Diarios Innecesarios I

Diarios innecesarios I

La mañana se despertó dormida, el despertador timbró en el momento acordado, aún así no recuerdo haberlo escuchado, seguí durmiendo, no hasta tarde, eran apenas unos minutos después de las cinco y treinta cuando supe que había dormido plenamente y podría seguir haciéndolo. Un par de pensamientos, la repetición matutina que mentalmente da vueltas en mi amanecer, eso tarda unos minutos, luego me levantó a buscar con entre las sombras el camino hacia el baño. Seis u ocho pasos, no más no menos, esos me llevan hasta el lugar donde la ducha unos minutos más tarde estará dejando caer una sombrilla de agua tibia sobre mi cuerpo.

Hoy olvidé afeitarme, podría haber sido a propósito porque no quería hacerlo pero lo olvidé, salí con la barba incipiente que surge en mi rostro un día después de haberme rasurado. Los jueves no hay reglamento laboral que me obligue a llevar corbata, un pantalón de color caqui y una camisa azul con líneas blancas verticales son la cara de presentación de mi cuerpo. Las gafas van en donde deben ir, la prisa acosa al ritmo con el que busco una pastilla, tomarme esa pastilla es la última actividad antes de salir y cerrar la puerta. Pongo seguro en la puerta y descargo mi cuerpo sobre las escaleras que conducen desde el quinto al primer piso.

Hacía frío, la verdad no sentí tanto frío pero se me antoja decir que hacía frío. Un bus con millares de sueños aplastados en la memoria de los que van sentados y de pie, en un bus así me subo, pago, me dan cambio, me ubico en un lugar en donde creo que no me empujarán tanto. Miro los lugares que atravieso por la calle, una casa, otra, un letrero en la parte superior de un local, una puerta abierta, una pared llena de graffitis, dos señoras cruzan un semáforo, un semáforo se pone rojo, alguien pasa con un paraguas en la mano izquierda, yo hago el rosario.

Al bus no se subió ninguna persona a pedir monedas, se estaba volviendo costumbre que apenas tomar la carrera décima se subiera una persona a pedir, esta vez no ocurrió, me bajé en el lugar de siempre, calle 10 con carrera 10, camino hasta la oficina, noto que me siento mareado, me siento apenas un minuto, la señor que hace aseo en el piso me trae un café, no está en sus tareas servirle café a los empleados, conmigo lo hace y yo lo recibo como un regalo. Le doy dos galletas. Casi siempre hay dulces y galletas en mi escritorio.

Ahora llueve, la lluvia se recuesta en mis ojos y dentro de mí un relámpago anuncia la llega de un trueno.

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