Inquietudes mal respondidas

Tu pregunta es una puerta abierta desde la cual se puede observar lo infinito del universo.

Yo te conocí en una farmacia. Tú pedías a la mujer que atendía el local unas pastillas para el dolor de cabeza, Yo estaba comprando condones. Te miré y sonreí. Te fijaste en el color de mis zapatos, en la cicatriz que media entre mi ceja derecha y la frente, atinaste a reconocer incluso el color del cinturón que ese día llevaba. La mujer que atendía el local estaba hecha de azúcar, eso te dije al mismo tiempo que la mujer caminaba hacia los estantes a buscar tus pastillas. Hiciste una mueca, preguntaste por qué de azúcar, rápidamente te dije que era blanca y parecía hecha grano a grano, quebradiza, como si al soplar sobre su rostro se convirtiera en polvo y se desvaneciera en el aire. Creo que eso te molestó, te pusiste a ver una revista mientras que la mujer nos daba la espalda, se agachaba para buscar dentro de un cajón, al hacer esto el pantalón se deslizó, yo pude ver su ropa interior, sonreí y miré para otro lado, tú lo notaste, yo seguí viendo hacia otro lado.

Al salir de la farmacia caminamos uno cerca del otro, tú adelante, yo te veía las nalgas, supongo que tú lo sabías y por eso empezaste a caminar despacio, hasta que yo te alcancé y debí dejar de verlas. Te hablé, recuerdo que te dije algo sobre la necesidad de iluminar más esa calle, tú asentiste y sin darnos cuenta empezamos una charla que terminó cuando nos dimos cuenta que habíamos estado caminando en línea recta sin desviarnos hacia los lugares en los que cada uno vivía. Al devolvernos, ya te había cantado yo el corito de Sabina “y nos dieron las diez y las once…”.

El dolor de cabeza se te pasó, no tuviste necesidad de tomar la pastilla, mi casa estaba antes que la tuya y te invité a seguir, aceptaste. Sentada en el sofá de la sala te pusiste a ver unas fotografías que habían en un album, una colección de fotos de la entrada de cientos de cementerios que había visitado yo cada que los viajes me llevaban a una población. No recuerdo muy bien la explicación que te di, tú no creo que te sintieras satisfecha con la respuesta, insistías en que mi explicación fuese más clara.

Tres botellas de vino y música para bailar fueron el preámbulo del sudor y cansancio sexual al que nos enfrentamos esa madrugada. No use el condón, tú tampoco te habías tomado la pastilla para el dolor de cabeza. Cuatro semanas después estábamos ambos comprando pastillas para el dolor de cabeza en la misma farmacia, yo prometía para mis adentros que usaría siempre los condones. Esa misma noche, cuando yo quería meterle mano a tus manzanas, me mandaste a algún lugar del que no quiero ser visitante, manchaste mi cama y no hubo necesidad de más pastillas y sí de más condones.

Oscar Vargas Duarte

Un comentario en “Inquietudes mal respondidas

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