Diarios Innecesarios V

De los cuatro lados de la cama me tocó la orilla de la izquierda, da contra la ventana y ella me dijo que ahí hacía más frío, no fue eso lo último de lo que hablamos antes de dormir, es lo que recuerdo. Criticó las cortinas primero, preguntó si las abría en la mañana, le pareció que el edificio de en frente le quitaba luz y no sería capaz de continuar con exactitud repitiendo lo que decía. Debió quedar mi brazo izquierdo descubierto, una heladez matutina lo cubría, ella tenía razón.

El despertador se oyó inoportuno, presioné el botón que lo silencia y me quedé quieto mirando hacia el techo. Alrededor se vendía silencio, pocas cosas se oían. Empecé a sentir su llanto, estaba confundido sin saber el origen del sollozo, una larga docena de segundos afilaron su agudez contra mi oído, así noté que lloraba, estuve inmóvil esperando que cesara, no fue así. Pasé mi brazo sobre su cuerpo, ella lo retiró, una voz sin fondo surgió de la noche con la pregunta, qué pasa?

La longitud de los minutos es tan extensa que puede alargarse en horas en los mismos sesenta segundos. Volví a poner mi brazo, no fue rechazado, insistí en la pregunta, hubo silencio, me pareció una ganancia, aproximé más mi cuerpo, ella giró hacia mi lado, con el rostro amplio de lágrimas plantó ante mí una mirada quebrada.

Dijo, me niegas los sueños aunque transitas por el camino que abre las puertas a su existencia. No entendí y debió notarlo. Quiero un hijo y tú entras en mí con la boca ciega y estéril de los condones, no te sirves de mi mesa ni bebes de mis sales. No entendí y no debió importarle. La conversación parecía el preludio de una pelea, no fue así, por caminos diferentes cada uno llegó a la calma.

Me pidió desayuno. Ofrecí otro rato de pureza en la cama. No fui escuchado. Me expulsó de la cama a empujones y salí descalzo a tropezar con una silla. Rió sin fatiga por mi grito. El desayuno no podría haber sido otro, unos huevos silenciosos, unas tajadas de queso y galletas, café y frutas cortadas. No había otra opción en mi memoria de cocinero. Hablamos menos de nosotros y más de la ciudad. Su teléfono sonaba insistente, ella se negaba. Es seguro que es de trabajo y no tengo ánimo.

Un rato después devolvió la llamada. Una de sus amigas la presionaba con preguntas. No me dejó entrar con ella a la ducha, mientras ella se vestía yo cantaba un estribillo de una canción de Joaquín Sabina. Al salir ella no estaba.

No dejó nota, miré mi celular, había un mensaje, voy a mi casa, te llamo al llegar. Un abrazo

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