Días de fútbol

Extendió las manos y sintió los senos tibios de María expandirse en la palma de sus manos, repitió los masajes aprendidos durante su vida en concubinato, tocar, apretar, soltar, presionar, pellizcar sin producir dolor.  Sintió el dolor en las piernas, el peso de María cae sin precaución sobre su ingle, identificó cada sonido, el de la cama, podía llegar rápidamente a tocar sus piernas, soltó sus senos y atrapó la rodilla derecha, se levantó y rápidamente ajustó su cuerpo en el de ella.  Era fácil saber cuál parte de la cama crujía, la pata derecha se movía y rompía el silencio al raspar la baldosa, la tabla del mismo lado no estaba bien ajustada y chillaba cuando él empujaba su cuerpo, entonces lanzaba su mano hacia ese lado y sostenía con fuerza la tabla.  Una de las tablas debajo del colchón se mueve, él lanza la rodilla incluso antes de que el sonido iniciado llegue a su fin.  Su esposa gime, él estira la mano y le concede un dedo, concesión que pronto permitirá un mordisco en el dedo, no le importa el dolor, continúa y aún con los dientes clavados en la carne es capaz de identificar el origen del aullido de dos perros que se comunican secretos en la calle.

María tiembla y se deja caer sobre su cuerpo, lo besa, le recuerdo la pasión con que lo ama, él mantiene el silencio, la abraza, quiere atraparla, le toca las nalgas, le da un par de palmadas y ella empieza a moverse, se lanza, va silenciosa a la izquierda, le tira un cojín y él lo atrapa, la busca, no la encuentra, su respiración la delata, lanza sus brazos para atrapar sus piernas, solo logra una, ella se suelta, vuelven los juegos y ahora le lanza ropa interior, no le advierte a donde va cada prenda, él se lanza sin saberlo y la atrapa, el sostén blanco de tela transparente, las medias blancas, una tanga negra que ella envolvió con la blusa que usó en la tarde.  El juego continúa, solo ha dejado pasar el treinta por ciento de la ropa que ella ha estado tirando.  Ella grita gol cada que la ropa no es atajada y aplaude cuando la misma llega a sus manos, él pierde el juego pero también gana un rato más de sexo.

Son las siete de la mañana, María lo dejó en la entrada de la cancha de fútbol mientras ella va a estacionar el auto al parqueadero que está a tres cuadras, identifica el sonido del motor, sabe a cuántas metros va el auto, reconoce el origen del viento, se detiene a escuchar un ruido similar, ahí viene Fernando en el mazda 323 modelo 98.  A él lo trae la hermana, una muchacha que estudió veterinaria y trabaja con el Instituto Agropecuario, al terminar su primer año de trabajo había ahorrado para comprar el auto, se lo había prometido a Fernando.  María no quería vender el auto, a ella le gustaban los paseos a los pueblos de la sabana, en ese mazda habían hecho el amor muchas veces, de cualquier modo después de prometer que antes de un mes comprarían otro, ella cedió y se lo vendieron a la hermana del amigo.

El sábado entrenan tres horas, primero hacen un calentamiento que él ayudó a desarrollar, para eso se ayudó de los conocimientos que tenía después de varios años de trabajar en el profesionalismo, eso sí se apoyó en uno de los preparadores físicos que había conocido, entre los dos dejaron el plan de entrenamiento implementado, luego se le dejó al director del equipo para que lo mantuviera.  El tiempo no se utiliza completamente en jugar con la pelota, deben hacer descansos obligados para dedicarlos a las personas con menores habilidades, unas veces sufren lesiones menores, otras simplemente los orientan para que memoricen los movimientos, así como para grabar las voces de los que lideran al equipo y las instrucciones que se dictan en forma verbal desde el banco.  A él lo que más se le dificultó fue recibir las instrucciones cuando otros ruidos interferían en las mismas.  Al final, después de meses de entrenamiento logró obtener reconocimiento entre sus compañeros, la experiencia que tenía hacía diferencia, algunos de sus compañeros lo seguían como a un líder.

Ahora se cuida más, con el tiempo el cuerpo pierde agilidad, así que se acuesta temprano, evita las bebidas alcohólicas y María le organiza la dieta.  Cuando jugaba en el profesionalismo se daba sus escapadas, entre semana salía a tomar con los amigos o salían, sin permiso, con otros compañeros del equipo a los sitios de baile en las ciudades en las que jugaban los partidos.  A él le gustaba ir a una ciudad de la costa, las mujeres allá nunca se portaban displicentes, siempre estaban dispuestas, de cuerpos generosos y gustosas de entregarse en el baile.  Ahora esos son apenas recuerdos.

Fernando llegó al equipo meses después de que él estuviera entrenando, él lo convenció de hacerlo, le serviría para realizar actividades que le permitieran integrarse con otros, así como ejercitar el cuerpo.  Le recomendó que se ofreciera de portero, eran pocos los que lo hacían, a todos les llamaba más la atención el reto de correr por toda la cancha.  Al comienzo Fernando hizo lo que todos, pidió ser delantero, sin embargo, la pelota no le llegaba a los pies, así le decía al entrenador – es que no me la pasan, por eso no hago goles, sin balón no se pueden hacer goles.

El sábado que pusieron a Fernando de portero él había ido a una cita médica, ese era el único motivo que aceptaba para no ir a jugar fútbol.  El balón le llegó a las manos a Fernando, no dejaban de llegarle, lo que no podía hacer con los pies, lo hacía con las manos, eso sí, cuando se trataba de estirar las piernas para evitar el ingreso del balón también lo hacía fácilmente.  El siguiente sábado que estuvieron entrenando Fernando se hizo con el equipo titular, a él le tocó con los suplentes.  En el partido del siguiente miércoles fue el primer partido que le tocó como suplente.  Ahora Fernando, sin técnica alguna es el titular del equipo, le va bien, él se esfuerza en los entrenamientos y aún así no logra superarlo.

Ahí están todos, él sabe que María está en la gradería, lo está llamando, es extraño que lo esté llamando, camina hasta donde ella se encuentra, ella lo besa, entonces le dice que a su lado está una periodista que lo conoce a él desde cuando estaba en el profesionalismo.  Se saludan, él no se sorprende de que ella lo recuerde.  Piensa en las noches que se la llevó al hotel mientras estaban en concentración, ella se metía a la cama y salía antes de que sus compañeros pudieran verla.

Hablan hasta cuando el entrenador insiste en que debe estar en la cancha, la periodista se aproxima le da un beso en la mejilla, se acerca a la oreja y le dice que él tiene los más lindos que a ella la han visto desnuda y las manos más rápidas que la han desvestido.  Él se va hacia la cancha, mientras piensa en que esos ojos de mierda no ven un culo y esas manos no son capaces de superar a un maldito ciego que no tiene su experiencia.

Extendió las manos y sintió los senos tibios de María expandirse en la palma de sus manos, repitió los masajes aprendidos durante su vida en concubinato, tocar, apretar, soltar, presionar, pellizcar sin producir dolor.  Sintió el dolor en las piernas, el peso de María cae sin precaución sobre su ingle, identificó cada sonido, el de la cama, podía llegar rápidamente a tocar sus piernas, soltó sus senos y atrapó la rodilla derecha, se levantó y rápidamente ajustó su cuerpo en el de ella.  Era fácil saber cuál parte de la cama crujía, la pata derecha se movía y rompía el silencio al raspar la baldosa, la tabla del mismo lado no estaba bien ajustada y chillaba cuando él empujaba su cuerpo, entonces lanzaba su mano hacia ese lado y sostenía con fuerza la tabla.  Una de las tablas debajo del colchón se mueve, él lanza la rodilla incluso antes de que el sonido iniciado llegue a su fin.  Su esposa gime, él estira la mano y le concede un dedo, concesión que pronto permitirá un mordisco en el dedo, no le importa el dolor, continúa y aún con los dientes clavados en la carne es capaz de identificar el origen del aullido de dos perros que se comunican secretos en la calle.

María tiembla y se deja caer sobre su cuerpo, lo besa, le recuerda la pasión con que lo ama, él mantiene el silencio, la abraza, quiere atraparla, le toca las nalgas, le da un par de palmadas y ella empieza a moverse, se lanza, va silenciosa a la izquierda, le tira un cojín y él lo atrapa, la busca, no la encuentra, su respiración la delata, lanza sus brazos para atrapar sus piernas, solo logra una, ella se suelta, vuelven los juegos y ahora le lanza ropa interior, no le advierte a donde va cada prenda, él se lanza sin saberlo y la atrapa, el sostén blanco de tela transparente, las medias blancas, una tanga negra que ella envolvió con la blusa que usó en la tarde.  El juego continúa, solo ha dejado pasar el treinta por ciento de la ropa que ella ha estado tirando.  Ella grita gol cada que la ropa no es atajada y aplaude cuando la misma llega a sus manos, él pierde el juego pero también gana un rato más de sexo.

Son las siete de la mañana, María lo dejó en la entrada de la cancha de fútbol mientras ella va a estacionar el auto al parqueadero que está a tres cuadras, identifica el sonido del motor, sabe a cuántas metros va el auto, reconoce el origen del viento, se detiene a escuchar un ruido similar, ahí viene Fernando en el mazda 323 modelo 98.  A él lo trae la hermana, una muchacha que estudió veterinaria y trabaja con el Instituto Agropecuario, al terminar su primer año de trabajo había ahorrado para comprar el auto, se lo había prometido a Fernando.  María no quería vender el auto, a ella le gustaban los paseos a los pueblos de la sabana, en ese mazda habían hecho el amor muchas veces, de cualquier modo después de prometer que antes de un mes comprarían otro, ella cedió y se lo vendieron a la hermana del amigo.

El sábado entrenan tres horas, primero hacen un calentamiento que él ayudó a desarrollar, para eso se ayudó de los conocimientos que tenía después de varios años de trabajar en el profesionalismo, eso sí se apoyó en uno de los preparadores físicos que había conocido, entre los dos dejaron el plan de entrenamiento implementado, luego se le dejó al director del equipo para que lo mantuviera.  El tiempo no se utiliza completamente en jugar con la pelota, deben hacer descansos obligados para dedicarlos a las personas con menores habilidades, unas veces sufren lesiones menores, otras simplemente los orientan para que memoricen los movimientos, así como para grabar las voces de los que lideran al equipo y las instrucciones que se dictan en forma verbal desde el banco.  A él lo que más se le dificultó fue recibir las instrucciones cuando otros ruidos interferían en las mismas.  Al final, después de meses de entrenamiento logró obtener reconocimiento entre sus compañeros, la experiencia que tenía hacía diferencia, algunos de sus compañeros lo seguían como a un líder.

Ahora se cuida más, con el tiempo el cuerpo pierde agilidad, así que se acuesta temprano, evita las bebidas alcohólicas y María le organiza la dieta.  Cuando jugaba en el profesionalismo se daba sus escapadas, entre semana salía a tomar con los amigos o salían, sin permiso, con otros compañeros del equipo a los sitios de baile en las ciudades en las que jugaban los partidos.  A él le gustaba ir a una ciudad de la costa, las mujeres allá nunca se portaban displicentes, siempre estaban dispuestas, de cuerpos generosos y gustosas de entregarse en el baile.  Ahora esos son apenas recuerdos.

Fernando llegó al equipo meses después de que él estuviera entrenando, él lo convenció de hacerlo, le serviría para realizar actividades que le permitieran integrarse con otros, así como ejercitar el cuerpo.  Le recomendó que se ofreciera de portero, eran pocos los que lo hacían, a todos les llamaba más la atención el reto de correr por toda la cancha.  Al comienzo Fernando hizo lo que todos, pidió ser delantero, sin embargo, la pelota no le llegaba a los pies, así le decía al entrenador – es que no me la pasan, por eso no hago goles, sin balón no se pueden hacer goles.

El sábado que pusieron a Fernando de portero él había ido a una cita médica, ese era el único motivo que aceptaba para no ir a jugar fútbol.  El balón le llegó a las manos a Fernando, no dejaban de llegarle, lo que no podía hacer con los pies, lo hacía con las manos, eso sí, cuando se trataba de estirar las piernas para evitar el ingreso del balón también lo hacía fácilmente.  El siguiente sábado que estuvieron entrenando Fernando se hizo con el equipo titular, a él le tocó con los suplentes.  En el partido del siguiente miércoles fue el primer partido que le tocó como suplente.  Ahora Fernando, sin técnica alguna es el titular del equipo, le va bien, él se esfuerza en los entrenamientos y aún así no logra superarlo.

Ahí están todos, él sabe que María está en la gradería, lo está llamando, es extraño que lo esté llamando, camina hasta donde ella se encuentra, ella lo besa, entonces le dice que a su lado está una periodista que lo conoce a él desde cuando estaba en el profesionalismo.  Se saludan, él no se sorprende de que ella lo recuerde.  Piensa en las noches que se la llevó al hotel mientras estaban en concentración, ella se metía a la cama y salía antes de que sus compañeros pudieran verla.

Hablan hasta cuando el entrenador insiste en que debe estar en la cancha, la periodista se aproxima le da un beso en la mejilla, se acerca a la oreja y le dice que él tiene los más lindos que a ella la han visto desnuda y las manos más rápidas que la han desvestido.  Él se va hacia la cancha, mientras piensa en que esos ojos de mierda no ven un culo y esas manos no son capaces de superar a un maldito ciego que le faltan años de experiencia.

Oscar Vargas Duarte

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