No es una bruja

– Mi vecina es una bruja.
– Qué descortés eres.
– Es cierto, no lo digo por referirme a cosas etéreas.
– Sí, como no.
– Créeme.
– Por qué dices qué es bruja?
– No es una metáfora, es de verdad.
– Sostén tu posición y dime por qué es bruja.
– Yo llego a mi casa después de las nueve de la noche. Preparo un café, me siento en el sofá, veo televisión hasta las once y me voy a dormir. Antes de las once y treinta estoy tan dormido como una roca. Apenas pasan unos minutos de las doce empiezo a despertarme un poco, escucho maullidos, eso al principio, se que vienen del balcón del apartamento, luego se riegan por toda la sala, como si la gata lamiera cada espacio en el que yo he estado.  Pasa incluso a la cocina y la alcanzo a presentir subiendo a hurgar con su lengua el plato y la taza que usé en la noche.
– Y no te dice buenas noches, soy la gata del piso de abajo, o mejor, soy la vecina que no ha comido nada esta noche por eso lamo tus platos.
– Déjame seguir contando, es cierto lo que te digo.
– Te has levantado a ver si hace eso que me dices?
– Las primeras veces lo hice.
– Claro, y la encontraste hecha una gata en tu lavaplatos.
– No veía nada, solo escuchaba el maullido.
– O sea que no había gata.
– Pues, no la veía pero yo sabía que estaba ahí.
– Y luego desaparecía sin que tú supieras en donde estuvo!
– No seas sarcástica conmigo, te cuento algo que es cierto.  Mejor y continúo.  Yo mantengo la posición en la cama, concentro mis esfuerzos en los oídos, quiero saber qué ocurre en el apartamento.  De pronto siento que la liviandad de los pasos gatunos son pesados, presiento los pasos cerca de la puerta, entonces cierro los ojos y me giro para ver del lado contrario a la puerta de mi cuarto.
– Que miedoso eres.
– La vecina empieza a acariciarme los pies, se va metiendo por debajo de la cobija, se cuelga de las piernas con los brazos extendidos, su piel se tensa con la mía, me siento recorrer por su pecho hasta que ella aparece frente a mi rostro y me besa sin permitirme preguntas.
– Tan tímido el joven, no se atreve a hacer preguntas.
– Te hago una descripción detallada de lo que hace sobre mi cuerpo y cómo le compenso el momento que me entrega?
– No gracias.  Mejor dime cómo vuelve ella a su casa
– Mira, ya sabes que los hombres solemos buscar el sueño después del agotamiento sexual.  Ella me abraza, se apega a mi cuerpo mientras yo me voy durmiendo y me quedo en el silencio del sueño.  En un rato, que no se qué tanto dura, me despiertan los maullidos que salen desde mi cuarto y se desplazan por el apartamento, cruzan la sala y dejan el último como un suspiro o despedida en el balcón.  Hasta ahí se de ella.
– Cuando dices que es tu vecina, te refieres a que reconoces a esa mujer como la que tiene sexo contigo en la cama?
– Es ella, claro reconozco su rostro en mi cama.
– Te habla cuando la encuentras en el día?
– Eso es aún más extraño, apenas me saluda, algunas veces ni me determina.
– Ella siempre ha sido así contigo, cierto? Me habías dicho que te gustaba pero que su actitud era soberbia y te ignoraba con alevosía y premeditación.
– Sí, y aún podría utilizar esas mismas palabras para describirlo.
– Va todas las noches ?
– No
– Cierras la puerta de tu balcón ?
– Siempre está abierto. Claro que unas noches lo cerré.  La algarabía de los maullidos en mi balcón hicieron que de la portería me llamaran, yo contesté que no tenía gatos y que ya revisaría, pero cada que me asomaba al balcón no encontraba otra cosa más que silencio y frío.
– No es una bruja.
– Claro que lo es, no puedes pensar que estoy inventando eso para satisfacer algún resentimiento que tengo con ella.
– Lee mis labios, N O  E S   U N A   B R U J A
– Entonces, cómo crees que pasa eso ?
– No se, ve al sicólogo.
– Ya fui y me dijo que estoy sano.
– O es un mal sicólogo o tú me estás inventando esa historia.
– Tú eres mi amiga y no te miento.
– Después de que quisiste meter tus manos debajo de mi blusa, después de eso creo cualquier cosa de tí.

La corteza verbal de la conversación se convierte en un profundo hielo que solo es agrietado por la sugerencia de la mesera que les pregunta si desean otro café.

– Café oscuro para mí y para ella un capuccino

La señora que atiende las mesas en la cafetería pasa por otra mesa, recoge un pedido más, va al mostrador, espera a que los pedidos estén disponibles sobre su bandeja, acomoda su brazo y devuelve los pasos caminados sobre la baldosa con otros pasos que parecen repetidos en una secuencia de baile. Primero deja el pedido de la otra mesa, luego coloca el café oscuro frente a él y el capuccino frente a ella.

– Cómo va el trabajo?
– De espanto. Es como un arcoiris que se planta frente a los ojos y va enredándose sobre tus piernas, al poco rato estás con los pies atados sin otros pasos que dar más que para caerte.
– Eso si es una metáfora. Por qué tanta molestia ? Los compañeros, el espacio en el que estás, las actividades asignadas?
– Todo. He buscado pero las posibilidades que me han presentado no revisten mayor atracción y la condición salarial no mejora mucho.
– Complicado eso.  El trabajo es más de la mitad del tiempo que uno está despierto, si no es que casi todo algunas veces.
– Sigues viendo la serie de televisión que te emociona tanto?
– Sí. Me repetí la temporada pasada, la dieron un par de fines de semana seguidos.
– Vi que la estaban presentando, apenas me aguanté un capítulo.  Los personajes de esa serie son todos prepotentes.
– Esta temporada está a punto de final.

El aroma del café se desplaza por el salón.  La mesera mantiene la atención en las mesas. Va a un lado, al otro, lleva un helado o un postre, un café, un moka, dos tintos, una torta.

– Has visto que la mujer que nos atiende lleva una manilla de la universidad?
– Yo tengo una de esas.  Hoy no la tengo puesta, pero el fin de semana va conmigo en la muñeca de la mano derecha.
– La muñeca va con la mano o con el brazo?
– Ni idea, cuando te preguntan en donde llevas el reloj, dices en el brazo o en la mano ?
– En la mano derecha.
– Y no lo llevas en la mano, va es en la muñeca.  Eres necio a veces, sabes que no somos exactos, que todo nuestro lenguaje está sobre lo que hemos observado y que muchas de nuestras observaciones no son fáciles de explicar verbalmente, entonces, utilizamos lo que más se aproxima.
– Si, tienes razón, en las dos cosas.

La mesera vuelve, trae la torta de chocolate con crema que habían pedido desde el comienzo, pero que por la manera en que pidieron prepararla tardaba un largo rato.  Deja la torta, dos porciones, un plato a ella, otro a él, una cucharita a cada uno.  Ofrece gentilmente cualquier otra cosa por si la requieren.

El chocolate pasa detrás de cada cucharadita. Ya no hablan.  Los componentes del  chocolate atraviesan las rutas de la química corporal y se funden en el cerebro.  La estimulación en el sistema nervioso permite relajar cualquier tensión.  La conversación se diluye ahora por lugares que no producen tensiones.  Todo pasa, la mesera vuelve, trae la cuenta, cobra, espera la propina, va al mostrador y vuelve con un recuerdo del lugar para sus clientes.

Caminan por calles solitarias y por parques cercanos. Él lleva a su amiga hasta el apartamento, la acompaña a la entrada.  Ella sonríe con una picardía solo presumible en las adolescentes. Sus ojos le brillan y él comprende que ha sido sorprendido en alguna ingenuidad y pronto será víctima del comentario.

– Mira, yo se que tu historia es cierta.
– Decidiste creerme, que bien.  Ya no iré al psiquiatra.
– Deberías ir por otras manías poco decentes que tienes.
– Y por qué me crees lo de la vecina bruja?
– Tu vecina no es bruja.  Te creo que una gata suba a tu balcón, lama cada espacio en el que tú has estado, luego sientas que una mujer se mete a tu cama y tengas sexo con ella. Te creo que esa mujer no te hable al otro día.
– Entonces, todo es cierto y ocurre por efecto de magia.
– Vete a tu casa que los vecinos estarán peleando porque tu balcón está lleno de maullidos.

El ríe y se marcha.  Ella se sienta en el sofá, espera a que suene el timbre, abre la puerta, su amiga del café, la mesera entra, hablan en voz baja y ríen fuertemente cuando el amigo es parte de la charla.

– Sigue creyendo que su vecina es la bruja.
– Debiste decirle la verdad.
– Luego no me habla, se enoja, y aún con sus manos lisas y necias lo quiero mucho.
– Lo se, lo quieres de tal modo que embrujaste a su vecina para que él no estuviera solo todas las noches.

Oscar Vargas Duarte

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