los brazos, las personas al mirarnos sonreían, otras ni siquiera nos notaban. Así, fue que la conocí, así fue que tuvimos una cita y no volvimos a vernos. Entre mis manos había un letrero que decía, ¿Estás seguro de que a dónde vas es a donde quieres ir? ¿Te sientes bien abandonando tu felicidad por cumplir con un horario y unas tareas que no quieres hacer?

Ella dijo, te haces el gracioso pero sé que trabajas como todos nosotros, te he visto salir de esta misma estación con el afán de quien va tarde para entrar a tiempo a la oficina. Reí con ella, le pedí ayuda y se quedó un rato conmigo viendo a los otros transeúntes leer lo que decía el cartel. Estoy de vacaciones, por eso puedo hacer esto, de otra manera como tú dices estaría yendo hacia la oficina. Me hizo cosquillas, confesé no ser sensible a ellas, en cambio yo sí, eso aceptó.

Intercambiamos números de teléfono. Quedamos en ir a tomar café. Nos vimos en un lugar entre los locales donde venden artesanías típicas, en el centro de la ciudad, había galletas, repetimos café, a la mitad de la taza, sin habernos puesto de acuerdo, las intercambiamos, yo bebí de la suya, ella de la mía, reímos, hablamos, descontamos películas y libros, ciudades y equipos de fútbol. Sabe de fútbol aunque no se emociona mucho con ello.

Al despedirse me dijo, viajo mañana, no sé cuando vuelva pero lo haré. Del lugar al que voy no puedo hablarte, desde allí sabré de ti aunque tú no puedas hacer lo mismo conmigo. Quizá te deje alguna señal entre la gente para hacerte saber cuanto te extraño. No es acá en este mundo en el que estás, es otro, yo volveré.

Esa noche la pasó en mi casa, esa noche comprendí el dolor del amanecer que ve pasar la noche y acepta el día sin otra opción. Ella se fue desvaneciendo mientras que yo leía para ella poemas de Octavio Paz.

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