Promesas inventadas

En el cumpleaños número veinte recibí un curioso regalo de parte de uno de mis amigos de la universidad. Jorge y Yo veníamos de la provincia, ambos de pueblos en los que la posibilidad de llegar a la universidad era mínima, aún así, por efecto del azar estudiábamos en la mejor universidad pública del país. Cada uno a su manera buscaba el modo de obtener algún dinero adicional al que nos enviaban nuestros padres. Yo recuerdo que dictaba clases de matemáticas a estudiantes de bachillerato y también colaboraba en el almacén de unos conocidos de mi padre haciendo reemplazo a alguna persona que no pudiese ir los fines de semana.

Yo recuerdo que mantenía el cabello largo, aunque no me gustaba sentir la cabeza pesada y saber que era poco atractiva mi cabeza con tanto pelo, prefería estar así para evitar el gasto por el corte de cabello, claro que cuando sentía que me era imposible sostener tanto pelo iba a una academia de belleza en donde las aprendices hacían el corte gratis, por supuesto uno asumía el riesgo de salir con el cabello mal cortado. Jorge fue conmigo una tarde, salimos de clase convencidos de que era una buena opción, fuimos caminando hasta la academia, al comienzo nos pareció que habíamos quedado bien, al siguiente día Jorge fue a la universidad con un gorro, había salido trasquilado por una tijera mal usada. Estuvimos riéndonos bastante tiempo del suceso.

Jorge trabajaba en un consultorio en el que una mujer ofrecía servicios de esoterismo, adivinación, brujería y hasta se ofrecía para médium. Hacía las labores de la secretaria en las noches, debía hacer el balance de las cuentas, preparar combinaciones químicas que solo cambiaban de color, y según el color la mujer le decía a los clientes que les ayudaría en una cosa o la otra. La mujer le dijo a Jorge que para mi cumpleaños podría darme una consulta gratis, así él no gastaría en regalos y ella se sentiría muy bien ayudándole al ahorrarle ese gasto.

La consulta fue el mismo día de mi cumpleaños. Yo recuerdo que fui en la noche, el lugar estaba lleno de un olor a flores que me parecía incómodo, pensé que lo mejor sería no preguntar nada, así saldría rápido del lugar y podría ir hacia mi casa a lavarme la nariz. La mujer estaba fumando cuando me atendió, se sentó cómodamente en el sillón detrás del escritorio y empezó a hablarme sobre la vida de las abejas, sobre el color dulzón que ella veía en mis ojos. Luego de diez minutos de decirme una cosa y otra se quedó en silencio por otros diez minutos, luego me pasó un sobre blanco, según ella dentro estaba escrito una parte de mi futuro. Si Yo abría el sobre mi futuro no sucedería tal como ella lo predecía, en cambio, si mantenía el sobre cerrado y volvía a su consultorio en veintidos años para abrir el sobre en su presencia, todo se pondría a mi favor y la vida sería siempre dichosa para mí. A Jorge no le importó lo que la mujer me hubiese dicho, él tenía días en que le creía a la mujer y también días en que no le parecía cierto lo que ella decía. Esa noche era de las que no le creía.

Jorge y Yo nos graduamos y cada uno encontró trabajo en diferentes ciudades. Dejamos de vernos. Nunca le conté sobre el sobre, menos iba a saber que Yo volvería al lugar en el que él trabajó mientras estaba en la universidad. Yo volví al consultorio de la mujer, haciendo caso a lo que me había dicho veintidós años atrás, debí esperar en una sala que en nada se parecía a la que había visto.

Me hicieron pasar. La mujer no sonrió, solo dijo, dame el sobre, no creí que vinieras, eras de los que no tenían fe en nada. No le dije nada. Ella tomó el sobre, apenas lo tocó el papel se convirtió en fuego y ceniza. No quise pensar en trucos ni magias. Me dijo, hoy debes pagar por la consulta. Le recordé que en la primera cita me había dicho que si volvía debía darle dos días de salario. Le pasé los billetes, mencionó que Yo tenía un salario atractivo, sonreí.

La mujer buscó un sobre que estaba en un cofre, parecía igual de viejo al que Yo había llevado. Me lo dio. Me dijo que podría leerlo en ese instante o a la mañana siguiente. Guardé el papel. Salí, en la sala del consultorio había una muchacha, una joven hermosa, bella, linda y encantadora. No pude resistir hablarle, ella parecía fascinada por mis palabras.

María es el nombre de mi esposa. Es la joven que conocí esa noche en el consultorio. En el segundo sobre que me entregó la mujer decía: si te esperas más de veinte años, la hija de tu amigo, mi hija, te acompañará toda la vida

Oscar Vargas Duarte

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