Diarios Innecesarios XLII

Antes de las cinco de la mañana el reloj despertador está dormido, yo, en cambio, he estado despierto cincuenta minutos o más.  Una parte de las cobijas recibe el frío que logra atravesar el vidrio en la ventana y la cortina que la cubre.  Algunos pensamientos pasan como imágenes que se ven desde un tren a alta velocidad, no hay oportunidad de concentrarse en ellas, así pasan los minutos hasta que la sensación de estar somnoliento el resto del día me preocupa y pienso en dar una vuelta en la cama para recuperar el sueño que se me escapa.  Es inútil, no hay opción, estoy acostumbrado a estar despierto desde esa hora.  Se me ocurre pensar en una historia, imagino a un policía levantarse, salir vestido con su uniforme, tomar su motocicleta y salir al trabajo, en el camino ve unos árboles en medio de la vía que la noche anterior no estaban sembrados, se detiene, otros autos lo han hecho y después de observar continúan su camino, él observa a las personas que se han acercado, escucha, algún desconocido expresa teorías, él les pide que se retiren, solicita velocidad a los autos que se detienen para verlos.  Toma el radio y llama a la central, alguien le responde que ya están enterados, más tarde enviarán una patrulla para indagar los hechos.  Se retira.

Un auto utiliza con insistencia la bocina, debe estar esperando a alguien y pretende despertarnos a todos para que nos enteremos de su impaciencia.  Doy otro giro en la cama, no abro los ojos, los mantengo cerrados, pongo la cobija sobre mi cabeza, todo está oscuro, abro los ojos, confirmo la oscuridad y vuelvo a cerrarlos.  Recuerdo un comentario de un compañero, si duermes con la cabeza dentro de la cobija tendrás menos oxígeno para respirar, eso quiere decir que tu cerebro recibirá menos oxígeno, menos sangre, así que soñarás menos o no soñarás o quizá no te despiertes,  Muevo la cabeza de manera que pueda ver la pantalla del reloj, ahora falta un cuarto para las cinco de la mañana.  La luz a esta hora de la mañana no es tan fuerte como para superar la oscuridad de la habitación, el color blanco del clóset apenas se alcanza a observar.  Hoy saldré temprano.  Repaso mentalmente la ropa que usaré en el día, la imagen de los zapatos cruza velozmente, quizá deba utilizar un saco que uso pocas veces.

Vuelvo a recorrer la imagen del policía, el hombre va por la autopista, gira a la izquierda, entra a un barrio, se aproxima a una esquina, baja de la motocicleta, entra al lugar, una panadería, es saludado con familiaridad, pide desayuno, le sirven doble café antes de que el desayuno llegue a la mesa, la mesera insiste en que debería pedir una taza de café grande en vez de las dos pequeñas que pide siempre, él dice que un escritor norteamericano escribió en una de sus novelas que al entrar a un bar pidió dos tragos, la mesera no se los llevó porque se sirve solo un trago a cada persona, luego vino alguien más y lo expulsaron del lugar.  La mesera no le entiende lo que dice y se va.

El despertador hace su primer intento por llenar el espacio con su estridencia, apenas logra un pitido y la mano lo apaga, dentro de cinco minutos hará lo mismo la alarma del celular.  Ocurre tal como todos los días. No me muevo, quiero escuchar los sonidos que alcanzan a llegar a mi cuarto.  En el apartamento del piso inferior hay ruido, el ruido lo asocio con movimiento, la verdad es que podría decir que es música lo que se escucha, imagino que los movimientos que alguien realiza preparándose para salir producen música antes que ruido.  De los apartamentos en el mismo piso no llegan sonidos a mis oídos.  Vuelvo a pensar en el policía.  Se toma el primer café.  Antes de iniciar el segundo le traen una taza de consomé de pollo.  La mesera viene sonriendo, él le dice algo sin que ella responda.  Hay un televisor en una de las paredes del lugar.  Las imágenes del noticiero de la mañana aparecen una tras otra.  Una gota de caldo cae sobre su pantalón, él no lo nota por estar mirando las nalgas de la mesera mientras ella sin precaución alguna se está rascando alguna picadura de las pulgas que se acumulan adentro del local en donde los empleados dejan la ropa.

Me levanto de la cama.  Tiro las cobijas y almohadas al piso.  Es hora de tender la cama.  Antes abro la ventana para que el aire se renueve.  La cama está tendida.  La ventana sigue abierta.  Del clóset saco medias, camiseta blanca, calzoncillos, los pongo sobre la cama.  Me quito la manilla, pienso en quien me la regaló, la sonrisa sale de manera espontánea y pienso en enviarle un mensaje de buen día.  Pongo el escapulario junto a la manilla y me aproximo al celular, escribo un mensaje y lo envío.  Enciendo un radio que está en la mesa, la música empieza a confundirse con el ruido que entra por la ventana.  El policía podría estar viendo por la ventana que está junto a su mesa, le llama la atención una anciana que camina lentamente.  El abrigo de la mujer parece tener el doble de años que ella, lleva un bolso de color negro y sus zapatos son de planta plana, piensa que si usara tacones se le quebrarían las rodillas.  La mujer tarda mucho en moverse y él se aburre de verla así que vuelve a mirar a la mesera que está metiéndose un dedo en la nariz, ahora siente un asco momentáneo que olvida en el mismo instante.

El calentador está dañado y el agua solo se caliente cuando yo no estoy en la ducha, eso digo cuando estoy afeitándome la barba.  Una barba incipiente deja marcas cercanas a lo invisible, aun así son parte de la guerra y deben ser cortadas por la cuchilla, eso pienso al tiempo que el espejo imita mis movimientos.  La música en el radio suena y yo no alcanzo a escucharla.  Una cicatriz en un brazo me recuerda a mi profesora de segundo primaria.  Utilicé una cuchilla para sacar punta al lápiz y en un descuido el filo hizo lo que hacía con la madera sobre mi brazo izquierdo.  Lloré como corresponde a los hombres en esa edad, llamé a mi mamá y la profesora en vez de acompañarme hasta mi casa me dejó ir solo.  Debió ser mi primera desilusión amorosa.

Debajo de la plancha de cemento que sostiene mis pies mi vecina de apartamento escucha música y baila.  Hubo un tiempo en que me permitía alguna sacudida sexual en su cama, y sin que yo hubiera podido entender sus razones, antes de las seis de la mañana se levantaba a bailar, recuerdo un día en que sudaba, y la piel sudorosa se me antojo liviana y excitante.  Baila salsa, se dobla y va de lado a lado en su cuarto.  Ahora no recuerdo lo que nos alejó, quizá fue que empecé a hacer mercado para su apartamento y el mío.

En el cuerpo hay lugar suficiente para vestir la ropa acostumbrada, quizá se acostumbró ya la piel a los colores, las formas y la textura de las prendas.  Los zapatos pesan más de lo que supongo, en la mano sostengo uno y otro, mido sin necesidad o con objetivo el peso.  Estoy listo para salir, no es lo mismo que estar convencido y paso hasta la cocina para tomar una fruta, una bebida y tomarme una pastilla que está en un frasco blanco. – Yo, la verdad, no recuerdo porque me la tomo, y lo hago con puntualidad de reloj atómico.  Desde la ventana de la cocina se divisa la figura de un perro que sale solo a la calle a esta hora, nadie lo saca a caminar al parque, él va solo.  Un día lo seguí, la curiosidad venció mis afanes y me fui tras él.  Llegó a un parque, se sentó junto a una banca, dio un par de carreras tras una mariposa, hizo de lo que hacen los perros en cualquier parte cuando el cuerpo se lo pide, y luego se devolvió por la misma ruta al lugar de donde había empezado su camino.

Antes de cerrar la puerta enumero los objetos a los cuales considero imprescindibles para salir a la calle, llaves de la puerta, billetera y teléfono. El morral fue escrutado antes de salir del cuarto, un libro de poemas, una novela, el radio, los audífonos, un par de bolígrafos y una pequeña agenda para tomar notas. Doy un paso hacia la calle, un paso lento que pareciera negarse a moverse.  La mesera se mueve fácilmente entre las mesas, reconoce cada baldosa del piso, sabe a dónde ir y que lugares esquivar, siente que el policía la mira, está siendo observada, hace un gesto, una mueca de completo desagrado porque supone, y es cierto, al hombre hurgando con ojos e imaginación bajo su ropa.  Pasa rápidamente hacia la barra, se hace detrás de ella, medianamente recupero la sonrisa en su rostro, el policía no la mira, ha vuelto a poner la mirada en la ventana, la anciana desapareció de su vista.

En la portería unos niños esperan con sus padres a que la ruta del colegio pase por ellos.  Yo saludo. – Buenos días.  Un  coro no planeado responde del mismo modo. El lugar asignado para mi correspondencia está vacío, le digo al portero, igual que el coronel, pero por razones distintas, no tengo quien me escriba.  El portero es una hombre pensionado de las fuerzas armadas, alcanzo a imaginarlo erguido ante su jefe saludando con voz fuerte, quizá pudo ser compañero de trabajo del policía que ahora debe estar por terminar su desayuno y si no lo ha hecho debe estar frío, sonrío al dejar que la idea acerca de que si no me apuro en hacerlo comer, el contenido de su plato estará frío.

El estómago del policía se resiente, comió muy rápido o la comida estaba fría, no lo sabe y nadie le dirá el origen de esa sensación, él piensa que se debe a un mal presentimiento.  Recuerda, él, el policía, a un amigo del ejército con más años que él, recuerda que decía todo el tiempo, lo que sientes en el estómago es lo que te pasa en la vida, así, cada malestar estomacal lo convertía en un presentimiento y cuando sentía satisfacción y plenitud iba por ahí feliz ofreciendo buenos augurios.  Sabe que trabaja de portero en un conjunto de apartamentos, hablan bastantes veces pero se encuentran muy poco.  Toma el celular, busca en los números frecuentes, un timbre, otro, no le contestan.

Cada cierto número de días el desayuno es gratis.  Él lo sabe, y tiene claro que es una cortesía por el cargo que ostenta, siempre va hasta la caja, pregunta el valor, pone los billetes y cuando la cajera los ha contado a veces recibe un gesto del hombre que está cerca de ella, es el dueño, la mujer de la caja le devuelve los billetes, el hombre lo saluda y le dice, es una cortesía para que vuelva.  Hace un gesto de agradecimiento y sale.  Esta vez fue un día de esos.  Antes de subirse a la motocicleta utiliza el radio, reporta su ubicación, informa a donde se dirige, le dan varias instrucciones, él se pone a disposición, está al servicio de la ley y del orden.

Tomo el primer bus al que puedo subirme.  No hay sillas disponibles, apenas un espacio en donde el mínimo vital no me es concedido.  Una muchacha está a mi lado, quiero que me sonría, me gustaría verla sonreír, hago fuerza interna para que suceda, no ocurre.  El conductor frena y acelera, yo me balanceo a su ritmo, la muchacha se estrella con mi cuerpo, se mueve mal, un movimiento del bus la mece y ella cae inevitable con sus senos sobre mi brazo derecho.  Un tatuaje de seriedad aprendida aparece en mi rostro, miro hacia la ventana, recojo en mi memoria la sensación producida en mi piel por la suavidad de sus senos, no quiero se me note lo complacido que me siento.

El conductor durmió en el sofá, su esposa lo descubrió enviándole mensajes amorosos a una fulana cualquiera que él conoció en una panadería a donde va a tomar algo en la media tarde.  Es la mesera del lugar, a él le gustó porque le sonríe como si ese fuese el único momento posible en el universo.  Es cierto que se gustan, aún no pasa nada aunque ya varias veces se han encontrado para beber y bailar.  Para él no ha pasado nada porque apenas se han besado y tocado un poco, no han ido a un motel a remojarse y lavarse de sexo en la cama.  La esposa sospechaba de él desde que empezó a ocultarle el celular, ella se lo pedía prestado para llamar a sus amigas, ahora él, aunque se lo presta, borra antes todos los mensajes, o le dice que no sabe el lugar de la casa en dónde lo dejó, eso sí teniendo claro que lo tiene en el bolsillo del saco.

La discusión lo mantuvo despierto hasta la madrugada.  Apenas durmió una hora.  La esposa estuvo a punto de tirar su ropa por la ventana a la calle, gritó, gritó y él casi la golpea para que mantuviera la boca apagada de voces.  El sofá hubiera estado bien para dormir viendo televisión, no para dormir sabiendo que ha sido expulsado de la cama.  La mesera le coqueteaba al comienzo, luego las cosas empezaron a pasar sin que pudiera evitarlo, hay cosas que no se evitan y esta fue una de esas.

Un joven escucha música, aunque lo correcto es decir que todos escuchamos la música que escucha el joven, parece que no ha entendido el concepto por el cual se desarrolló la tecnología que dio paso a los audífonos, son unipersonales para poder escuchar la música en solitario sin compartirla con otros. Él la comparte con nosotros, nosotros los invisibles que somos ignorados por sus ojos cerrados y sus labios moviéndose al ritmo de una letra que en otro idioma dice algo que él no entiende.

Junto al joven, una muchachita con uniforme de colegio mira desprevenidamente por la ventana, permite que las formas de los autos consuman la dilatación en su pupila. Piensa en sus clases, piensa que los adultos somos afortunados porque no tenemos que presentar exámenes académicos, podemos tomar decisiones sin consultar con nadie, y si le roban un beso a una persona del mismo sexo no tienen que dar explicaciones a nadie.

Los pensamientos del conductor lo distraen.  La muchacha a mi lado no se ha dado cuenta y uno de los botones de su blusa está suelto.  Yo intento mirar hacia la ventana del bus, la luz abriendo la forma de los senos de la muchacha me roban toda la atención.  Un semáforo cambia de color, yo miro de reojo hacia el escote, el conductor cambia de pensamientos, mira hacia adelante, ve la motocicleta, la muchacha vuelve a caer, dos senos semidesnudos llegan a mis brazos, no sonrío, disimulo mi sonrisa, la muchacha no puede moverse, varios hemos caído al piso del bus.  Afuera, el policía ha seguido al pie de la letra la ruta marcada para su día de trabajo, levanta la mirada, descubre que hay un reloj en la torre de una iglesia, no sabía de su existencia, quiere comprobar que la hora es la correcta, levanta su mano derecha en donde lleva el reloj, el guante de la mano alcanza a cubrirla, lo hace de manera instintiva, mueve la otra mano para desplazar el guante, la hora es igual a la que muestra la torre, un bus frena a su lado, la hora no importa.

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