Casualidades

La noche alcanza la hora once, eso dicen los tres relojes que puedo observar en la habitación. Pienso en masajear el cuello, el dolor por las malas posturas se hace notar fácilmente. Observo la cama, comprendo que me he movido por toda su extensión, a eso se debe tanto desorden entre sábanas y cobijas. Siento frío, la imaginación convierte el clima en gotas, pequeñas gotas de frío se acumulan en mi cuerpo, las absorbo todas. Desde la calle viene el sonido de una canción, no quiero levantarme a ver por la ventana, igual en un rato lo haré. Veo hacia el televisor, ni siquiera me pregunto por la ubicación del control remoto, la noche anterior las baterías dejaron de ser útiles. En la pared sigue la imagen de María, no la hice yo, la hizo alguien sin saber que un día estaría ahí para mí todas las noches.

En este apartamento vivieron unos estudiantes, hace mucho tiempo, uno de ellos era el novio de María, en una de sus noches de bebida extrema la convenció de hacer un desnudo, ella se recostó en la cama, él empezó a gastar lápiz sobre la pared. La casualidad no existe dicen muchos y otros dicen que la casualidad es la manera que tiene Dios para ajustar las cuentas con cada uno de nosotros cuando dejamos de hacer algo que nos tocaba.

La casualidad nos juntó a María y a mí un sábado en la mañana cuando ella estaba en la portería del conjunto pidiendo que la anunciaran al apartamento 212 de la torre seis. Yo estaba pidiendo la señor de la portería que me diera todos los recibos que del mismo apartamento no se habían recogido, y que por lo tanto no los habían pagado y por eso me llamaron a decirme que la administración me restringiría los servicios por la falta de pago del servicio de administración.

A mí me pareció una muchacha menudita, simpática, con el cabello suelto, una sonrisa linda. De cualquier modo, aún enumerando más detalles que de ella me parecieron interesantes, lo que más me impactó fue su manera de hablar, rápido, con pocas pausas, luego como si el universo le exigiese silencio, hacía una pausa largas, evaluaba a su interlocutor y retomaba su conversación. Me presenté, soy el dueño del apartamento, buscas a alguien, claro, no sabías que se fueron, yo tampoco, dime qué necesitas, claro que podemos subir a ver, bueno es cuestión de confianza, mejor no, bueno sí, al final subimos y encontramos lo que ella no había visto del apartamento, un desorden increíble.

Hablamos de una cosa y de otra, me contó acerca del novio, de los momentos que habían vivido, de una cosa y la otra. Decidió acompañarme hasta que llegó la señora que me ayudaría con el aseo, incluso me colaboró organizando algunas cosas. La conversación nos llevó por diferentes caminos, ninguno de ellos parecía que nos acercaría al motivo por el cual ella estaba ahi, después de haber pedido un almuerzo a domicilio, y disfrutar de la comida junto a una mesita me dijo, es que hay una pintura de mi cuerpo en una de las paredes, la que está en la habitación grande, venía a decirle a mi novio que la borrara.

Supe más cosas, que habían sido novios sin mucha pasión, que lo de la pintura había sido porque estaba medio borracha, eso sí, no ocurrió nada más, yo le creí, me parecía fascinante escucharla. Fuimos a la habitación, vimos la pintura, me pareció hermosa, le prometí borrarla, dijo que lo hiciéramos de una vez, entonces inventé una y otra excusa acerca de la manera adecuada con la cual la pintura debía ser eliminada para que la pared no se viese expuesta a daños posteriores, ni yo me creí la historia, ella tampoco, pero la charla le había dado confianza, así que sonriendo con picardía me dijo que la dejára así, solo que ella me ayudaría a pintar.

Los días los contamos con ansiedad, ella escogió los colores, almorzamos cada uno de los días antes de ir a pintar el apartamento. La pared de la habitación fue la última, eran bastantes días después del inicio, habíamos realizado la labor de pintura sin mucho afán, ya cuando fuimos a colocar el primer brochazo sobre la pared, la sensación de proximidad nos juntaba fácilmente, así nos besamos y desde entonces, en este apartamento que alquilaba a estudiantes vivo con ella.

La noche sigue, veo desde la ventana, las personas de la calles están escuchando un concierto, una mujer interpreta una sonta con su violín. María sigue tocando el violín, yo bajo con un abrigo, las personas que la rodean saben que la interpretación termina cuando yo llego.

Oscar Vargas Duarte

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