Érase una vez un hombre

Érase una vez un hombre que viviá solo, todas las noches preparaba su comida y la llevaba a la mesa, allí cumplía el rito de la oración antes de consumir los alimentos, luego mantenía el silencio mientras iba comiendo uno a uno los elementos de la cena.  La cocina  se llenaba de su energía mientras lavaba los platos y dejaba preparado algo para el siguiente día, después iba a su cuarto de estudio, buscaba un libro para leer, dedicaba una hora exacta a esa actividad antes de ir a la sala a colocar música, 45 minutos de música, en canciones 7 u 8 porque no todas eran del mismo disco, entonces entre buscar una canción se le iban algunos minutos.
Después de las once de la noche se asomaba a la ventana de su cuarto y veía como se desocupaban las calles.  Asomado, ocultándose detrás de las cortinas, veía como a esa hora uno de los vigilantes – empleados de seguridad del conjunto residencial – se reunía con la mujer que ayudaba a cuidar el apartamento de unos ancianos.  En esta actividad le iban 30 minutos, no eran exactos, pero trataba de no superar ese tiempo.  No le gustaba la mujer y le importaba muy poco que el vigilante estuviese metiéndole mano debajo de la blusa a la mujer constantemente, él solo observaba.  Antes de las doce se metía a la cama, ya empijamado, asunto que desarrollaba apenas llegaba del trabajo.  Dejaba la ropa siempre en el mismo lugar, en orden diferente según el día, pero al fin y al cabo una rutina que se había memorizado con el tiempo.
 
 
Su caracter silencioso le había valido para ganarse el respeto de sus vecinos y compañeros de trabajo, "un hombre modesto que se expresa con suficiencia cuando es necesario, de otro modo mantiene un mutismo de sabio".  El sueño le venía pronto, a las 12:30 am estaba dormido y en su apartamento entonces no había otro ruido que el de su respiración tranquila.
 
 
Este hombre, desconectaba todos los aparatos electrónicos y de comunicación antes de dormir, esta noche, de la que estoy hablando, que se parece a muchas de las que vivió el personaje objeto de estas líneas, murió de un infarto.  Nadie lo supo, a nadie le importó, porque a los hombres silenciosos se consideran que la sabiduría está en la prudencia de la palabra no se les recuerda.
 
 
La mujer que cuida a los ancianos sigue viéndose con el vigilante todas las noches, ahora no solo le mete mano debajo de la blusa si no que ella también le mete mano debajo del pantalón y cada uno llega excretando olor a sexo, cada uno a su lugar de trabajo.  La música no se escucha y las oraciones en su comedor nadie las extraña.  En la oficina, aunque lo recuerdan un poco, saben que se retiró a disfrutar de la pensión que se ganó con el trabajo de muchos años, algunos que se atreven a llamarlo encuentran que sus llamadas no tienen respuesta.  En la cocina la comida ha empezado a pudrirse, el polvo se agita venenoso sobre los espacios del apartamento, el último libro que empezó a leer está sobre el escritorio y la nota de suicidio que escribió no la ha leído nadie, es más, puede que nadie la encuentre porque sus libros serán donados a una escuela, en la que los estudiantes, algún día encontrarán el papel y lo utilizarán para hacer una guerra entre ellos.
 
 
Érase una vez un hombre que vivía solo y decidió suicidarse en vacaciones, poniendo en riesgo la higiene de su conjunto residencial ya que su cadáver solo fue descubierto un mes después, cuando el olor a muerte era inconfundible.
 
Oscar Vargas Duarte

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