Diarios Innecesarios XL

Alguien se tragó la luz y dejó mi cuarto a oscuras más tiempo del necesario. Desperté a reclamarle a cualquiera que apareciera en mi camino, no hubo quien respondiera a mi reclamo. Alguien me había dicho que a las cuatro de la mañana uno podía conectar con seres por fuera de nuestro mundo, me quedé dormido, nadie me despertó, eran las cinco treinta.

Salté de la cama y fui a la ducha con la urgencia de quien ha dejado un cigarrillo sobre el cilindro de gas en la cocina, con esa misma velocidad salí de la ducha, las manos insistían en oler a sexo y tuve que pasar nuevamente el jabón por ellas. Doble trabajo.  Alguien estuvo ordenando el closet, hay cosas que pasan y uno no se entera de ellas hasta cuando ve afectada la velocidad de la costumbre. No había camisas blancas, en cambio, unas camisas de color rojo, del tipo crustáceo mediterráneo se ofrecían para acompañarme en el día, no me atreví, preferí meter la mano en la cesta de la ropa sucia, encontré una camisa blanca ya usada en la semana anterior, la volví a planchar, cualquier reclamo que me hicieran diría que fue por un asunto de ecología y reciclaje.

A nadie le importa uno en la calle a no ser que el odio con el que se levanten sea superior a su timidez, eso me ocurrió, la mujer a mi lado empezó a quejarse de un olor a axilas húmedas sin descanso, a sexo reprimido en las manos, a cuerpo en proceso de muerte. Sus comentarios me enojaron, yo solo estaba sentado tratando de pasar desapercibido. Ella insistía, me miraba, yo trataba de ignorarla. Varios comentarios ofensivos expusieron mi capacidad de odio, la miré, se me antojó que ella había dormido acompañada y el idiota que durmió con ella había tenido una milagrosa reproducción intelectual y momentánea, solo por eso no le había metido mano debajo de la pijama.

Le dije, disculpe, es que anoche tres amigas se quedaron en mi casa, no tuve otra opción que preparar para ellas pollo, y como todos sabemos, el olor del pollo y del sexo tienen la misma frecuencia. Su rostro era de asombro, no entendía mis palabras.  Traté de dormir, me dormí.  Desperté quince minutos después, la mujer seguía a mi lado.  Volví a dormir, soñé con la mujer jugando con cinta pegante y tapando los vidrios del bus.  Desperté, ella no estaba a mi lado, sentí alivio, un alivio difícil de aceptar cuando me di cuenta que había despertado con una erección y que el olor en mi cuerpo era más evidente.  Nadie estaba sentado a mi lado aunque la silla que me acompañaba estaba vacía y muchas personas estaban de pie en el pasillo del bus.

Tomé la vergüenza y me bajé con ella.  Estaba a unos minutos de la oficina, fui caminando, la entrada al edificio estaba cerrada, hice señas al vigilante, me saludó, luego me dijo algo sobre trabajar en días feriados, fue entonces cuando noté que debía haber dormido más en vez de salir sin ser necesario de casa.  Otro día más en que la sueño y el tiempo pierde su ritmo.

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