oficios y oficios

Es hora de caminar hasta el parqueadero en donde están guardados los artículos para vender en la calle.  Es como cualquier profesión, uno debe cumplir un horario, ser fiel a la hora de entrada para darle el sentido de responsabilidad adecuado.  La hora de salida la decide el clima comercial, las ventas, la cantidad de compradores, también el ambiente, si llueve o no, o una posible redada de la policía.  El parqueadero se presenta inmóvil, esático, asombrosamente igual todos los días.  Hay que ir con cuidado con los que permite guardar la mercancía, un día están de mal genio y no dan espacio para guardar ahí las cosas, así que con ellos todo es con calma.

Algunos compañeros de trabajo, de los mismos que en este instante deben estar ya recorriendo las calles o a punto de organizar los implementos de trabajo en un lugar en la acera, algunos de estos compañeros suelen perder la compostura, unas veces dicen que las personas de los parqueaderos son unos tiranos, que no son nadie porque los dueños del negocio son otros, tampoco socios, que si lo fueran no trabajarían en la portería o acomodando los carros.  A mí me parece que ellos son generosos por permitir que uno guarde sus cositas ahí, uno se imagina si el jefe los encuentra guardando cosas que no deben, seguro los regañan, al final, es cosa de humanos comportarse unas veces bien y otras mal; yo mantengo la compostura, incluso cuando la grosería les brota en cada respiro.

El hombre me mira, es un buen observador, entiendo que fue militar por un tiempo, aún habla de sus buenos reflejos y de sus habilidades.  A la gente hay que escucharla, de hecho algunos solo esperan eso en un día de su vida, que alguien los escuche, hay muchos que ni logran eso, van por ahí dando un paso y otro sin que logren una atención verdadera en sus congéneres.  Un gesto con su mano, suficiente para mí, ya se que debo esperar un poco, alguien a quien él le debe tener algú tipo de consideración se encuentra ahí, pronto me hará una señal diferente, yo iré rápidamente, entraré, sacaré mi caja y saldré después de haber dado varias veces las gracias.

Hoy va el hombre que hace karaoke con canciones de hace un más de una década, a los adultos les gusta, les recuerda una época en la que vivieron experiencias amorosas, a los hijos de estos adultos, les recuerdan las canciones de sus padres, así que el hombre tiene muchas posibilidades de obtener suficientes monedas para tener un buen día.  A míe me gusta que vaya, él solo va dos veces por semana a ese sector, siempre dice que es para no cansar a la gente, es el mismo show, las canciones no cambian, y realmente los clientes tampoco.  Las canciones me recuerdan otros días, unos días más cosquillosos que otros, pero al fin y al cabo otros días.  Se llama Samuel, y con Samuel vamos a tomarnos unos tragos, que él invita, después del día de trabajo.

Junto a Samuel se hace un limpiabotas, el tiempo que invierte en realizar la operación de limpieza son catorce minutos, lo advierte desde antes de que el cliente se siente en la silla dispuesta para sus clientes, bueno ya son muchos las personas que lo conocen y van a buscarlo para sentir que su calzado está en buenas manos, realmetne yo creo que es una cuestión de prepotencia, soberbia disimulada, con la que esperan que otro les sirva, bueno eso no importa.  Un día, yo estaba vendiendo lápices, era temporada escolar, las utilidades apenas si permitían almorzar, y qué almuerzos los de esos días, comida es comida, pero hay días en que toca un comida y otros días toca otra mejor, ese día uno de sus clientes se quejaba porque el cabello lo tenía desordenado, pasar los días con afanes le hacía olvidar que debía ir a la peluquería. Luego tenía una reunión importante y las personas que iban allí tenían una delicada obsesión por la presentación personal.  Yo fui corriendo hasta donde alguien vendía tijeras, tomé prestadas unas, luego le pedí el favor a la señora de una cafetería con la que salgo a veces para que me prestara un mantel, de los que tienen preparados para cuando hay cambio de comensales en las mesas.

En el cuartel era quien debía cortar el cabello a los jefes, primero me tocaron los reclutas, pero un día me atreví a decirle a uno de los superiores que yo era peluquero en el pueblo, que lo hacía bien, solo era cuestión de oportunidad para que me permitieran realizar esta labor con los comandantes.  Fue difícil, al principio empecé a realizar verdaderas obras maestras con los soldados reclutas, arte difícil este cuando casi deben quedar calvos.  Un sargento que debía ir a un acto al que lo invitaron a última hora fue el primero, el hombre quedó agradecido, luego hizo la publicidad necesaria para que en el ejército solo me dedicara a hacer corte a los militares de mayor rango.

La vida es de oportunidades, debí tardar dos minutos en ir y volver, entonces le dije al hombre, vea usted no me conoce pero yo se cortar el cabello, le parecerá una locura, yo solo le cortaré los cabellos que sobresalen, no será mucho, sin riesgos. El hombre pensó unos segundos y dijo, si lo hace mal tendré una excusa para el estado de mi cabello, si lo hace bien, no habrá pasado nada.  Varios cortes, el cabello cayó sobre el mantel, una delicada operación con las tijeras, rápido como lo pedían los militares, sin que ellos notaran luego restos de cabello en su cuerpo.

El hombre se fue.  Volvío al siguiente día, me sonrió, dijo gracias hombre.  Desde ese día, a algunas personas les corto el cabello mientras les limpian los zapatos.

Oscar Vargas Duarte

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