La ciudad

La ciudad se ha fatigado, debió soportar la tarde como si se tratara de una cuesta a la cual debería subir con prisa, así la sorprendió la noche,  deslizándose por entre la lluvia hacia las horas 18 y 19 del día.  Los autos no descansan, ellos viven su propio afán y cabalgan sobre sus calles esperando el verde para acelerar y mantener en alto su rutina de velocidad innecesaria.
 
Nunca será tarde o temprano para la ciudad, ella ve como muchos se doblegan y caen, atrincherados en sus casas se remontan a sentir la debilidad primaria del hombre, estar solos en el universo y no reconocer a los otros como compañeros.  Esta noche la ciudad está fatigada.  En uno de los sectores en los que abundan estudiantes hubo protesta, la fuerza pública, llémese policía o ejército, hicieron explotar granadas lacrimógenas, eso espantó a los demás peatones que circundan el lugar, entre tanto, los estudiantes rompían cualquier cosa que pudiera convertirse en arma de batalla.  Todos al galope sobre una lucha que no tiene principio ni fin, en la que el enfrentado es un igual al que solo le importa la parte qeu le conviene.  Así estuvo la tarde de la ciudad, eso la fatigo, claro, hubo más espacios en los que ella sintió destruída la convivencia para la cual fue hecha; unos conductores llenos de urgencias, atendiendo el beneficio económico propio se atropellaron entre sí, el tráfico en el lugar se volvió un ovillo sin gato que lo ordenara, las ambulancias y su ruido enfermizo aparecieron pronto, se fueron con su ruido al hospital más cercano llevando en su estómago la consecuencia del afán económico de los que conducían los vehículos de transporte público de pasajeros. 
 
A propósito de hospitales, en una clínica despacharon sin otra razón que la falta de reconocimiento de usuario de los servicios médicos a una persona, esta debió salir con el dolor debajo del brazo, siendo ese su único pan, debió tragarse la rabia, el dolor, la humillación y se fue a buscar misericordia en la calle, a esas calles a donde solo van los que están penando la muerte.  En una calle de algún lugar, al cual no se le puede reconocer la pertenencia a la ciudad, varios hombres ebrios de droga, después de haber consumido milenarios hechizos para sabotear la realidad, la emprendieron contra una mujer que en el mismo estado no podía defenderse, ni siquiera de su propia indolencia.
 
Así estuvo la tarde y por eso la ciudad está cansada.  En este instante los zancudos atacan a un hombre que escribe en un computador, solo será un poco de sangre para vivir unas horas más.  La ciudad sabe que es observada y ella misma se ve en el asfalto húmedo que cada vez se siente más solo, los humanos duermen sus tristezas. Esta noche, una mujer será la amante de un hombre por un rato, en otro lugar sucederá al revés, una especie de venganza entre géneros, a ninguno le importa el otro que no está presente, se cobijan con el sudor del deseo y salen a la calle a buscar la ruta a sus casas.
 
Esta noche la ciudad es una mujer que pare llanto y sabe que su dolor no tiene oídos en los que en ella habitan.
 
Oscar Vargas Duarte

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