Por qué haces esto?

I
– Por qué haces eso?
– Lo leí en un cuento.
– Yo he leído muchas cosas y no hago lo que en los libros leo.
– Son cosas que a uno se le quedan y lo obligan a ejecutar algún movimiento.
– Tú verás. No es ese el rosario de oro que tu mamá te dio como regalo hace tiempo.
– Lo sé.

Los jóvenes caminan alejándose del indigente que duerme cubierto por ropas alojadas de mugre y frío.  El muchacho dejó entre sus manos un rosario de oro que su madre le regaló el día de la primera comunión.
II
El indigente se despierta.  El ruido de unos pasos que se acompañan de botas lo hacen correr.  Una más de sus dudas y miedos que lo hacen ir hacia cualquier parte, se cree perseguido todo el tiempo.  Apenas lo nota, en la mano lleva atado un rosario de oro.  La mira, no comprende, no le importa, la tira al piso.  Camina unos pasos, se devuelve, la toma nuevamente, ve a su alrededor, le parece valiosa y se va corriendo nuevamente hacia las sombras que luego lo espantarán como siempre.
II
– Hola hijo, cómo ha estado el día.
– Un buen día, mira esto que trajeron.
– Trajeron la factura de compra?
– No.  Y no di por ella siquiera el dos por ciento de su valor.
– Quién la trajo?
– Un muchacho de los que viven en la calle.  Dijo que se la había encontrado.
– Ha de ser robada.
– No creo, estaría rota
III
La señora Amalia ve vitrinas y piensa en algunas cosas que podría comprarse.  La larga hilera de prenderías y comercios de ‘compra y venta’ que se encuentran en esta calle siempre la emocionan, se siente como niño viendo helados.  Cada visita que hace a esta calle le significa comprar algún objeto, es su manera de consentirse.  Los lugares se confunden con sus nombres, todos asociados con el dinero o los metales preciosos.  Se detiene en una, el objeto le parece conocido, demasiado familiar como para no observarlo.
– Me deja ver ese rosario de oro, la que está ahí detrás del anillo grande.
– Una joya excelente – Dice el señor que se hace detrás del mostrador.
– Se ve muy bonita. Me la puede permitir para verla más al detalle?
– Señora, usted sabe que no puedo hacer eso, las joyas tiene su misterio y cuando las tocan mucho se des-energizan.
– Mire señor, es que me parece conocida.  Ayúdeme entonces viendo si detrás de la medalla hay unas iniciales.
– Detrás de la medalla, cierto?  Espere me pongo los guantes que como le dije estas joyas tiene su energía y uno no debe quitársela, la energía es para aquel que la tome como dueño.
Mientras el hombre se acomoda unos guantes de cirujano, la señora le pregunta si fue vendida o empeñada, él hombre le confirma que fue vendida, el dueño expresó una infinita necesidad para dejarla, de hecho incluso prometió venir a comprarla cuando su situación mejorase,  a tal punto que pidió que si lo esperaban él pagaría el doble.
– Entonces, no fue empeñada.
– No señora, el mismo dueño.  Dijo que la habían bendecido en el mismo vaticano.
– No necesita exagerar para que yo me interese por ella.
– No exagero, en esta profesión le debemos dar el valor que cada objeto nos ha sido comentado.
– Claro.  Dígame entonces si tiene unas iniciales.
– Jota, ce, erre, ese. JCRS
– Mire señor, yo tengo interés en la joya, un interés casual que me acaba de producir, la voy a comprar, pero necesito sentirla en mi mano, de otra manera, sigo mi camino a ver otras prenderías.
La señora se siente acosada porque un muchacho que estaba afuera de la prendería se le acerca y se mantiene a su lado mientras ella ve el rosario de oro, se abstiene de comentarios y piensa que es la de su hijo.  Está convencida de ello y sabe que si los vendedores notan que su interés es superior deberá pagar más por la joya.  No es momento para pensar si su hijo la vendió o la empeñó, solo tiene malos pensamientos.
– No me ha dicho cuánto la vende?
– Buen precio tiene la joya. El valor cruza por el deseo del vendedor y se detiene en la cartera de las cosas bien compradas de la señora.
– Tiene la factura de compra que trajo el vendedor.
– Por eso la doy tan barata, el vendedor no trajo la factura.
Varios minutos de ejercicio de expertos en comprar y vender se consumieron mientras le dieron la talla exacta a los billetes que pasarían de un bolsillo a otro mientras el rosario de oro pasó a la cartera de la señora.
III
– Qué pasó?
– Tengo casi veinte mil llamadas perdidas.  Todas de mi mamá.
– Crees que haya pasado algo?
– No se, ella es insistente pero no tanto.
– Llámala.
El joven se pone serio unos momentos, luego se sonroja, gesticula como pidiendo disculpas, mueve los brazos, se toma el rostro y al final con la cara roja ofrece una disculpa.
– Para qué era?
– Llamó a preguntarme por el rosario de oro.
– Siempre te llama a preguntar por esas cosas?
– No, pero me dijo que se le había venido a la cabeza hoy que no me la había visto hacía rato.  Solo por preguntar.
– Las mamás lo saben todo.
– O lo inventan.
– Mejor, qué inventaste tú.  Le dije que ni la había perdido, ni la había vendido, que la había regalado a alguien que necesitaba alguna ayuda, espiritual y material.
– Te creyó?
– No se. La sentí tranquila al final.
IV
La mujer camina, piensa en las palabras de su hijo.  Si él dice que la regaló a alguien que la necesitaba es porque así ocurrió, después de haberlo educado en la caridad no puede ahora criticarle que regale algo que no le hace falta para ayudar a otra persona.  Los pies la conducen hasta un templo, se acerca a un grupo de mujeres que rezan el rosario.  Se une a las plegarias y al terminar habla con la mujer que guía las oraciones.  Le obsequia el rosario de oro.  La mujer le ofrece a cambio un rosario construido con semillas de algún árbol, alineadas sobre una fibra de cáñamo.
La mujer se dirige tranquila por las calles buscando la ruta hacia su casa.  En una esquina observa a un hombre que duerme en la calle, lo ve cubierto con ropas llenas de mugre, ropas viejas que solo indican indigencia. De su bolsillo toma el rosario de semillas y lo deja sobre la mano del hombre.  Se sorprende de que el hombre no lo note.
El indigente se despierta, mira su mano y aprieta con fuerza lo que encuentra en ella.  Se levanta, siente una fuerza que lo satisface en su mano.
 
Oscar Vargas Duarte

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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