Encuentros

Yo sería otro de no haber alcanzado esta cercanía contigo.  Un distanciamiento de mí mismo cubriría mi continuo movimiento, estaría aquí, sí, donde estoy, estaría aquí palideciendo la noche al tiempo que te busco sin saber quién eres o por qué quiero encontrarte.  La casualidad nos trajo, debió ladear ciertos caminos, bloquear cruces entre calles, quizá hasta motivó encuentros en lugares para que pudiese darse tu mirada en la mía y la mía en la tuya.

Esta noche vienes a mi casa con una justificación que calificaste como urgente, en el cajón de tu mesa de noche encontraste mi agenda de notas, en donde he escrito algunas cosas para ayudar a mi memoria.  Te excusaste antes de decirlo, viste algunas hojas y encontraste una en donde yo había anotado una cita, sí, una hora y junta ella la fecha de mañana.  A las 7:15 a.m. debo estar en el consultorio del homeópata, no para asistir como paciente, la descripción del compromiso es, “Romper el vidrio de la ventana del consultorio de este médico.  Hace un año me engañó con placebos.”.

Hubieras podido llamar, dije lo anterior y supe rápidamente que no era una buena oración para dar paso a una conversación continua, entonces di las gracias, y te pedí seguir a la cocina, estaba preparando un sándwich, ya había servido una taza de leche. Te ofrecí y no aceptaste el vaso, abrí la nevera y llené otro vaso con jugo de manzana, esta vez la elección fue la correcta.  Bebes lentamente, haces una observación sobre el frío de la bebida, no sostengo la conversación, y dejo a un lado mi comida.

Me preguntas el motivo de la cita, te explico, te ríes, pongo cara de serio unos segundos, río.  Salgo de la cocina y voy hasta el cuarto, no quieres seguirme, te digo, vale, si quieres espérame en la sala, salgo unos segundos después, abro el morral que llevo a diario, en él se puede ver una piedra de buen tamaño.  Tu rostro expresa sorpresa, luego risa, y un instante después empiezas a preguntar si lo he planeado todo.  Te digo cada uno de los pasos que adelantaré para romper los vidrios del consultorio.  Reímos, yo vuelvo al cuarto a dejar el morral, tú entras conmigo, pongo la agenda en la mesa de noche.

Vemos la cama tendida, te burlas de mí, tienes la amabilidad de apostar conmigo sobre el número de libros que hay debajo de las sábanas, aciertas, hay cinco, dos de poesía, un par de novelas y un libro de ensayos.  Sumas con los dedos de tu mano izquierda y con exactitud de adivina dices el número de días que ha estado la cama tendida, ninguno, solo la tendí cuando supe que eras tú quien timbraba.

Una y otra conjunción nos van llevando a otras palabras, una y otra palabra nos acercan al beso, es entonces cuando yo te digo lo primero que he escrito en este texto.  Tú, me escuchas, das por cerrada la conversación y apagas la luz, tienes sueño, te metes en la cama y prometes estar despierta temprano para hacer las fotografías que dejen evidencia de las piedras en el vidrio.

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