INSTINT-RTE 8

La ciudad parecía no soportar una gota más, aún así la lluvia arreciaba
sin que existiese modo de evitarla. Viviana observaba desde la ventana
el caminar veloz de quienes se atrevían a surcar los andenes mientras
todo era lluvia. Al comienzo sus pensamientos solo se detenían en todo
aquello que podía ser observado desde su silla en el autobús, había
escogido la ventana para evitar ser obligada a permitir el paso de
alguien ya fuera porque tendría que bajarse o para sentarse en la otra
silla. Sonrió imaginando lluvia de colores, en la estación de radio que
el conductor obligaba a escuchar a los pasajeros presentaba como
inquietud cuál sería el color de las gotas de lluvia que le gustaría a
sus oyentes, uno y otro llamaba con respuestas curiosas y del mismo modo
repetidas por otros que habían llamado previamente.Los recuerdos de la noche en que llovía y ella abrigada en afanes
buscaba subirse al primer auto bús que la llevara hasta la residencia,
los recuerdos matizaron su rostro, empezó a pensar en su enojo al
descubrir que yo aún no estaba en el apartamento, quería contarme sobre
sus avances en las diferentes clases así como la invitación que tenía
para participar en una exposición promovida por la administración
municipal. Estuvo sentada en la sala esperando a mi llegada, buscó los
libros que yo estaba leyendo, les dio una vuelta y otra, se tomó un
café, leyó mis notas, se sentó en la silla del cuarto de estudio, subió
las piernas sobre la mesa, mientras jugaba a mirar un libro y otro
encontró unas notas antiguas escritas años atrás, las leyó y sintió que
poseía secretos, no me contaría que las había leído, era dueña de
secretos que nadie conocía.

Los pensamientos fueron interrumpidos por un trueno que se oyó apenas un
instante. Miró hacia la calle, la misma calle, aún no avanzaba, estaba a
veinte metros del semáforo, el semáforo parecía ser una promesa
incumplida, la calle se anegaba, la gente seguía con prisa en la calle,
la calle era un estacionamiento obligado del cual los autos se sentían
apresados. Viviana pensó en la lluvia, quizá acompañada se atrevería a
mojarse bajo la lluvia, así, sola y con esos pensamientos estaba bien
seguir en la silla, observando por la ventana hacia la calle y
consumiendo pensamientos mientras que ningún auto parecía moverse.

Esa noche Viviana me vio entrar borracho al apartamento. Yo llevaba la
camisa por fuera, apenas si sabía el camino, eso sí, pasé derecho al
cuarto, ella escuchó los movimientos típicos, un lugar, el otro y
segundos después silencio total. Pasó a mi cuarto, vio mis zapatos
desordenados, la camisa en cualquier lugar, el pantalón con rumbo
perdido, las llaves sobre la mesa, la billetera junto a ella, uno de los
calcetines sobre la cama, el otro parecía perdido. Viviana apagó la
luz, estuvo de pie viendo la cama, salió y en un par de minutos volvió a
mi cuarto.

Movió mi cuerpo, le dio el giro apropiado, supo que yo no despertaría,
así que tomó las pinturas, las ubicó sobre la cama, no se preocupó por
la mancha posterior sobre las sábanas. Empezó por el hombre derecho,
luego su pintura tomó forma al seguir hacia el centro. Estuvo pintando
en mi espalda una idea que le surgió al verme llegar ebrio al
apartamento, yo estaba abandonado en el sueño, no sentía el olor de la
pintura y menos aún el pincel inventando en mi espalda. Viviana terminó
de pintar el cuadro a las cuatro de la mañana, yo seguía dormido y
ella, en vez de dormir a mi lado, tomó las pinturas, limpió lo que pudo y
se fue a su cuarto. No tenía afanes porque ese día no debía ir al
trabajo.

Desperté, el olor a pintura me obligó a buscar su origen, vi unas
manchas en la sábana, otras en el piso, entonces fui hasta el cuarto de
Viviana, toqué en la puerta, un minuto, dos, no contestó, volvía a
tocar, escuché una voz, una voz que apenas decía, qué quiere, yo
respondí, sabes por qué huele a pintura en mi cuarto, entonces dijo, no
se. Tú deberías saberlo. Yo había quedado en verme con unos compañeros
de la universidad, temprano ese día, ni siquiera me bañé, tomé un
pantalón, una camisa, los tennis de siempre y llevé el morral
acostumbrado, dentro de él un libro, un cuaderno de notas, un lápiz,
varios colores, un reproductor de música, la cámara y unas frutas; tengo
la creencia de que eliminan el tufo a licor.

Viviana se levantó enojada, buscó su morral, puso en él un pantalón, una
blusa, ropa interior y alguna cosa de comer, llamó a Rebeca, le dijo
que no quería estar ese fin de semana en el apartamento, Rebeca le pidió
que fuese al de ella, se quedarían juntas, saldrían a cine, comerían,
charlarían de una cosa y la otra. Almorzaron juntas el fin de semana,
hablaron, rieron, incluso tomaron media botella de ron y salieron a
caminar a un parque.

El autobús ha logrado atravesar la calle que parecía imposible por el
semáforo, sin embargo, no da certeza de avanzar rápidamente, el autobús
se mueve lentamente, con un poco más de prisa pero lentamente. La
ventana se empaña, ella la limpia constantemente, algo podría pasar en
la calle de lo que ella no debe perderse. Odia lo que Rebeca le ha
dicho, odia haberse metido en mi cama a dibujar pies, caminos, rutas en
el aire, asentamientos, ave, fieras, y sobre todo odia haber escrito en
mi espalda su nombre y haber retratado sus labios. Recuerda que para
dibujar sus labios se desnudó, dejó su ropa junto a la mía, hacía rato
que había organizado mi ropa, doblada junto a la cama, ahí puso la de
ella, luego completamente desnuda tomó su labial, lo aplicó sobre su
boca y dejó marcado ese beso en medio de la espalda.

Rebeca la miró sin prestarle mucha atención a sus palabras, cuando ella
terminó empezó a hablar sin pensar en las agujas que plantaba en el
corazón de Viviana, sin pensar en los perfumes que para ella no le
serían indiferentes. Una de las razones por las cuales Rebeca no quería
que Viviana viviese en mi casa era que sabía de los afanes por seguir
mi prisa o por detener mi rumbo hacia una perdición sin sentido
aparente. Le preguntó por la botella de tequila en la mesa del cuarto
de estudio, Viviana debió contestarle que a diario la cambiaba, luego
Rebeca le preguntó sobre mi timidez, sobre esa manera de mirar sin
pretender, le hizo saber que ella conocía mi coquetería inquieta, mis
afanes infructuosos por mentir lo que decían mis ojos. Rebeca le dijo a
Viviana que nada detendría ese río inconcluso al que había entrado, no
habían razones en mi vida para ser otro, eso que hacía no era para
enamorar, solo era para ser yo mismo.

La lluvia pareció haber sido vencida por los deseos de los habitantes de
la ciudad, Viviana se levantó de la silla, buscó la salida, antes de
dar un paso en el asfalto sonrió y enfiló sus pasos hacia su escuela.

Oscar Vargas Duarte

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