Intercambios y miradas

Estuve sentado más de nueve horas en una de las salidas del estacionamiento de buses, dejé a mi lado unos libros que no tenía ninguna intención de vender.  Coloqué un cartel, en latín, indicando que se hacían intercambios.  Fueron muchos los que preguntaron por el costo de los libros, yo tan sol o pronunciaba una frase, son para cambios, no se venden.

–    Te cambio ese de Thomas Hobbes por un par de billetes gordos.

La respuesta mía fue que solo se intercambian por otros libros.  Ese de Thomas Hobbes merece ser intercambiado por uno de Baruch Spinoza o tal vez de John Locke, por supuesto, debe estar escrito en su idioma original y ser una versión antigua, bastante cercana a la fecha de publicación de los originales.  El hombre me miró complacido, sonrió y me dio la mano, un gran apretón de manos, mientras decía: sabes lo que tienes, por eso no lo vendes.  Se fue, mientras yo me sentía victorioso de mi capricho al estar ahí, ofreciendo conocimiento a cambio de conocimiento, pobre mi ego, como es de mínimo.  El hombre volvió dos horas después, en su mano traía una versión antigua de el entendimiento humano de Locke.

Estuve largo rato pensando en el regaño que recibiría en mi casa cuando descubrieran que el libro que le había costado a mi padre un par de viajes a Inglaterra había sido cambiado por un libro de otro pensador.  El señor se sentó a mi lado, sus pantalones finos afrontaron sus debilidades sobre el asfalto como si fuesen iguales a los de un alumno de colegio.  Estuvo más de una hora ojeando los libros, me decía en voz baja que había una fortuna económica y un milagro intelectual en ellos, y le parecía extraño que nadie lo notara, insistió muchas veces en desarrollar ideas acerca de la ignorancia general que se jacta de saberlo todo porque conoce lo que le presentan los medios de comunicación masiva, y la casualidad que le ofrece el conocimiento solo a quienes están destinados a poseerlo y a transmitirlo sin miramientos, una especie de intuición superior que les permite encontrar la sabiduría en lo oscuro.

Cuando mi papá descubrió la desaparición del libro de Thomas Hobbes, estuvo varios días dando giros por la casa, unos días buscaba en la biblioteca, otros en la sala, en la cocina, e incluso debajo de los muebles de cada una de las habitaciones.  Una noche fue hasta mi cuarto y me dijo que sabía cuál sería el final de la novela que estaba escribiendo, en las dos últimas hojas pondría un relato de otro libro, como si la superstición con la que hablaba el protagonista de su historia hubiese condenado a la desaparición el final claro la historia que había escrito.  Por supuesto, mi padre me aclaró que un buen lector notaría fácilmente que había dos finales, ambos coherentemente diseñados para ser cerrados en un libro que era parte de otra historia.  Al comienzo noté que mi padre se hacía el gracioso conmigo, luego lo vi serio como lo hace cuando habla de sus escritos, después lo vi sarcástico e irónico contándome asuntos relacionados con su escrito.

–    Por qué se te ha ocurrido eso?

Mi papá se paró frente a la ventana de mi cuarto, movió las cortinas, tomó una porcelana que usaba para adornar mi mesita de noche, la limpió con la cortina y luego me dijo:

–    Saludos te manda Carlos Rodríguez.
–    Quién es él papá? Le respondí mientras me sentaba sobre el lado derecho de la cama.
–    Tú lo conoces, has compartido andén con él en tus peripecias vespertinas a las que acudes para mirar el mundo de los que deambulan por los circuitos a los que los someten las rutas de los servicios públicos de transporte.

Don Carlos Rodríguez era uno de los amigos que frecuentaba mi padre para hablar de artes plásticas, literatura, música y cualquier cosa que los pudiera identificar como intelectuales.  Era uno de sus vicios más sublimes, perder el tiempo hablando varias horas con él, Don Carlos, y otros señores que disfrutaban de los mismos asuntos, cosa que solo les importaba a ellos y a quienes leían sus artículos en revistas que solo compraban personas como ellos, con un vicio antiguo por la sensación de ser superior a los otros por reconocerse intelectuales o inferiores por ser esclavos del conocimiento, menos libres que los que van sabiendo solo su destino.

El señor se fue con su libro, yo coloqué el libro de John Locke en el espacio abandonado por el de Hobbes, puse una nota sobre él, en catalán y con letras rojas, indicando que había sido objeto de intercambio.  Recibí algunas monedas y billetes, la verdad es que podría parecer atractivo el asunto de estar sentado ahí esperando a que alguien comprometiera su solidaridad o compasión aportando unas monedas a una cajita azul que había puesto junto a los libros con un letrero que decía, “tú eres parte del cambio, impúlsame con tu apoyo, una moneda tuya será el motor que mueva el universo.”

Un hombre se sentó a mi lado, me habló acercad e ir a vender los libros por su peso, te pagan por kilo, y como yo soy cliente te dan un precio preferencial, eso me decía el señor, al mismo tiempo que repetía que por supuesto requería de una propina para vincularme al negocio.

El único aparato electrodoméstico que ha recibido mi padre como regalo, es uno que permite preparar sándwich, se lo dio mi madre junto con un recetario en el que aparecen diferentes maneras de prepararlos, desde entonces, mi papá y yo preparamos como expertos esta bendición de alimento y cuando no tenemos claro en donde almorzaremos llevamos uno para evitar cualquier eventualidad negativa.

En mi morral llevaba un sándwich, lo saqué en la media tarde y me lo comí mientras seguía viendo pasar una persona tras la otra, tal como lo había hecho desde hacía varias horas.  Me sentí defraudado cuando un extraño quiso llevarse el morral y tuve que zafárselo de las manos, más sorprendido de que el morral fuera más atractivo que que los libros, unos de colección y otros de fácil consecución en las librerías, que estaban sobre la tela, a mi lado, en el piso.

Zoraida va todas las semanas, cuatro días, a organizar los asuntos de la casa.  Se va a enloquecer imaginando por qué la sábana blanca que ella pone en mi cama está llena de polvo, con marcas de zapatos en ella.

No supe reaccionar de manera adecuada y casi hablo en chino cuando un niño trajo un libro de un autor del cual sus libros se venden por millones y me pidió intercambiarlo por el de Jostein Gardeer, el mundo de Sofía.  La mamá junto a él le daba instrucciones para que hiciera un buena negociación, por medio de la cual yo debería darle una bonificación porque mi ejemplar del Noruego no era tan conocido para ella y solo se usaba en los colegios, en cambio, el de ella era leído por muchos y utilizado como guía espiritual.  Las diferencias entre uno y otro, en la pasta y el tipo de hojas le hacían evidente a ella que debía obtener una bonificación por el cambio.

Estuve hablando con el niño sobre los motivos por los cuales él debía tener el libro que yo ofrecía, en el colegio el profesor de literatura entregó una lista de libros de los cuales ellos debían escoger uno para leer durante todo el año, cada uno al final del año escolar haría una presentación a sus compañeros acerca de la lectura realizada.  El escogió el mundo de Sofía porque su abuela, la que le narraba historias en las noches, lleva ese nombre, Sofía de las Mercedes Hidalgo.

Pensé en las palabras del señor que intercambió el libro de Locke por el de Hobbes y sus ideas acerca de la casualidad, el mismo señor del que meses después mi papá me dijera el nombre.  La casualidad haría que este niño tomara un libro del cual podría desprenderse una afición profunda por la filosofía.

Le expliqué a la madre, de muchas maneras, que algunos principios de los cuales me ufanaba me impedían hacer el intercambio y que menos aún le daría yo una bonificación por la diferencia en lo que ella consideraba la calidad de los libros.  Después de varios minutos en los que babeé las ideas de don Carlos Rodríguez acerca de la casualidad y el cambio repentino y positivo en el mundo, la convencí de llevarse el libro del noruego y dejar en cualquier lugar el del otro autor, que ha vendido millones de copias de este y otros libros con fábulas mediáticas que expresan en cincuenta páginas lo que dice un mensaje de los que salen en las galletas chinas.  El niño lo regaló a una persona que pasaba cerca del lugar y remedió rápidamente el intercambio que no pudo darse.

Mi estatura bordea el metro con setenta centímetros, de modo que estando sentado mi línea visual no supera el metro, así que pude ver casi todos los culos que pasaron en frente mío durante más de ocho horas.  Anchos, largos, calzados como lámina en la espalda, adornados con bolsillos de pantalón, encogidos bajo faldas innecesariamente apretadas, sueltos bajo faldas anchas, atractivos e indiferentes.

Después de guardar los libros y haber caminado varios metros hacia la entrada del bus que me llevaría a la casa pensé que ya no querría ver más nalgas y mi necedad por voltear a verlos apenas una mujer pasaba a mi lado, o quedarme extasiado observándolos al verlos alejarse iba a terminar por siempre.   Llegué a la casa después de haber dormido en la silla del bus por cuarenta minutos.  En la puerta estaba Diana esperándome.  Después del abrazo con el que correspondió a mi saludo, abrí la puerta y la hice seguir, ella dio dos pasos hacia adelante y yo no pude contener el movimiento de mi cabeza para verle sus dos nalgas bien formadas y acuñadas en días de gimnasio, un segundo hacia adelante y tuve que pensarla sentada sobre mi ingle con mis manos acariciándola.

Oscar Vargas Duarte

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s