Es el medio día

Es el medio día, tomo la chaqueta que acompaña al pantalón y la corbata en este lunes que sumará más horas a los días que pasan.  El almuerzo; una decisión sin mucho sentido, primero un lugar en el que todos vayan con sombrero, lo pienso varias veces, se que no hay un lugar en donde pueda encontrar a personas con esas características, claro, la idea me sigue gustando.  Camino, voy hacia una calle que reconozco, pienso que si encontrara el restaurante en el que todos cubrieran la cabeza con un sombrero no podría ingresar, sería rechazado de inmediato porque mi cabeza solo luce el cuerpo rizado del pelo que me acompaña siempre.  Encontré un lugar, ya he ido varias veces, el mesero se acerca, me ofrece un número de posibilidades de platos que yo no considero, lo dejo terminar, es su trabajo, ya había escogido el plato desde antes de sentarme, me recuerda que hay adiciones que pueden agrandar el plato, doy gracias y dejo mi plato con la versión inicial.  Pido de beber limonada.  Se me ocurre que la limonada llegará primero, mucho antes que el plato de comida y para cuando llegue esta habré bebido más de la mitad, estará mi estómago lleno de agua y comeré poco. Es un mal hábito, pero es mi hábito y lo asumo como una costumbre que puede cambiar.

Una cucharada y otra se cuecen hasta llegar a mi boca, muerdo, mastico, como.  Repito el ejercicio como una máquina que levanta carros desde un barco hacia el puerto.  Pienso mientras tanto en la posibilidad de salir a buscar libros, en encontrarme uno que me llame la atención, claro está, con un costo que sea bastante atractivo para mi economía.  La limonada se acabó aún queda la mitad de la comida en el plato, me esfuerzo, una cucharada más, otra, esta por la mujer en la que he pensado toda la mañana y por quien seguramente entonaré algún verso esta noche.  La cajera tiene un escote que me impide mantener la decencia intacta, la miro con descaro, es vergonzoso que lo haya notado, más aún que me sonría tristemente.  Sonrío como si se tratara de su espejo, pongo cara triste, se componer una cara llena de tristeza rápidamente.  Ahora su sonrisa cambia, se pone seria, me mira como si sus ojos giraran en un carrusel.  Se compone el cabello, siento que está haciendo que la transacción se demore, vuelve a mirarme, mi rostro mantiene la marca de la tristeza y la veo fíjamente a los ojos, no los bajo hacia su escote, no le permitiré que me descubra nuevamente.

Voy hacia el parque en donde siempre hay libros en rebaja, baratijas para los comerciantes, tesoros a precio de canica para quienes nos aficionamos por la lectura.  Pienso en la mujer por la que acostumbro a destilar abismos, la recuerdo de una tarde soleada, imaginaria tarde en la que nos metimos desnudos en la piscina, en una casa de campo en donde solo ella y yo habitábamos. La realidad me supera, un ciclista casi me atropella, me insulta incluso media cuadra adelante, lo ignoro, pienso en las palabras que ha dicho, no lo comprendo, habiendo tantas posibilidades de insultar con magníficas palabras utilizan las mismas, unas palabras que de tanto escucharse en la cotidianeidad no se oyen agresivas, solo burdas y baratas.  Perdí el hilo de la historia en la piscina, miro la vitrina de un almacén en el que venden relojes, pienso en cada minuto que será medido por las maquinarias precisas que los componen, hace tantas horas, faltan tantos minutos, es esta hora en punto, así será el trajinar de quienes los luzcan.  Ella tiene un reloj, no recuerdo su color ni la forma, se que lo lleva, lo luce en su mano izquierda, creo que se lo regaló su padre en una de las tantas fiestas de cumpleaños en la que ella ha sido la agasajada.  Me parece que es plateado, me parecen tantas cosas que de solo reconocer en cuantas he equivocado mi apreciación mejor y olvidemos lo que dije acerca del reloj.

No lo se, no se en dónde está, es como si la hubieran secuestrado, incluso se me hace difícil encontrarla en mis pensamientos, se que la pienso todo el tiempo pero cada vez es más difícil, me gusta sostenerme de los hilos mentales que construyo para llegar hasta su cuerpo.  Otra vez casi me atropellan, esta vez son dos jóvenes que van corriendo, no se disculpan, yo tampoco, no me insultan, lo agradezco, detrás de ellos un policía corre. Ya está claro porque no hubo disculpa ni insulto.  Un hombre vende billetes antiguos en la esquina antes del parque, me ofrece una moneda cuya fecha de creación corresponde con una fecha cien años anterior a la actual, le agradezco, no estoy interesado.  Paso la calle hasta el parque, ahí me detengo, lo observo, lleva unas medias blancas que se notan demasiado con sus zapatos negros  y el pantalón café.  Una camisa blanca, pienso que se se la regaló una hija que ya está casada, debió ser en navidad, un regalo de navidad, a nombre de los nietos.  Yo no estoy cerca de la vejez con la que el hombre hace notar sus años, quizá me parezco más un poco a su tristeza, guarda las monedas y vuelve a recorrer la calle.  Es como una prostituta, unos pasos que lo llevan hasta la esquina y otros que lo devuelven hasta que un comprador decida hacer parte de su negocio.

La música en el lugar está sonando en diferentes lugares, música para bailar, para escuchar, para sentirse en huelga, música para todos.  Camino entre diferentes espacios, libros para el colegio, libros para la universidad, libros de medicina, libros de nada, huelen demasiado a polvo, no los veo, me producen alergia, sin embargo, siendo exactos volveré sobre ellos después de haber superado un par de lugares.  Hay libros de Sábato, toda una colección, increíble el precio con el cual lo venden, me pregunto si todos han sido comprados a personas que no quisieron tenerlos más en su casa, del mismo modo hay de muchos autores, busco uno de Borges, ahí está, aunque es barato no lo compraré.  El señor me ofrece unos libros, tres por el precio de uno, digo ahora vengo y los miro, me retiro, otra vuelta más, ahora hay un estante de música, toda conservada por el arte de la copia no oficial.  Vuelvo a los libros llenos de polvo.  Hay uno que me gusta, me parece interesante, es más barato de lo que podría suponer, le doy giros, paso las hojas, una, otra.  Estos libros viejos traen consigo alguna sorpresa, desde un pétalo de una rosa que un enamorado dejó, una dedicatoria e incluso un número telefónico con una hora para cumplir una cita.  Pago el libro, lo empiezo a hojear mientras camino hacia la oficina.

La oficina está cerrada, puedo verlo desde una cuadra antes, parece ser que está acordonada la calle.  Me acerco, pregunto, encuentro a mis compañeros y cuando hablo con ellos yo tengo una versión diferente a la que me cuentan, buscamos a un policía, sabe menos que nosotros o no quiere filtrar información.  Llamemos al jefe dicen mis compañeros, los miro con cara de malos amigos, el jefe soy yo, qué hacemos, esperar.  Llamo a mi jefe, él me dice que se ha enterado por la radio.  Una bomba.  Yo sugiero que debe ser una broma, seguro alguien no quiere trabajar o le interesa ocultar algo. Quedamos en que todos se vayan a la casa, igual si ingresan en una o dos horas se la pasarán hablando del suceso y no harán nada, sin embargo, voy a donde el policía encargado a pedir que me de información veraz para tomar una decisión adecuada acerca de la seguridad de la oficina.  Hablamos por un rato, me convence de que mejor es retirarse, de todas maneras es una oficina del estado y varias que están en el mismo edificio ya fueron autorizados quienes trabajan ahí para retirarse.

Los de la oficina nos retiramos.  Quiero llamarla para verla, hacer una narración detallada de lo que he vivido ese día, se que no se podrá. Algunos compañeros se van a beber cerveza, es una oportunidad para hacer algo que no se puede intentar siquiera en el horario de oficina.  Hace calor.  Me quito la chaqueta, busco el carro en el parqueadero, miro el libro, busco en cada una de sus hojas, no leo, solo busco marcas que lo hagan particular.  En la página 134 hay una anotación, una dirección, un teléfono, una hora. Cuatro de la tarde.  Se que la cita no es conmigo, se que sucedió hace tiempo, pero, no puedo buscarte, entonces me iré a repetir tonterías de adolescentes.  Las calles no están vacías pero hay menos carros que en la hora en la que normalmente me retiro de la oficina.  Tomo varias avenidas y me pierdo, le pido al conductor de un taxi que me oriente para encontrar la dirección.  No estoy tan lejos, solo debo hacer un par de giros y tomar la misma vía en sentido contrario.  Estoy cerca, sigo pensando en llamarte, en aproximarme a tu voz a través del teléfono.  La dirección está a una cuadra, busco un parqueadero, un lugar en donde dejar el carro.

Un hombre delgado me atiende, me sugiere pagar varias horas de manera que me hará un descuento, es más caro por horas.  Le digo que seguramente solo estaré una media hora por el sector, agradezco su amabilidad.  Camino desde el parqueadero, aún quedan cuarenta minutos.  Hay una cafetería, entro, busco una mesa pido café, ahora tengo hambre, venden croissant, me pido dos, me como dos.  Más café, quedan cuatro minutos para la hora de la cita que debió suceder hace tiempo.  En la caja hay una mujer, más atractiva que la cajera del restaurante, no me importa, no le miro las tetas, solo espero el cambio.  Salgo, voy hasta la dirección exacta.  Hay un letrero indicando que es una casa geriátrica.  Todo para terminar los días en la tranquilidad de un hogar.  Me asomo, en menos de diez segundos serán la hora exacta.  La puerta se abre, esquivo la mirada de la mujer que abrió la puerta, es una enfermera.  Simulo buscar otra dirección, miro hacia otros lados, la mujer me habla.  Odio ignorarla.

– Dígame !
– Le pregunto señor si puedo ayudarle.
– La verdad, es que estaba buscando un lugar pero creo que me equivoqué de barrio.

La mujer que está con la enfermera le dice algo al oído.  La enfermera la deja junto a la puerta.  Señor, la abuela con la que he salido, tiene por costumbre salir todos los días a esta hora, ella dice que alguien vendrá un día a buscarla a esta hora, entonces, usted ha de disculparme, ella me ha dicho que le pregunte si tiene el libro, el libro en el que la cita fue acordada.  No se qué responderle, la miro intrigado, antes que contestar pregunto, nombres, por qué, quién, cómo, qué cosa. La enfermera solo sabe que ella sale a la misma hora, yo se que llevo un libro en la mano y que por la marcación en una de sus páginas, bueno y por mi necedad estoy ahí.  La abuela llama a la enfermera.  La enfermera le comenta que yo he preguntado muchas cosas.  Vuelve.  Señor, dice la abuela que si tieene el libro, de otro modo debes cerrar la puerta.

Le muestro el libro.  Ella lo toma, mira la hoja exacta, como si lo supiera.  Me mira de manera aparente, como si yo fuese traslucido.  La abuela saca otro libro, uno igual, mejor cuidado que este.  Me lo entrega y se entra sin que pueda preguntar más.   En la misma página está la misma nota escrita con otro tipo de letra.

La llamo.  Me contesta, hablo de la mujer en quien piensa a toda hora, es extraño que me haya contestado el teléfono.  Está llorando, llora con ternura y resignación.  Le digo que paso a recogerla, algo le ocurre y se me hace urgente ir por ella.  Ella me espera en la puerta, utiliza un pañuelo para secar sus lágrimas.  Apenas si me habla.  Hemos recorrido varios kilómetros, aún no me indica a donde ir, me mira, apenas intenta decirme algo el llanto la ataca.  Paro el carro frente a un café, pido un agua aromática, la llevo al carro, se la doy.  Está más calmada.  Me pide que la lleve a un lugar, que ella me guía. Vamos por las mismas avenidas que recorrí antes, cuando estamos llegando a la dirección que reconozco me dice que su abuela ha fallecido esta tarde después de recibir la visita de lo que siempre había llamado el amor que renacerá para aquello que nació de entre mis piernas.

Oscar Vargas Duarte

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