Mi hermano estaba ofendido. Más que ofendido estaba alterado y sin oportunidad de superar la soberbia que se le notaba en todos sus movimientos. Veía mi rostro de borracho amanecido y decía, ayer fui a su funeral, en qué infiernos estaba? No le respondí, no sabía qué se refería, aunque yo sentía que el universo había roto sobre mi espalda todas las galaxias. Estábamos todos, y usted, dónde andaba? Lo abracé, reconocí que me dolía la cabeza y prometí que después de dormir un par de horas estaría mejor para poder responderle. Él me dijo, duerme, no te afanes por despertar, yo te llevaré al sepulcro.