Diarios Innecesarios IX

A las cuatro de la tarde desperté.  La compañía del almuerzo motivó sueños inmersos en diferentes meridianos.  Soñé con la única novia que tuve, fue extraño, ella se levantaba de una tumba donde nada florecía, me buscaba y encontraba mi nombre en una lápida, después de que con gestos aseguraba la lectura exacta de mi nombre se marchaba a buscar un marcador de los que se utilizan para marcar en los tableros de clase, insistía en ver  donde decía “borrable”, entonces, después de su certeza ponía en mi lápida, “A nadie le importa lo que ocurre adentro, pagarás caro si solo te esfuerzas por lo que dice afuera, y solo aquellos que quieren participar contigo toda la vida tocarán e insistirán en la puerta para leer lo que dentro de ti es imborrable”.  Luego, unos tambores acudían a traducir lo que ella seguía diciendo, “muchacho tonto, mucho tonto, tonto, toma de ti todo lo que puedas y haz con ello una antorcha, esa antorcha eres tú, no la dejes apagar.”

No quise pensar en el sueño.  Tenía una cita para ir a cine.

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