Ilusiones antiguas

Miércoles.  Florencia  desata  sus
sandalias y las deja junto a la cama, mira las uñas de sus pies, cuenta los
dedos, ríe de esa cuenta diaria que hace en las noches, son los mismos diez,
son los mismos cinco y no crecerán más. 
Observa el tatuaje azul que aparece junto a cada uno de los
pulgares.  Una cruz, una cruz que se hizo
dibujar ahí para que ningún demonio pudiese seguir sus huellas.  Ya no recuerda el miedo que la impulsó a hacer
eso, ni siquiera es capaz de reconocer en su memoria la edad que tenía, pero
ahí están como muestra de que algunas cosas se mantienen, ya sea para
protección o para recuerdo.

Florencia reconoce sus senos, los palpa, según las
instrucciones que le dieron en las clases del colegio, lo mismo que en sus
visitas al médico.  Acomoda la blusa en
la cama, la dobla y la lleva al lugar adecuado. 
Vuelve a palpar sus senos, sin lugares extraños, están perfectos diría
el médico. Encuentra un corazón dibujado, sabe que el estar dibujado bajo su
seno derecho tiene que ver con el amor, solo sabe eso, hace mucho olvidó que
ese corazón fue pintado ahí porque un amigo le dijo que muchas personas nacían
negadas para el amor, ya que parecía que iban como espejos, lo que está a la
izquierda se ve en la derecha y viceversa, entonces, el amor que busca al
corazón no lo encuentra, así ella sin más le creyó a su amigo y se dejó
convencer de que al dibujarlo ahí el amor siempre encontraría un corazón en
ella.

 

Apenas unos segundos después dejó caer la falda, la tomó y
dobló cuidadosamente, antes del último doblez tomó de una esquina una astilla
de madera que guardaba en todas sus faldas; lo aprendió de su abuela que le
decía “hija, así cuando el hombre correcto llegue a tu vida arderás como leña,
y si acaso es un hombre que no te corresponde, entonces no serás como una
cometa, porque la madera, al igual que el árbol se mantiene firme en la tierra.”

 

Esta vez la mujer dejó que una extensa sonrisa se apareciera
en su rostro, no podía creer que aún lo hiciera, sería objeto de burla entre
sus compañeras, a su edad ni siquiera el viento frío de los pasillos del
ancianato se mete debajo de su falda.

 

 Oscar Vargas Duarte

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s