Otro momento pensado para tí

Al clima de esta mañana hay que reconocerle que trae consigo el espacio propicio para ir por un café y quedarse en el lugar sin estar obligado a afanes, sin la obligación de un compromiso, y sin otro pensamiento diferente al de sentir todo aquello que el lugar ofrece. La muchacha que atiende no debe superar los 21 años, una muchacha menuda que después de verme seguramente pensó en el caos ocurrido en las líneas negras sobre mi cabeza, cabellos sin peinar, así salí sin preocuparme por ello. No había iniciado la lluvia cuando salí hacia la calle, esto ocurrió después, casi como si fuese un asunto acordado, al terminar el pedido el cielo escupió primero un trueno, no reconocía luz que lo acompaña previamente, así después del sonoro eructo, la lluvia se convirtió en el beso recurrente sobre el techo.

Llueve con persistencia, hay que reconocerle a la naturaleza su persistencia, me pregunto, siendo yo también un acto, un evento, un suceso, un ser igual de natural a cualquier ocurrencia climática por qué no tengo esa persistencia en mis actos. El aroma del café que me tocó por turno se confunde con el que sale irradiado de las otras mesas, quiero ser aroma, es difícil escapar a un aroma, imagino que todos alrededor me huelen, saben que soy aroma desértico y lunar, que huelo a reserva forestal sin agua. Escojo la mesa del centro, me gusta. Yo he venido muchas veces a este lugar y tengo certeza de que es la única que no se mueve, las demás pareciera que llevan una vida de cojos. Hay días en que considero que el piso se ha hundido por fragmentos, otros creo que las patas de la mesa se acortan, unas más que otras, quizá también unas patas crecen y las otras no, apenas unos milímetros suficientes para desnivelar la mesa y ofrecerles a quienes nos sentamos en las sillas alrededor de ellas una muestra de su vida estática.

Los audífonos del radio hacen juego con mis orejas, parece que escucho radio o música o cualquier cosa que pueda surgir del aparato al que estoy conectado, no es así, solo los pongo para disminuir el ruido del ambiente, es una manera de responder de manera silenciosa a los demás que estoy solo para mí, nunca para ellos. Realmente puedo escuchar el sonido de la lluvia, la conversación de las personas que están en la mesa que está a mi derecha y puedo percibir el susurro de la pareja que está en la mesa del otro extremo.

Miro a una persona que está en la mesa de la derecha, es un muchacho sin mucha edad, lleva una camiseta en la que está grabado el nombre de un hotel, más bien un motel, me parece curioso que el nombre me parezca conocido, Hotel Bolívar, dispongo toda mi concentración para ver qué más dice la camiseta, unos minutos más y ya lo se, Hotel Bolívar, Barbos S.S, yo conozco ese hotel, al muchacho no, si mi percepción de la edad de las personas es cierta, este joven podría ser mi hijo, miro la camiseta y sonrío, recuerdo un momento, varios momentos, una semana en otro tiempo.

El Hotel Bolívar está en la entrada de la ciudad en la que viví mi adolescencia, claro, todas las ciudades disponen de muchas entradas para que desde diferentes lugares se pueda acceder a ella, no sabría decir en que entrada se encuentra este hotel, solo se que está en una de las entradas, quizá se desde qué otras ciudades se ingresa a Barbosa por esa entrada, claro que no quiero dedicar tiempo a pensarlo. La camiseta es de color blanco, en la parte de atrás está el nombre del hotel, en la parte de adelante, directamente sobre el pecho hay un número, 33, un número que a primera vista puede parecer cabalístico pero que para mí solo significa que esta camiseta la utiliza uno de los jugadores que en un equipo de fútbol es parte de la suplencia. Alrededor del número podría suponer muchas cosas, no lo haré, suficiente es reconocer que el nombre grabado sobre esa camiseta me obliga a recuerdos lejanos.

En Enero, la ciudad, hablo en este caso de Barbosa, se llena de turistas, vecinos de ciudades cercanas que aprovechan el período de vacaciones para participar del calor en otros lugares, vienen a la ciudad a tomar sol, como si se tratara de licor uno los ve exhaustos de calor, ebrios de vitamina C. En ese período de vacaciones conocí a una mujer, una hermosa mujer como lo son todas después de que uno decide seguirlas, así la vi, así la seguí, y durante cuatro días y cinco noches estuve con ella. Fue extraño, ella descubrió que yo miraba hacia su escote y cuando me vio a los ojos yo le sostuve la mirada, la vi como si de ella fluyera la energía para que yo pudiese mantenerme vivo. Fueron minutos en los que la confusión nos perturbaba, yo la veía constantemente sin certezas, ella me observaba entre dudas y afanes.

Mi papá es dueño de una tienda, allí estaba yo al día siguiente, sentado viendo hacia la calle, ella llegó, volví a verla, buscaba algún producto para la protección de la piel, por supuesto no se vendía en la tienda de mi padre, allí solo hay productos cuyo mercado son las personas del campo. La atendí, ya me había tomado tres cervezas, ella me siguió, escuchó mis explicaciones, innecesarias como toda explicación que no se pide, entonces le dije que sabía en donde vendían algún producto que podría satisfacer su necesidad. Así, fui con ella, caminamos hasta un supermercado en donde encontró lo que buscaba, luego, como si no quisiéramos romper esa línea que nos unía, me dijo que podíamos ir a tomar algo frío en cualquier lugar de la ciudad que a ella le parecía mínima, pequeña, un vocablo sin afanes citadinos.

Fuimos por bebidas frías, yo seguí con la cerveza, ella pidió una limonada de la cual le dijeron se hacía con una fórmula secreta propia de la región, a mí no me importaba lo que le dijeran, su escote volvió a atraerme, ella lo notó y se cubrió con la mano, entonces descubrí que llevaba una anillo de compromiso en su mano, antes de que pudiera preguntarle por su compromiso ella me narró la historia de su madre y como en algún momento de su vida le había regalado la argolla de su matrimonio. Cedió, quitó la mano de su escote y me dio una nota en la que me invita a no ver sus senos y preocuparme más por sus ojos, ella creía que sus ojos eran más atractivos. Amé ese instante, pedí otra cerveza, me dediqué a verla a sus ojos y entonces tuve la sensación de que todo momento próximo solo podría ocurrir con ella.

Esa semana dormimos juntos hasta que ella partió hacia su lugar de origen. Yo la amé con el afán de los amantes repentinos. En la tienda de mi padre dejaron una nota, yo te busco, te busco en todo aquello que me da vida, eres una expresión de la vida que me calienta entre las piernas.

Ahora sigo viendo el nombre del hotel en la camiseta del muchacho, tomo un largo sorbo de café, vuelvo a escuchar la lluvia, me dejo tocar por un sentimiento profundo, cae una lágrima sobre la mejilla izquierda, sonrío, vuelvo al café y sigo escuchando a la lluvia.

Oscar Vargas Duarte

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