Mosquitos nocturnos

Un mosquito gira solitario por el espacio aéreo de mi cuarto, arriba de mi cama, cerca del techo, desde la cortina hasta la pared en el lateral opuesto. Su movimiento es admirable, se sostiene a sí mismo y aún siendo diminuto produce un ruido volcánico. He intentado varias veces con la almohada sobre la cabeza darle un golpe de indiferencia para olvidar su ruido, no es posible, él sigue en el aire, incansable, en línea recta o zigzagueando se inyecta entusiasmo y continúa con su vuelo y su ruido.

He pensado e n los pequeños orificios por donde pudo haber ingresado, una sensación de imposibilidad me impide aceptar que venga de la calle, creo que ha surgido por generación espontánea, la idea me gusta, la digiero sin masticarla, ahí está el origen de la vida en la tierra, generación espontánea como la del mosquito. Se me ha ocurrido también que haya salido del espejo en el baño, un espejo que conecta al mundo paralelo en donde una congregación secreta de mosquitos dispone de sus más grandes guerreros para enviarlos al otro lado del mundo, que viene a ser mi cuarto y su silencio.

Creo que dormí unos segundos, apenas un parpadeo y el mosquito no está en el aire, ahora está sobre mi cuerpo, justo en la oreja izquierda, lanzo un golpe, la mano abierta reconoce su fuerza, se expande para expresar completamente la longitud de los dedos, el brazo se estira, el golpe se oye suave, el ego advierte una grieta, la mano ha dado con la oreja pero no con el mosquito.

Tomo impulso, me levanto de la cama, busco un objeto contundente, me parece bien usar un libro, ‘rant’ de Palahniuk, el libro toma forma de arma mortal y como si lo presintiera el mosquito desaparece. Lo busco, dejo un silencio regado en mis pasos, me muevo lentamente alrededor de la cama, no lo veo, no lo escucho, me quedo quieto, uno, dos, tres, cuatro segundos, la cuenta se repite y cuando creo que en un minuto caben cien eternidades aparece erguido sobre sus alas desde la puerta del closet.

Una mancha, una especie de asterisco refleja la fortaleza del papel en contra del mosquito. Dejo el libro, busco la cama, me ubico bajo las cobijas, el sueño ha sido espantado, ahora los ruidos de la calle caben en mis oídos, los escucho todos. Comprometo a los párpados para que se junten, pongo las manos dentro de la cobija, me acomodo, quiero dormir rápidamente, me parece que el sueño llegará pronto, pronto, pronto.

Sé que estoy dormido, es una certeza propia con la mayor exactitud posible, aún sabiendo que estoy dormido entonces comprendo que estoy soñando. Nuevamente el mosco rodea el techo abierto de mi cuarto, va y vuelve, yo lo veo desde la cama, él me mira, sé que me observa, de pronto se lanza hacia mi cara sin darme oportunidad de defenderme, cae sobre la mejilla derecha, no se conforma con la picadura, se mete dentro de la piel.

El mosquito se mueve, va por una vena y lo siento aproximarse a todos los lugares de mi cuerpo, yo me veo, sé que estoy dormido y puedo verme, ahí estoy sobre la cama, el mosquito dentro moviéndose, ahora trata de salirse, no parece poder lograrlo, lo hace, rompe la piel en mi mano, me despierto, me rasco la mano, una gota de sangre aparece en la uña del dedo con el cual me rascaba una herida abierta en la mano.

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