Diarios Innecesarios XLI

El dolor de cabeza fue anunciado con todo el fervor que me era posible, pasé del estado normal a uno en el que la traslación de los astros lograban duplicar el dolor.  Miré hacia el techo, no pude contener a varias lágrimas que se fugaron velozmente del ojo derecho.  El borroso techo estaba hecho de imágenes con punta de aguja, con punta de hielo, un segundo más, apenas dos segundos y los ojos debieron conservar a los párpados sobre ellos.

 

Una sensibilidad mayor por el movimiento me permitía percibir el ligero cambio de posición en un ejercicio de yoga de una mujer al dormirse en una cabaña en las montañas.  Movimiento es igual a dolor, resistencia es igual a lamento, luz es sinónimo de locura.  Así estaba en la cama con la cefalea más fuerte que podía recordar en los últimos días.  Eso de recordar es una distracción literaria, nunca se es capaz de recordar o medir la agudeza con la cual estos molestos momentos martillan la cabeza.

 

En la mesa junto a la cama, cajón del medio, una caja de pastillas recibe solemne atención de mi mano, yo había olvidado el dolor producido por el peso de mi brazo sobre el aire de espinas, yo debí recordarlo nuevamente, la caja estaba vacía.  Ninguna opción en la caja, ninguna opción en los otros cajones, ninguna evidencia de seres extraños apoyándome en el momento que más los necesitaba.  Puse la caja en las manos, metí los dedos en ella, volví a meterlos para evitar las dudas, la rompí, y no fue suficiente el enojo, mordí el cartón, mordí mis dedos que no sabían encontrar mis remedios.

 

Los nuevos celulares tienen la posibilidad de grabar mensajes y enviar grabaciones de voz con solo oprimir el botón adecuado.  Lo encontré, primero al celular, luego, pude dar con la combinación exacta de movimientos de los dedos sobre la pantalla para que el mensaje saliera.  Mi hermano lo recibiría y sabría que estoy en líos médicos.  Vivo solo.  Él se ocupa de mí cuando estos dolores de cabeza hacen imposible mi día.  El mensaje llegó.  Recibí la llamada de vuelta apenas unos minutos después.  Dije un par de sonadas groserías porque el timbre del teléfono parecía un reloj despertador incrustado en el oído medio.

 

– Sí, estoy mal, no tengo pastillas, tú tienes la llave, te doy la plata cuando llegues, trae varias, es urgente, sé listo y ven rápido.

 

Mi amigo Oscar, de quien sospecho lee cualquier cosa y luego las comenta con uno de un modo tan entusiasta que alcanza a convencerlo, me pasó un libro en el que recomiendan remedios para los dolores de cabeza fuerte.  No podía llamarlo para saber si esto era cierto o solo uno de sus embustes, así que opté por creerle, en la desesperación uno llega a creer hasta en uno mismo, entonces decidí hacer lo que las páginas del libro decían.

 

Mi hermano llegó tan pronto como el tráfico de la ciudad se lo permitió.  Entro al apartamento y me encontró dormido, extrañamente dormido y con un aroma inconfundible que habitaba todo el apartamento.  Me puso una cobija encima, luego tocó mi hombro hasta que me hizo despertar, apenas vio que tenía control de mis funciones motores me dijo, toma la pastilla, usa este vaso de agua.  Ante mi rostro de sorpresa se atrevió a decirme, entendí que era de vida o muerte pero te veo muy tranquilo y sin esa cara de loco que pones cuando te duele la cabeza.

 

– Estoy bien, me siento tranquilo, y sí estaba muy mal cuando te llamé.  Ahora me siento bien, duele muy poco y me siento relajado.

 

La pregunta no tardó en llegar.  El olor en el cuarto delataba lo que había hecho.  No quise explicarle, solo le mostré la copia de la hoja del libro que Oscar me había pasado unos días antes.

 

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