Diarios Innecesarios VII

Una pareja de padres junto con sus hijos iban adelante de nosotros en la fila para comprar la boleta de ingreso a la feria en la taquilla, la señora y el señor escogían entre sus hijos quien debería ir a hacer la fila para ingresar. Miré hacia la entrada principal y no había congestión para entrar, ellos insistían en enviar a uno de sus hijos a hacer la cola. Los antendieron, la muchacha de la taquilla rápidamente les dio las boletas, el hijo escogido no había querido ir, así que juntos se marcharon hacia la entrada.

Con David pedimos compramos las dos entradas para ambos, caminanos sin afán hasta el lugar de ingreso. El primer sitio al que escogimos ir fue al pabellón “Rafael Pombo”, debimos esperar más de veinte minutos para que, después de registrarnos, nos permitieran participar de los talleres. La letra “A” fue nuestra guía, el curso por la imaginación nos llevó siendo conejos saltarines hasta un sitio en donde los dueños del tiempos hablaban sobre las alas de nubes y humo en el techo solar.

Durante casi hora y media jugamos padres y niños a rodear el lugar con imaginación. Debimos hacer una varita mágica, y luego con la varita mágica dar vida a los personajes que se iban creando. De la varita mágica me quedé pensando en qué haría yo con una varita con ese poder, entonces se me ocurrió que sería ideal que sirviera para recordar momentos olvidados o traer a la memoria personas que han sido olvidadas.

Las piernas ya estaban cansadas de ir y venir, según la tallerista habíamos atravesado montañas, ríos, y manglares hasta llegar al mar. Yo, de verdad, estaba cansado, las piernas me dolían y en cada momento que podía daba masajes a pies y piernas. La idea de tener una varita mágica siguió rondando la imaginación, y mientras jugaba lo recomendado por la tallerista, me acordé de varias personas que hace mucho no veo.

Un recuerdo de la vecina que pasaba en las mañanas a pedirme pasta de dientes prestada llegó a mi memoria y me hizo sonreir bastante. La vecina timbraba, venía en pijama, sonreía, yo saludaba y esperaba como si no supiera de qué se trataba, un rato después, un buen rato después, ella se iba con el cepillo con la crema dental puesta en él y yo sabía que llegaría tarde a la oficina porque debía pasar a la ducha nuevamente. No ocurría todos los días, tampoco pasaba cuando yo quería, era solo cuando ella aparecía, una especie de suerte echada a los dados por alguien que yo no conocía.

Los juegos terminaron, el taller finalizó, salimos, había una sección para jugar ajedrez, jugamos con David, recordé mis tardes en la universidad cuando participaba de este juego con mis compañeros, no era tan malo, no era tan bueno, pero con dedicación lograba ganar algunas partidas. Para poder dejar el juego le prometí a David que en la noche jugaríamos en la casa, así pudimos ir a otros pabellones, yo quería comer algo, no encontramos nada que nos pareciera atractivo para comer, pasamos por un sitio en donde había muchas personas disfrazadas de personajes de los cuentos para niños.

Después de comprar dos libros sobre animales salimos a buscar un taxi para ir hasta la casa, estuvo larga la espera hasta que un taxi apareció y pudimos subirnos en él. El taxista nos preguntó por el evento, le explicamos, me sorprendió que al hombre solo le interesaba sumar la cantidad de personas que pudieron ingresar y el dinero que debían pagar, su interés era solamente metálico.

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