INSTINT-RTE 5

Creyó que había soñado toda la noche, como si en vez de dormir se
hubiese dedicado a recrear imágenes sobre las que ella no tenía control
de ningún tipo. Al comienzo las imágenes la repetían a ella caminando
hacia algún lugar no definido, volvía a caminar, aunque sentía que había
llegado al final de la ruta, debía caminar nuevamente, en un momento de
ese caminar continuo tuvo la sensación de estar despierta, se vio a sí
misma en la cama en la que estaba durmiendo, pensó en levantarse a tomar
agua, pero aún estaba en medio del sueño. Supo que ese era al final
del primer tramo de su sueño, luego le fueron apareciendo sombras
alrededor, sentía caer desde un árbol gigante, luego veía las sombras de
las ramas y las hojas sobre su cuerpo, un cuerpo vestido de sombras, no
sabía si estaba desnuda o vestida, seguía cayendo, y el piso le parecía
ajeno, lejano, al final de la caída era recibida por hojas secas, el
ruido, el ruido de la caída si la despertaba, además de un movimiento de
protección que hacía con sus piernas.El cuerpo estaba frío, sentía frío al despertarse, buscaba la cobija y
se abrigaba instintivamente, después nuevamente el sueño. Esa noche la
lluvia surcaba toda la ciudad, un goteo interminable sometía los techos
de las casas, millones de paracaidistas líquidos se agolpaban en las
ventanas. El frío protegido por una neblina espesa hacía obligatorio el
abrigo. Volvió a dormir y sintió que caminaba como un animal, no
reconocía sus movimientos, le parecía ir por una selva amarilla de la
cual no podría salir, así en la búsqueda de un lugar para escapar de la
selva me encontró en su sueño. Yo estaba bajo la sombra de un árbol,
dormía, dormía sin interés por percibir el ambiente, mi respiración
parecía entonar una canción de cuna, se acercó a mí, no supo en que
momento cambió su rugido por una voz humana, me habló, entonces sus
palabras vaciaron en mi oído las evocaciones de animal que ella había
tenido. La selva desapareció, ella sintió su cuerpo, ágil y frágil,
supo otra vez de sus piernas y sus brazos, se vio vestida, hermosamente
vestida. En cambio, apenas ella se reconocía vio como mi cuerpo se
transformaba y era todas las formas animales que ella había sido, me vio
correr, saltar, aullar, arrastrarme por la llanura. Yo desaparecí pero
aún ella podía seguir escuchando mi respiración que entonaba una
canción de cuna.

La mañana siguiente salió de su habitación y fue a buscarme para
contarme el sueño, no pudo hacerlo, yo había salido temprano. Encontró
una nota en la que le indicaba el lugar en donde podía hallar su
desayuno, le pedía estar pendiente de cerrar las ventanas, la de mi
cuarto y la de la cocina estaban abiertas. Pensó en llamarme, en la
nota le decía que volvería al apartamento al medio día. Las clases en
la escuela de artes y oficios iniciaban después de la media tarde,
podíamos almorzar juntos, pero ella no estaría a esa hora. Recordó que
ese día iría a comprar algunos implementos para una de sus clases.

En el auto bus tuvo la sensación de ser objeto de observación, comenzó a
sentirse incómoda sin saber quién podría estar viéndola, giró su cabeza
a un lado, luego al otro, hasta que descubrió a quien la miraba, era un
rostro conocido el que le sonreía desde uno de los puestos cerca de
ella.

Raúl se acercó hasta la silla de Viviana y empezaron una charla que
extrañamente terminaría en la escuela de artes y oficios. Cuando
terminó la universidad buscó trabajo como educador en los colegios del
distrito, luego, mientras hacía el postgrado, se hizo amigo de una
persona que dirigía uno de los institutos de cultura de la
administración municipal, así, con un poco de suerte y otro de maña se
hizo al puesto como director del plan de estudios de la escuela de
artes. La invitó a su oficina, hablaron de una y otra aventura, de lo
que hacían y lo que no, de estar aquí y luego allá. Viviana le preguntó
el motivo por el cual iba en el auto bus y no el auto particular, él le
dio una respuesta acerca del compromiso de los empleados públicos de
usar el auto el menor tiempo posible, una política de la administración
municipal es que los empleados públicos utilicen los sistemas de
transporte masivo. La respuesta no la convenció y ya tenía que ir a su
primera clase así que dejó para otro día seguir la conversación.

Al terminar las clases, Raúl pasó por el salón, la estaba esperando
hacía varios minutos, siguieron charlando, esta vez fueron por un café,
luego él quería tomar algo de licor, pero ella se sintió acosada, empezó
a verlo distinto, la conversación se convirtió en una prueba de
obstáculos en la que ella debía medir sus respuestas para evitar dar
respuesta que con el doble sentido de la pregunta la harían sonrojar.
No le gustó más la charla, se levantó de la mesa enojada, él insistió en
seguir, ella encontró una excusa en mí, me envió un mensaje al celular,
lo leí, debía llamarla y decir cualquier cosa, así fue, ella solo
decía, sí señor yo tengo claro que debo llegar temprano. El la acompañó
al auto bus, quería seguir con ella pero prefirió no insistir, Viviana
había puesto su mejor cara de palo y no pensaba en otra cosa que en
llegar al apartamento para desahogar el enojo que la envolvía.

E n el apartamento yo estaba despidiendo a un amigo que había ido a
saludarme y a conversar un rato. No hablábamos con él desde cuando la
relación con su novia lo dejó. Emilio supo una tarde que la novia con
la cual compartía su tiempo libre, a la que le dedicaba tantas
atenciones debía ser la esposa con la cual viviría plenamente y en
compañía sus días. Tomó el anillo, lo metió en uno de los bolsillos, la
invitó a cenar a un restaurante que se encuentra en uno de los
miradores de la ciudad, ahí, junto a una ventana le propuso matrimonio.
Ella, lo besó con una ternura que hizo temer a Emilio, sus temores
fueron ciertos, ella se comportó dulcemente en la velada, el músico que
tocaba el violín se fue satisfecho al ver, según él creía, a una pareja
que se casaría pronto. Al salir del restaurante, ya sentados en el
auto, la novia de Emilio se negó a llevar el anillo de compromiso,
objetó el momento, el tiempo, la circunstancia, una excusa y otra,
Emilio la dejó en la casa de sus padres y sintió que todo en él era una
farsa.

Varios días después, ante las continuas negativas de su novia, Emilio
contrató a un grupo de mariachis, todos ellos amigos de un compañero de
trabajo. Eran las tres de la tarde, horario laboral para ambos, aún así
consiguió el permiso del jefe y salió en la camioneta negra que
utilizaban los mariachis para desplazarse y llevar en ella los
instrumentos propios de su profesión. En el camino se bebió tres tragos
de whisky que lo dejaron en el tono adecuado para adelantar su
aventura.

La novia de Emilio, o la ex novia ya en este momento, trabaja en el
aeropuerto militar que está a unos minutos de la ciudad. El ingreso a
las instalaciones está prohibido y en caso de ser necesario se debe
obtener el permiso con días de anticipación, por supuesto con una
justificación válida y aprobada por el comandante a cargo de la
operación en el aeropuerto. La camioneta se detuvo antes de la primera
entrada, un joven soldado salió al paso al no identificarla, entonces
Emilio bajó y le explicó la circunstancia en la que se encontraba. Mi
novia trabaja en la parte administrativa, no es militar, por alguna
razón quiere dejarme, seguro que debo pedir perdón aún sin saber cuál de
todas las culpas es por la que me está juzgando, así, he traído unos
mariachis, y un ramo de flores para congraciarme con ella y tener su
perdón. El militar pensó una y otra vez en la negativa que debía darle,
sin embargo, tenía claro que el control para los autos y visitantes lo
hacían también en la puerta siguiente, así, le dijo, si de esa puerta lo
dejan pasar, yo no le pondré ningún problema.

En la siguiente puerta un militar de mayor edad se apareció, del mismo
modo que en la puerta anterior Emilio se bajó a explicar el motivo de la
visita. Esta vez, detrás de él se bajaron un par de músicos,
exactamente dos que tocaban el violín, ambos iban con el traje típico de
los mariachis, el militar se negó por un instante, pero en el siguiente
segundo les pidió que no siguieran pero tuvieran cuidado al
estacionarse, no debían hacerlo en los parqueaderos señalados con líneas
rojas. La tercera puerta fue igual que las dos primeras, el militar
los recibió, preguntó quién era la muchacha a la que le llevarían la
serenata, esto también ocurrió en las dos puertas anteriores, llamó a
confirmar el nombre y puesto de trabajo de la muchacha, sin embargo, no
advirtió ni divulgó que estaba a punto de recibir una serenata en su
puesto de trabajo.

Emilio llegó a la puerta de la oficina en donde trabaja su novia, o ex
novia en este momento, ella lo vio con sorpresa, se notó el disgusto en
el rostro, al siguiente minuto, cuando se estaban saludando ella le
decía que no debía estar ahí, esas eran instalaciones seguras y no se
permitía el acceso a civiles que no laborasen en el lugar. Antes de que
expusiera otros motivos para negarse a recibirlo, los mariachis
comenzaron a tocar. Al ritmo de la música fueron apareciendo personas
que cantaban en un tono menor la canción, otros observaban atentos,
Emilio le insistía a su novia para que recibiera las flores que le había
traído. En la tercera canción el ramo fue recibido y ante la
insistencia de ella se cambiaron de lugar para hablar, eso sí, los
mariachis iban detrás de ellos cantando una nueva canción.

Los mariachis recibieron la instrucción de callar los instrumentos ante
la promesa de que al culminar el horario laboral Emilio tendría la
oportunidad de hablar tranquilamente con ella. Los animados observadores
pedían más canciones y le decían a la novia, o ex novia en este
instante, que perdonara al novio, incluso coros de Beso, Beso, Beso se
oían alrededor. A las cinco y cuarto Emilio vio salir del parqueadero a
su novia, iba en el carro de una amiga que él no conocía, le hizo
señales para que parase, sin embargo, ella no le puso atención, él
comprendió que si no la detenía ella se iría sin escucharlo, así se
ubicó en frente del auto, la amiga de su novia casi lo atropella. Los
mariachis se subieron a la camioneta y al mejor estilo de las
persecuciones en las películas se fueron detrás del auto. Más adelante
lo alcanzaron, Emilio se paró en frente, cumplió la amenaza de no
moverse de allí, las dos muchachas en el auto cumplieron la de llamar a
la policía.

La policía llegó y detuvo a mi amigo, le pusieron esposas
inmediatamente, cuando narró la historia uno de ellos se puso de su
lado, el otro no quería liberarlo. El auto se fue, los mariachis
también.

Viviana, escuchó la historia con atención, yo noté su enojo, incluso
parecía enojada con la historia, le llevé agua de frutas, siguió con el
enojo en el rostro, empezó a contar las tonterías que le había dicho su
amigo del pueblo. Yo me enojé con ella, ahora éramos dos, ella reclamó
por mi frente arrugada, yo por la boca de ella que permanecía sin
sonreír, al final, después de cinco minutos de reconocer en la cara del
otro el enojo, empezamos a reír.

Oscar Vargas Duarte

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