Diarios Innecesarios VIII

Recuerdo cuando empezamos a salir, un año después de ires y venires, de negaciones y ruegos, me dijo con voz de madera ebria, no quiero, ni tu voz ni tu abrigo, ni tu silencio ni tus huellas, déjame así, se la pasa bien a tu lado y no me interesa otra cosa que verte ahí caminando como bandera sin patria o fuerza naval sin país o nombre, me gustan tus urgencias y tus cambios de ánimo, pero tú no, son solo tus cosas, si pudiera me llevaría todas tus cosas pero sin ti. ¿Lo ves? ¿Lo entiendes? Me levanté de la mesa, fui hasta la barra del bar y pagué lo que habíamos consumido hasta el momento. Volví a la mesa, le pedí que saliéramos, la acompañaría en taxi hasta la casa. Su voz había quebrado la madera y siguió insistiendo, eso me encanta, que quieran llevarme a la casa, solo que no me afana que lo hagas tú, otro, otro me haría sentir llena de dicha y excitada de orgasmos fáciles.

La acompañé hasta su casa, en la puerta le sonreí, le di un abrazo, buenos deseos y mucho descanso, esas fueron las palabras con las que pensaba abandonar la noche. No pudo ser de ese modo, ella se tragó el árbol y con la voz atada entre las ramas mantenía su claridad acerca de mí y de mis actos. Me sentí descalzo, miré los pies y tenía bien atados los zapatos, percibí un frío de hielo en mi espalda aunque el abrigo me cubría, pensé en mi vergüenza y supo que ella si estaba desnuda y pedía a gritos que yo respondiera acorde con la indignación que me producía las palabras escuchadas.

Metí la mano en el bolsillo del abrigo, extraje tres condones, los tiré dentro de su apartamento, serenamente mis palabras fueron inundando el espacio, esos condones tenían fecha de expiración y de expiación de culpas, las dos se han cumplido hoy. A mí me encantan tus acciones y tus actos, que para mí no son lo mismo, tu voz y tus palabras, tu camino y tus huellas, esa mirada perdida y el fondo sin luz de tu mirada. Me gustas tú, y creo que para ser tú hacen falta tus actos.

Cerré la puerta, volví al taxi, el conductor comentó asuntos del clima y de la noche. Llegué a mi casa, apagué el celular, busqué la botella de tequila y dormí con ella después de acabarla. A la mañana siguiente, la gemela de la botella, aún llena, se me apareció en la cocina y con ella preparé mi otro sueño del día. Dos días después, con una resaca de muerte, con los amigos buscándome y con unos días menos en mi periodo de vacaciones, encendí el celular, habían muchos mensajes de ella, los borré todos sin leerlos. Pasé a ver el correo y encontré otros mensajes que tuvieron el mismo destino.

Hablamos después de eso un par de veces, no es necesario recordar los detalles, solo dejamos de vernos.

Ahora, como si de una aparición se tratase la vi esta tarde, estaba en el restaurante a donde fui a almorzar, en la mesa más cercana a la mía, me saludó, le hice un gesto aprobatorio (no se ni como es eso pero se me ocurre que así fue el gesto), me senté y mientras miraba la carta ella vino, se sentó en frente, quiso acompañarme, me dijo que podíamos acompañarnos, que ella había venido sola, la observé sin acentos o tildes, plana como una lechuga después de un día de verano, oscura como la huella del neumático en el asfalto, dije sí, claro, siéntate.

Pedí algo que sabía llegaría rápido a la mesa, ella le informó al mesero que cambiaba de lugar, los dos almuerzos llegaron a tiempo, yo me había puesto los audífonos y leía cosas en el celular sin ponerle atención a ella. Su mano se aproximó a mis ojos, pidió mi atención, sin audífonos y con el celular en el bolsillo, me quedé mirándola, ¿podemos hablar, cierto? Le dije, claro. Volvió su silencio, una y otra pregunta u observación salía de su boca, yo asentía, en un momento en que la comida había desaparecido de los platos, repitió dos veces, eres un imbécil, volví a asentir y luego me levanté de la mesa.

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