Voces diarias 20121007

Me dijo, no se trata de que te ame o me ames para siempre, se trata de que decidamos estar con el otro siempre.

De repente, sin excusa, me dijo, beso tus ojos, cada uno en modo distinto, para que sepas que hay diferentes maneras de ver lo mismo, beso tu boca para recordarte que sólo debes hablar desde el amor, beso tus manos para que siempre actúes con ternura, beso tus pies para que sepas que aunque sean tus pasos en ellos llevas mis huellas.

De repente tu timidez te sonroja y dices te amo, rápidamente como sí quisieras no ser escuchada.

De repente, sin pensarlo, crees que tu desnudez me sana, y tu piel se abre a mi deseo hasta que olvido mis heridas

De repente recuerdas una historia antigua de tus días de infancia, sonríes y una luz bíblica ilumina tu rostro, me la cuentas y luego el silencio acompaña a tus manos que llegan a tu pelo, de ese modo, de repente los momentos de ahora se unen con aquellos en que aún no existíamos el uno para el otro.

De repente el orgasmo sucede y tu sonrisa lo cubre todo, a mi cansancio, a mi sudor nocturno, a mis voces de ti, a mi dolor de hombre que se entren en lo hondo de tu piel húmeda.

Así, de repente te sientas a mi lado, pones tu mano en mi cuello, acercas tu boca a mi mejilla y me das un beso, así, de repente como sí este fuese el único momento en el que pueda ocurrir tu beso

De repente, sin que lo busquemos compartimos la mesa, descubrimos en el mismo instante un agujero en el cielo por el que se escapa una nube. De repente tu piel es un lugar que ocurre en mis manos y el sabor de tu boca se sucede en mis labios, así, de repente como cuando dices mi nombre sin que exista una razón aparente.

De repente, es así como debe pasar, de repente la noche nos ofrece su oscuridad a pedazos y tu mano se prende tranquila de la mía, de repente y sin prisa cae tu ropa al mismo lugar en que se hunde la mía mientras una canción tarareas y yo hago el coro, de repente una mañana tendemos la cama y preparamos café en la cocina. Así, de repente como si todo estuviese bordado para que tu nombre y el mío se escriban juntos.

El hombre del bar ha tomado una copa tras otra y la ha tirado al piso, caen y se quiebran sin que alguien se inquiete. Van doce copas, hay una larga hilera pendiente de que él las rompa. Un muchacho se acerca con una escoba, barre los vidrios y los pone en una cesta. Aún hay Ginebra en mi copa, el espejo detrás del hombre del mar me devuelve una imagen de mi doblada por los colores de una luz que sale del techo. Otra copa es parte del ejercicio en el que se ha empeñado el hombre. La mujer que está sentada a tres sillas del lugar en el que me encuentro pide un trago, el hombre parece no escucharla pero se mueve a cumplir el pedido. Unos minutos después, más vidrios en el piso, la escoba, la mujer, alguien que ha llegado con una caja llena de copas nuevas, yo pudo otro trago de Ginebra, el que llega con la caja le pregunta al hombre del bar si ya encontró lo que buscaba. Él le responde, dejó su beso en una de estas copas y no quiero que alguien lo tome, prefiero quebrarlas todas antes que imaginar a un desconocido tomando de la copa que ella besó antes de despedirse.

La mujer llama al hombre del bar, no se oye que le dice, le pasa una tarjeta y una nota que escribe mientras el hombre del bar le habla. Unos minutos después el hombre me pasa la nota y la tarjeta. Con letra delgada de luces y sobria de formas la mujer escribió, te ofrezco mi cuerpo para sostener la sombra que se te cae de los brazos, puedo herir la noche que te está susurrando en la boca, si te atreves, estaré bajo el peso de tus gritos y dejaré abierta mis grutas a tus pasos. No quedará huella y si queda no importarán sus marcas. Esta noche no duermo solo, a nadie le importa quien paga la cuenta

Me dijo, me gusta que tu abandono empieza cuando persigues aquello que no es más tu meta, cuando te dejas ir por la limpia ruta que ven los otros mientras que tú vas en ella ciego. Me dijo, la taza está vacía, no insistas con la cuchara, luego se excusó y aclaró, ya sé que esa es tu manera de abarcar el diccionario que no lees, que no tienes, que no te importa si alguien critica tu palabra.

Me dijo, me gusta cuando llegas repentinamente sin excusas, seguro de ti mismo, confiado de que una hebra de alambre hace tiempo, hace siempre te ata, me ata, nos ata.

Me dijo, me gusta que vengas, tú me transformas, dejo de ser depósito de ocasos, saco de madrugadas, carbón de medio día, vuelvo a ser luz de fuego y tu palabra llega a mí, oculta, secreta, emancipadora. Me gusta tu afán por perder la prisa, tu tristeza de luz sobre tu sombra. La sopa se enfría, a quién le importa, a mí no, sigue distraído y disperso, a mí me gusta así como eres, iba diciendo y abriendo y cerrando con sus manos los párpados caídos.

Me dijo, me gusta cuando el ego te supura en la boca y caes duramente con palabras que a veces no entiendes y si lo haces no importa. Me dijo, me gusta cuando te atreves al escrito y pareciera que comes con las manos y terminas con los dedos untados de palabras como tren, fugaz, ausencia, empeño, copa, borrego, bosque. Me gusta cuando el ego te supera y sé que puedes ser tan feo como los ángeles cuando no se reconocen en la cara del hombre. Me dijo, y no se porque te digo estas cosas, debe ser que la sopa está caliente y me he quemado la boca. Entonces seguimos hablando mientras la sopa se enfriaba.

Tú duermes, yo estoy desvelado, tomo tus manos, enumero tus dedos, aunque ya me se el resultado de la cuenta, mido la distancia hasta los codos, elevo globos y llego hasta tus hombros, me afano por mirar los valles y colinas en tus orejas, te doy un beso en el cuello, tú te despiertas y yo me hago el dormido mientras tú me miras.

Mujer yo no quiero tus besos de metáfora, quiero la literalidad de tu boca, tu saliva y tu lengua, la presión delicada, el movimiento, la ruta rápida entre Oriente y Occidente de tus labios.

Yo también quiero despertarme sin ti y esperar en la cama a que suceda nada

Me gusta tu silencio y extraño tu palabra.

Yo solo quería besarte, meter las manos bajo tu blusa y darle una vuelta rigurosa a tu falda. Lo de enamorarnos fue motivación de divina. Me declaro inocente, aunque enamorado de ti

El pasaporte está visado para hacer parte de tus fantasías. Tiembla arenas y vuela vientos, rema olas y gotea nubes sobre mi deseo.

Me dijo, mi corazón es un bosque si lo observas desde lejos, sólo si te acercas a él verás las diferencias en sus árboles, los matices que se funden en sus luces.

Tu sonrisa encaja perfecta en mis ojos.

Ella solo quería un beso, sin más, sin preguntas posteriores, sin explicaciones previas, le inquietaba saber si esa boca tenía el mismo sabor que las palabras pronunciadas. Él había estado revolviendo mermelada de piña con dulce chocolate y galletas de vainilla. Ella se retiró victoriosa y él se quedó sorprendido de un beso recibido que no comprendía.

Para mí, un bonito día contigo.

Cerró los ojos, puso sus manos en mi rostro, acarició las formas de mi cara, hurgó con sus dedos el cabello, se detuvo por instantes en la singularidad de mi cabeza, dio giros con sus dedos en los labios, apreció con la palma de la mano mis mejillas, fue un reconocimiento hecho a propósito, luego abrió los ojos, sonrió y me dijo, me sorprenden tus mundos, cuando te acaricio con los ojos cerrados siento el color de tus emociones en mis manos.

Yo doblo en el lugar al que vas cuando te callas, giro unos pasos antes de que pintes tu nombre con tu boca, caigo en verbos simples y sencillos cuando vienes a mis ojos, yo soy un poco tu mirada y otro tanto tus manos abiertas deseando el aire.

Esas estrellas brillantes en el firmamento, la luna que amenaza con cegarse, el frío estéril del que brota la niebla, y tú que duermes desnuda en mi cama.

El café en la cocina, el teléfono que suena, el televisor encendido, la ventana abierta, una promesa de lluvia casi cumplida, un zapato perdido, el golpe repentino de la puerta en mis dedos, la palabra incorrecta en la boca, hace frío y todas las excusas son porque llegas tarde a casa y estoy extrañándote.

Me gustan la profundidad de tus codos, tu voz de menta, la calle angosta de tus manos, el sabor ligero de tus dedos en ola, tu nombre aparentando abecedarios, tus oídos atentos a la nada. Me gustan tus pasos de ser alado y tus inexistentes alas, la voz de invierno que corta tu garganta, el amanecer de culpas lentas en tu estómago. Me gustan tus averías irreparables y la palabra sincera con la que acostumbras a negarte y la voz de semilla de la que todo se forma, incluso está palabra que me estoy tragando para ahogarme.

Ella estaba en la ducha y recordaba mis palabras, tienes la edad de la caricia le decía yo mientras ella se negaba a mi piel. Ella estaba en la ducha y recordaba mis palabras, tienes la edad de la caricia, entonces pensaba que el agua la descubría sin desnudarla y se detenía a pensar en mis palabras si saber como atreverse a mis manos.

Confieso que tu voz de cobre ahuecada entre fatigas me emociona, podría escucharte y dejarme llevar por tu palabra solo por tu acento. Aclaro que estoy hablando de tu voz cuando aparece redentora de mi mutismo, pero ahora no quiero ataduras, cuando te escucho es inevitable enamorarme. Eso me dijo y se fue sin que tuviera oportunidad de decirle otra palabra.

Me dijo, tienes manos como ojos, me acaricias y siento que ves dentro de mí todas las caricias que te esperan.

Ella toma sus orgasmos, los pone en su cuaderno de hojas blancas, en ausencia de tinta, se va caminando, mirando, imaginando, y sus pasos van acompañados de gotas eróticas que son atrapadas en las páginas. Al volver a casa va hasta el balcón y lanza una tras otra las hojas, luego se acuesta en el silencio de su cama y charla amablemente con cada lugar erótico de su cuerpo que puede ser atrapado por sus manos sudorosas

La gitana observó desalentada la mano, aparentó llanto, y entre gemidos y lágrimas se fue diciendo, no puedo, no puedo, yo no supe que hacer, ya había pagado y me avergonzaba ir tras ella para preguntarle.

De ti amé a la mujer invisible, la que era inventada por mi mirada perdida, nunca supiste quien eras para mi locura.

Me hablaba de bosques desnudos vagando en calles vacías, de puertas de acero dobladas por hormigas.

Tú escuchas a la noche cantar antes de ser abordada por el sueño. El canto se queda contigo hasta que la madrugada cuelga cenizas de luz en tu cuarto

La única oscuridad que me gusta es la de tus ojos cuando te surca el silencio.

A veces la soledad es una canción, una palabra en un libro. A veces la soledad es tu silencio. A veces la soledad eres tú

Me pido ser tu casa para que descanses en mí.

Yo también soy un muro, en él escribes cuando olvidas parpadear y tus ojos me observan inquietos buscando encontrar lo que de mí encuentras atractivo. Yo también soy nube mientras tú descuelgas en tus ojos el sol y quieres verme hecho lluvia para que sea quien riegue tu cosecha. Yo también soy tú y la duda es un paso previo a la sonrisa que supone una esperanza dentro de mí

Yo a veces tengo botones en vez de ojos y te veo por el ojal sin hilo que me até.

Me gustas y no quiero que desgastemos la noche, y no quiero que desgastemos el día, me gustas, se me antoja que nos irían bien un par de ronquidos después de unos gemidos continuos o una fuga incierta a la par de un helado en una esquina.

Yo sé que estabas dormida y no imaginabas que mi boca se atrevía a besarte, indefensa a los besos, fue así, me gustas y tu boca callada guarda conmigo la caricia secreta que tus labios y los míos conjugaron en silencio.

Me gustas, eso pienso cuando tu sombra se desliza hasta mis ojos y yo extraño la forma de tu cuerpo en mis manos.

Me gustas, no quiero encontrar razones para que esto ocurra, es simple, me gustas, del mismo modo en que es posible comprender la esperanza al ver de vez en cuando un arco iris en la noche de tus ojos de claros.

La noche se lo traga todo, en su voracidad cabe esta soledad, yo dejo que se la trague y me quedo mirando tras la ventana el otro lugar en el que no estás, sin que haya otra razón para mirar a la calle que volver a poseer la interminable espera por ti que no te vas.

Me sorprendí de que la mujer que vendía los helados me gustase tanto, así fui al lugar diariamente a comprar uno, un par de meses después, quizá con demasiado licor en mi cabeza, le dije, te das cuenta que he venido a comprar helados todos los días porque tú me gustas mucho, y ella me respondió, te das cuenta que he trabajado aquí desde que te vi porque espero que me digas algo.

Ella me dijo, a mí me gusta el vino, yo le dije, para mí está bien la cerveza, cada uno pidió lo que quiso, pasó la mesera y nos dijo, lo siento, a esta hora no vendemos licores, nos miramos y al unísono le dijimos, entonces los dos debemos irnos porque estamos hechos del líquido que lo embriaga todo, del amor que emborracha semanas enteras. Nos miró con la inocencia de los que lo comprenden todo, entonces nos ofreció un lugar en el fondo del lugar donde luego nos beberíamos enteros.

Yo le dije, te das cuenta que es tarde para volver, ella me miró indecisa, entonces dijo, sigamos, y cada uno dejó las huellas del otro para seguir las propias. Es tan lindo el abandondo cuando se acepta que detrás de él uno se encontrará a si mismo.

Ella me preguntó, para qué la noche si puedo dormir en la sombra de tus ojos, para qué el sol si me guía tu luz, yo la miré sorprendido y le dije, la noche y el día, la sombra y la oscuridad, todas cosas externas que se suceden fuera de mí están para que comprendas que el amor está en ti que eres capaz de ver lo maravilloso del universo en mí.

Yo sentí una costilla quebrada, en la parte izquierda del pecho algo se partía sin que yo pudiera evitarlo, fue cuando supe que tú eras tú, y yo tenía una idea diferente de ti.

La mujer me dijo, si quieres hacemos el amor o tenemos sexo, las dos cosas tienen el mismo precio, lo único que no podemos hacer es querer que esto sea un asunto de matrimonios, y al final del sudoroso ejercicio nos sentemos a hablar sobre las cosas que nos enfadan a uno del otro, ya sabes, yo tengo que seguir trabajando, se ve mal en mí que solo atienda al mismo cliente.

Entonces mientras terminaba su café me dijo, nací hace unos tantos años pero no tengo esa edad, voy a tratar de decírtelo de manera claro, no tengo estos años, más bien los traigo, traigo en mí los años que he vivido y en mis ausencias los que no viví, eso no quiere decir que unos resten a los otros, traigo tantos años en mí que si quieres saber de ellos te los digo, si tan solo quieres saber cuántos tengo, pues mejor te apartas, es que en mí es más interesante lo que traigo que lo que tengo. Se terminó el café, miró alrededor de la mesa en la que estábamos, se concentró en mis ojos, mientras me miraba se soltó el botón de su blusa, puso su mano derecha sobre su seno izquierdo desnudo, me dijo, tengo un seno y de nada sirve si con él no traigo el poder de madre o la seducción femenina, hizo lo mismo con su otro seno y me digo, tengo un seno y de nada sirve si con él no traigo la tibieza del abrazo o la intuición de las amigas. Los botones volvieron a su sitio, tomó mi café y me dijo, o me pides otro o me tomo el tuyo, al tiempo que el café asomaba con su aroma, seguía diciendo, tengo dos labios, y de nada sirven si en ellos no traigo la ternura de un beso o la pasión de morderlos, así es un poco la vida, no son los años que tengo, son los años que traigo.

Y me dijo, yo solo quería los jugos de tu fruta poética, no esa podrida bendición de agua con la que te duchas en la mañana y vas envenenado de burócrata a subrayar errores y redondear cifras, no señor, yo quería otra cosa, quería tu olor a soledad y tu palabra festiva de tildes y acentos de calles llenas, yo quería tu voz arrinconada en mi pupila abierta, excitando a mis oídos con la falta de oxígeno al terminar tus frases largas. No señor, así no es, yo quería tus pies cansados pero comprometidos con lo que dentro de ti florece, no como te ves ahora, cansado y comprometido con algo que no eres, ves, estás viendo que tu boca es una línea con palabras repetidas y no esa boca que quiero que me bese pronunciando al viento lo que el bosque le susurra. Y me dijo, hombre que mi piel te espera para que la siembres con lo que eres, a mí me importas tú, con tus avenidas agrietadas y tus edificios descompuestos, yo te quiero así, dando vueltas en una vocal mal puesta y volviendo a las cometas para caer pronto en la suavidad de la arena del desierto. Así, mirándome con enojo fue diciéndome, hombre que te quiero de poeta, no de burócrata, y yo me quedé pensando en la quincena aprendida, en la cuenta del banco, en las deudas innecesarias, en la rutina aprendida, y en la corbata bien puesta, y fui pateando las escaleras mientras volvía a buscar en mi bolsillo los versos mal escritos y las monedas para subirme al bus que no se a donde me lleva. Y me quedé pensando en la mujer que me quiere de poeta y en mis mal aprendidas e innecesarias obligaciones de burócrata.

Ahora que estoy cayendo desde la ventana, y veo que conmigo salió parte de la cortina, apenas unos centímetros de cortina elevándose mientras yo caigo, recuerdo que no te gustaban las cortinas de mi apartamento, que tampoco te gustaban las baldosas de la ducha ni el color de los cajones de la alacena, ahora que estoy cayendo recuerdo que tampoco te gustaban mis zapatos ni mi corte de cabello o la manera en que doblaba la bota del pantalón. Ahora que estoy cayendo y la paloma se atreve a verme, a mí sin alas cayendo sin presunción de ave o de ángel, se me antoja pensar que vendrás a mi casa y dirás que nunca fui capaz de escoger un buen color para la pintura de mi cuarto de estudio y que tampoco supe combinar el color de las puertas con los de las paredes de los cuartos. Ahora que estoy cayendo y sé que uno de los zapatos se salió de mi pie derecho, no se cómo se cayó, en cambio tampoco se por qué me estoy cayendo si tan solo quería tomar con mi mano izquierda la luz de luz que se asoma hasta mi ventana y me suplicaba besos de cristal.

Un anciano pasa a una libreta los teléfonos que tiene anotados en papeles sueltos y tarjetas, una mujer practica inglés con un señor que usa bigote, dos hombres hablan de negocios y discuten por alguien por teléfono que quiere quedarse con diez mil dólares, dos muchachas conversan mientras una de ellas le aplica gotas en los ojos, una jovencita espera a que alguien le cumpla una cita, yo leo el periódico y tono café. Aun no llegan los dos abuelos que leen como yo el periódico ni la familia que viene a tomar café después de la celebración religiosa. Una pareja, doy por hecho que son un matrimonio leen y comentan una revista. Mi café se agotó. Voy por otro, paso junto a la jovencita, quiero ser el que le cumpla la cita, ella mira hacia mis zapatos y después sube la mirada hasta mis ojos, yo hacía lo contrario, bajaba la mirada hasta su cadera. Una nueva taza de café aparece en mi mesa, el lugar continúa en su lento movimiento.

Él suma con la misma certeza de los niños que usan los dedos de las manos para hacerlo, piensa en uno más uno da dos, luego, uno y otro da dos, y se enoja al darse cuenta que la suma no es exacta al sumarse con ella, al sumar él y ella solo da ella, él desaparece.

Se desprendió de la ropa y supo que la amaba por encima de su belleza.

Yo te pienso y me hago la pregunta, entonces renuncio a la respuesta

Y sin que lo notara, sus manos se fueron debajo de mi camisa, yo sentí su tibieza ascendiendo al mismo tiempo que erotismo y calor desembarcaban en mis surcos de instintos ensemillados.

Chopin está cansado de mi sordera y cada rato se apaga en el audio del iPod.

Uno toma los celos los pone en la almohada y los apuñala con un afilado sueño de venganzas, así se va quedando uno dormido, herido de sueños que no fueron y que sangraron rojos entre sístole y diástole

Ella Tomó su copa y la dejó caer sobre su blusa, ahora transparente de vino tinto, y por primera vez él supo que la ebriedad no estaba en la copa o en el vino, pronto supo que la piel era eterna de ebriedades y resacas

Ella comprendió que el ojal de su botón era el ojo atrevido de quien se ocultaba en pestañeos mientras veía su escote

La noche se recostó en ellos, ella duerme sin saber que él se desvela porque quiere noches eternas, la muerte evita escucharlo, las estrellas se hartan de estos deseos. El sueño lo vence

Tres centímetros de distancia cubren un beso imaginado, ella sonríe tímida, él mira sobre su cabeza y los tres centímetros son insuperables.

Ella escucha la música, se siente tranquila, mira la cara del hombre que la acompaña y recuerda una noche que durmió plácidamente en el sofá de su casa mientras afuera llovía.

Sabes, creo que los puentes son seres mágicos que surgen en complicidad con hombres que se ocultan entre los que los construyen, esos puentes tienen por misión permitir el paso de alguien hacia un lugar en el que debe encontrar un complemento, ya sea un lugar o un momento, una persona o un sentimiento. En eso pensaba mientras me decías que pasabas el puente y que la noche anterior había llovido sobre la ciudad

Desde ese pequeño lugar en el que sonríes tímida ante el espejo empieza a festejar el universo, tú eres su canto y el clima fértil con el que se inicia la cosecha.

Ella me dijo, quiero un amante de boca ágil y manos fáciles, de maneras ligeras, sin palabras austeras, quiero un amante, para hoy, para un rato, que solo me pida el momento y lo viva en explosión de júbilo, igual que los juegos pirotécnicos que se entregan al fuego sin importar la oscuridad en ciernes.

Yo le dije, eres mi libro, no te escribo ni te leo, un aroma de tus hojas me conduce a tu tinta, una grieta nocturna abre tus capítulos, una línea de vocales me atrae a tu lectura.

Ella le dijo, es cierto que un día acabaré cediendo, él le dijo, ese día no estaré, no es suficiente saberlo.

Y me dijo, yo soy el aquí y tú eres el allá, entre los dos una distancia de voces ciega el camino que nos acerca.

Ella se plantó desnuda frente al espejo, observó sus formas, movió sus brazos y piernas, dio un par de giros sobre si misma, de izquierda a derecha y viceversa, desnudó con su mirada los años de su piel, su percepción de las noches absorbidas, quiso arrodillarse frente a si misma, yo entré a la habitación, caminó tímida hasta donde había dejado la ropa, fue más tarde cuando comprendí que en su cuerpo estaba ausente mis ojos voraces del amante que desea.

Se le fueron cayendo los sueños mientras su ropa caía rutinaria cada noche.

La gitana tomó mis manos, masajeó la planta y los dedos, me pidió repetir una oración que ella decía mientras extendía sus brazos, luego puso dos platos de plata con agua de lluvia en donde metió mis manos, encendió una vela de cera y sin que pudiera descubrir el origen del aroma empezó a oler a tierra húmeda. Volvió a tomar mis manos, secó la izquierda con una tela negra y la derecha con una de color blanco. Me dijo, antes que preguntes, voy a decirte algo que está escrito en tus líneas, algo que has heredado y pasado a ti de generación en generación. Tu futuro es tan incierto como tu pasado, la única certeza con la que cuentas es este instante, si quieres saber sobre viajes, ya estás viajando hacia el mismo lugar del que vienes, sobre el amor, tú eres el amor y solo cuando te entregues sin miedo vas a reconocerlo, acerca de la fortuna y la riqueza, se te ha concedido todo, ve y tómalo, eso sí, debes esforzarte en formarte para obtenerla. Miró las líneas de mi mano, las siguió con uno de sus dedos, palpó los montes en la palma, estuvo un rato viendo como quien busca una aguja. Me dijo, derecha e izquierda, arriba y abajo dependen de tu posición no de los otros, adentro y afuera son el mismo lugar y está dentro de ti. Después dijo cosas acerca de la interpretación de las líneas que estaban escritas en una pared detrás de mi espalda, las mismas cosas que decía a todos sus clientes.

Y recordé que sobre la fruta de tus senos ponías del labial con brillo que usabas en tu boca. Mujer erótica de noche sin aviso, mientras te beso imagino la saciedad con la que mi hambre te busca.

Yo le dije, solo pretendía un verso, tu mirada y una sonrisa, ella me dijo, pequeño inocente, esas cosas son suficientes para iniciar una guerra, se fue y me dejó en un papel el número de su casa y una nota que decía, tienes oportunidad en la guerra, tienes fortuna de guerrero.

Y fui comprendiendo que mi lugar en ti era como las sillas de los teatros que están para dar forma al ego del que vive el escenario.

Yo me siento un poco como tú, y me voy alejando hasta saber que no cabes en mi olvido, y vuelvo solo para saber que quiero seguir alejándome.

Ella se acercó hasta la mesa y me leyó lo que había escrito, comprendí tarde que había escuchado su primera versión de mi obituario.

Ella descubrió su desnudez en mi cama, cerró los ojos y empezó a tararear una canción de cuna, yo terminé de tirar la ropa sobre la corbata que había caído al piso, me acomodé a su lado, ella se giró para besarme y luego decirme en el oído, eres simple y elemental como la tierra, el aire, el agua y el fuego, tu mirada responde incluso responde las preguntas que no hago y tu corazón cede para mi sus horas. Luego apartó de sí su timidez antigua y fue bordando mi piel con la suya.

Uno se enamora a primera vista y se desenamora en varios pestañeos. Claro que a veces hay mucha oscuridad en cada uno de esos parpadeos.

No te duermas sin mí.

Esa esquina que nos observó de lejos y estuvo atenta a nuestro paso, hoy se atreve a suponer que tras la sombra de la tarde caminaremos nuevamente bajo su mirada, sin prisa por llegar pero apresados por la espera. Esa esquina se dobla en su propia sombra y en nuestra ausencia se consume la tarde.

Un beso a tu sombra desnuda, dos besos a tus dedos pequeños, tres besos a tus rodillas, cuatro besos a tu cadera, cinco besos hundidos en tu ombligo, seis besos repartidos en tus senos, siete besos como collar en tu cuello, ocho besos en tus mejillas y nueve besos que caigan desde tu frente a todo tu cuerpo.

Aun me sorprendo del miedo con el que mi nombre se agitaba sobre tu piel mientras la lluvia de la ducha se descosía sobre tu cabeza, y la sorpresa sigue cuando noto que los dedos de tu mano izquierda se mueven inquietos cuando cruzad veloz tu mirada sobre mi sombra.

Y me dijo, el vino y la mesa servida son para reconocer que nos amamos, las copas de sexo y la cama sudorosa son para aparentar y olvidar lo que no sentimos.

Ella puso su mano húmeda en mi boca y me dijo, eres el único que hace coincidir calor de éxtasis y humedad de entrega en el mismo instante.

Me preguntas por qué escribo aun, entonces solo puedo decirte que son cosas de las mujeres que se enamoran de otro y no de uno que las mira ávido de amor.

Ella dijo, alguien va a morir esta noche y no soy yo.  Me preocupan mis manos de sangre que pretenden inocencia cuando saben que la indiferencia ha matado más que cualquier arma de destrucción masiva.

Ella me dijo, dios, gracias porque tus hijos poetas no son los que deben alimentar a tus otros hijos, estarían mal alimentados y muertos de hambre de palabra.

Yo me muero mañana porque hoy me parece imposible.

Y mientras tomaba mi mano me dijo, ¿y si me enamoro de ti? Yo solo supe decirle, ya es hermoso que lo pienses, y la única opción es corresponderte.

Y seriamente me dijo, te enamoras pero no sabes corresponder el amor que se te da. Yo me quedé sin respuesta.

Con tu abrazo los fantasmas abandonaron mis estancias y quedaron despejados para ti todos los lugares.

Hay días en que necesitaría tu voz para que la mía deje de ser un canto tímido rozando ásperamente con el silencio.

El sueño se fue diluyendo mientras tú aparecías etérea bajo la lluvia en la ventana. La ventana desaparecía bajo el lamento de tambor con el que las gotas asomaban desnudas en el vidrio. Mujer lluvia estabas hecha de vidrio.

Ella era un diluvio cuando la tarde se ponía sobre su espalda y la noche se le subía por entre la falda, era un diluvio buscando una barca que la condujera a la sequía, mujer diluvio estabas hecha de arena.

La rama del árbol nominó su duelo a la tierra, la piedra se dobló de ira contra su raza, una chispa de fuego y un árbol caído, un relámpago fugaz, la calma propia del olvido. Mujer fuego eres de ceniza.

Y caminaste tranquila en la ruta que medida por tus pasos, el mismo paso que unas veces un conmigo, comprendí que no eran mis pasos los que te acompañaban cuando iba a tu lado, era la ausencia de los apegos que te abandonaban que te arrojaban a mi camino. Mujer camino no eres mi paso.

Y me quedé pensando en las pocas horas de ausencia que faltan para describir la circunstancia con un nombre parecido al abandono de la furia.  Mujer mujer dejaste de ser la búsqueda.

Yo le dije, cada encuentro es una despedida hasta que un día no volveremos a la cita.

Tu fatiga de tarde de gatos me aproxima a la noche del mismo modo que la nube poco a poco llega a la lluvia.

Se le estaban muriendo las muertes que usaba de excusa para evitar la vida de quienes se aproximaban a sembrar en ella odiseas.

Yo desconecté la noche de mi voz nocturna y hablé de ella con acento de luna, entonces dije, solo sé que me atrae su luz solar y la vaga paciencia con que sus párpados hablan a mis ojos con lenguaje de sordomudo.

Se me estaba quebrando el ánimo con el cual me aproximaba a mis deseos sobre ti, se me quebró el ánimo y caí como los gatos fríos y esmaltados de cerámica.

Mujer sin nombre te vas porque la ventana de mi casa solo cubre la suerte de principiante con la que alguna vez tuve de tu boca una palabra de ánimo.

Yo le dije, no tienes nada, puedes irte libre sin nada que te ate. Me dijo, te tengo a ti que al igual que yo somos la humanidad, mi libertad me ata a ti, y hay ataduras que se hacen para comprender que la libertad no es individual, es un asunto de grupo.

Perdí la guerra. Perdí el amor. Se plantó ante mi cuerpo y me dijo, eres un niño apenas, no sabes que nada pierdes cuando luchas por ello. Aproximé mis batallas perdidas a su falda y fue cuando supe que debajo de ella se paría la ilusión de quien prefiere la guerra antes que la entrega.

Le dije, eres la nube que ara para dar paso a mi cosecha, el sol oculto que abona la tierra, la noche en el árbol que calma la fatiga, el momento, este momento en que dedico mi pensamiento a tu voz entera de voces.

Yo no quiero tus besos de luna ni tu pasión de desierto o tus horas amargas de bosque frío o tu silencio marchito de olas, yo quiero tu voz en canto, el color absorto en tu mirada alegre, la canción de fiesta en tu voz, el calor del día y la tibieza de la noche, eso le decía mientras ella dejaba que el frío del helado cayera en su lengua, entonces me respondió, en mi corazón están todas las cosas, no puedo darte el calor sin darte el frío, no puedo darte amor sin darte miedo, no puedo darte fe sin darte duda, en mi corazón, si es lo que quieres están todas las cosas, y todas ellas son parte de mí, si me quieres a mí debes quererlas todas.

Yo sabía que no estarías en las calles vacías de mi ciudad innominada o en el bosque perdido de mi cordillera extensa.

Es innecesario seguirte con mis ojos, no hacen falta mi palabra en tu oído ni mi mano ferviente detrás de tu sombra, yo me pregunto si tanta duda innecesaria si tanta bruma deshecha y tanta niebla aprendida no son más que miedos impidiendo que mis pies anden junto a los tuyos haciendo el camino juntos

Huyes al encuentro porque sabes que en él encontraremos la partida, ¿hacia dónde? Hacia siempre.

Me dijo, empezamos a morir desde que nacemos, somos una especie de muerte arrepentida que no tiene afán de aparecerse, es tímida nuestra muerte. Le dije, ¿harás mi obituario? Enclavó en mi pupila su mirada y si que yo pudiera evitarlo me dio una bofetada que me dolió hasta los dientes, y me gritó, a mí no me hagas pensar en tu partida, déjame soñarte y vivirte.

Te propongo una distancia prudente hasta que el olvido ya no sea necesario.

Eres una gota de sexo entre tanta lluvia seca.

Hay mañanas en que el frío ha tragado hielo molido y se le nota en el aliento, en días así, el recuerdo de tu amor autista me devuelve a la cama, me conmina a sumergirme en una plegaria por los días en que la redención ha estado victoriosa.

Traigo una sabiduría innecesaria en la piel, dijo ella, y empezó a juntarse a mi cuerpo mientras su desnudez comprendía fácilmente la ansiedad de mis manos y se iba desprendiendo de caricias antiguas.

Ella venía a diario en el carro de la panadería a dejar el pan en la tienda, para mí el pan tenía aroma de éxtasis, y mis ojos llegaban hasta su cuerpo mientras el aroma del pan tomaba la forma de mis deseos al verla.

Hay secretos que nos hacen invencibles; saber que una mujer me desea sin pensar en la lejanía que nos separa, saber una idea propia se ha extendido en otros caminos porque alguien más la divulga, entender que una sonrisa tímida en el rostro de una mujer cuando me mira es un corazón enamorado que está naciendo.

Hay secretos que nos hacen invencibles, en especial cuando en el fondo de uno palpita la única razón por la cual el hombre supera al tiempo; la fe en algo que uno ama

De entre todos los minutos este fue el único que tuvo la fortuna de acompañarme en este instante.

¿Si dijera mis palabras sobre tu desnudez, hasta donde irían mis manos?

Oscar Vargas Duarte

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