Inundaciones

Rebeca tomó el celular, leyó el mensaje en la pantalla, supo entonces que yo estaba al otro lado de la calle esperando a que la intensidad de la lluvia disminuyera y luego de eso poder cruzar la calle.  Estaba a unos metros en la acera de en frente del café en donde habíamos quedado de vernos.  Llovía desde hacía varias horas y el sistema de alcantarillado había perdido la batalla contra el agua, el líquido recorría el asfalto dirigiéndose a las siguientes calles sin nada que se interpusiera en su camino.  Había sido una semana de lluvias constantes, pesadas nubes que cruzaban el cielo no soportaban la incontinencia y desde su vientre caían durante largas horas infinitas gotas.

Rebeca llamó al mesero, le pidió un café y con un gesto le advirtió que la mesa seguía ocupada, se levantó, caminó hacia la puerta, desde la entrada del café observó el río artificial en el que se había convertido la calle, supo que las gotas eran grandes, llegó a pensar que las mismas caían con rencor sobre la ciudad, como si un enemigo invisible satisficiera su odio contra sus habitantes.  Recordó alguna herida sentimental que tenía contra los días de lluvia. En su barrio, una noche en la que parecía que alguien había tomado un lago y lo dejaba caer entero sobre su casa, esa noche, mientras ella leía y gozaba del sonido producido por el agua contra su ventana, aprovechó para tomarse unos tragos de tequila, de una botella que le envió su madre, mientras la lectura de “Los hechizados” de Witold Gombrowicz, la seducía en modo tal que se sentía despiadadamente poseída por las palabras del libro.

En una de las librerías del centro aprovechó un descuido del hombre que atendía para meter el libro debajo de su blusa, sintió como se acomodaba abajo de sus senos y se pegaba en su piel.  En otro lugar de la librería se acomodó la blusa y puso su bolso corrido hacia el centro.  Había un libro del cual había recibido recomendaciones pero el valor en pesos que pedían por el mismo superaba sus deseos, incluso consideraba ella que era una ofensa pedir ese valor por un libro que seguramente había sido vendido por algún ladrón vulgar que se apoderaba de todo aquello por lo que le dieran tres pesos.  El objetivo era compensar un poco de manera que al revisar las cuentas del día pudiera pensar que había pagado por  dos y no por un solo libro.

Esa noche puso en la mesa el libro de Bolaños, 2666, y al lado el del escritor polaco.  Bajo la suposición de que las lecturas se escogen por el gusto que tenemos sobre los temas que desarrollan o por el autor de las mismas, el libro escogido para lectura esa noche debería haber sido el de Bolaños, sin embargo, el deseo es un universo de posibilidades, la decisión la tomó por el tamaño del libro, quizá con un poco de esfuerzo podría leer completamente “Los hechizados” esa misma noche, en cambio “2666” sería una tarea que requería más de una noche.

“Desde la fuga de Maja, Cholawicki estaba desgarrado entre su ardiente deseo de encontrarla y el de velar por sus tesoros.  Se lanzaba como loco de un lado a o de otro, con la perpetua intención de obrar a contratiempo”  Acabó de leer en la página 231 este párrafo y notó que el líquido dentro de la botella de tequila había desaparecido por completo.  Se sintió valiente, entera, como si los grados de alcohol de la botella no fuesen suficientes para minar su cordura o para descomponer su condición de sobria.

Tomó la decisión de bajar a la cocina a buscar otra botella, fue entonces cuando percibió el aroma, era un olor diferente que no pertenecía a su casa, no pudo encender la luz, hacía más de dos horas que la habían cortado y ella había estado utilizando una lámpara que funcionaba con baterías.  Iba acompañada con ella, dirigió la luz hacia el primer piso y recibió por respuesta una luz igual dirigida hacia diferentes lados, como si la misma se hubiera estrellado contra un espejo.   Sus pies consumieron varios escalones y fue entonces cuando notó lo que había ocurrido en su casa mientras ella leía.

El primer piso, por lo menos medio metro, había sido inundado por las aguas que no habían podido ser absorbidas por las alcantarillas.  Bajó y se puso a observar como todo estaba abrazado por el agua, en ese instante recordó que todas sus pinturas habían sido ubicadas en la sala para llevarlas a la mañana siguiente a la galería en donde estarían expuestas por tres semanas.

Rebeca se levantó la falda arriba de la rodilla, atravesó la calle, sus medias y zapatos se mojaron al instante.  Mientras cruzaba pensó en el nombre que se utiliza para estas medias en algunos lugares, medias veladas, como si fuese una velada que solo ocurre la mitad del tiempo indicado, o como si dijesen medias noches.  Pasó la calle, me buscó, me tomó de la mano con una fuerza diferente, como si yo fuese un niño, así enojada me hizo atravesar la calle y me guió hasta la mesa en donde un café caliente esperaba por mí.

Oscar Vargas Duarte

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