Donde te encuentres recibe un beso.

A dónde vas ahora? Han medido y enfundado en bolsas para ti el destino? Debes notar que cada idea es presumible en profundidad y amplitud.  Esta fue una manera de iniciar estas letras vagas y huérfanas como mi tiempo.  He leído algunos artículos sobre fantasmas, se que los odiabas, en tu casa habían varios que después de las doce de la noche paseaban tranquilamente por la casa, ellos evitaban los espacios con luz, iban entre las sombras ahuyentando a los incautos que asomaban de manera imprudente en sus espacios.

Olías a sexo, todo tu cuerpo era un manojo de hierbas satisfaciendo mis infantiles crepúsculos, mi ansiedad de consumir todos los aromas que afloraban en ti.  Sexo en cada uno de tus poros, nunca me dijiste si podías percibir lo mismo en mi piel.  Recuerdo aquella primera vez, y digo primera por aquello de saber contar y anticipar al uno del dos, es que contigo fueron muchas primeras veces, en la buhardilla de tu tío que se creía de izquierda, como el ochenta por ciento de los latinoamericanos, pero que a unos centímetros de la periferia son unos ‘fachos’ de miedo, o unos pequeños burgueses esperando tener algún tipo de poder para cagarse en los otros.

Había empezado a hablar de la ocasión en que copulamos insaciables en la buhardilla de tu tío, tío de mierda, esa fue la primera vez en los lugares en los que vivían familiares, luego fue la primera vez en un motel, en un parque, en la casa de los amigos, en un bar, en rueda de Chicago.  En la rueda de Chicago fue espectacular.

La primera noche en tu casa, la verdadera primera vez, nos vaciamos los orgasmos y tuvimos que avergonzarnos al siguiente día porque incluso los fantasmas habían huido de nuestra lluvia de ruidos y gemidos.  Primero fue la cama que gritaba cada movimiento, hasta que no pudo más con nuestro peso y cayó bajo la sublimidad de mi espalda – como me dolía al otro día.  Después, en el piso de tu cuarto, la excitación me descubrió una garganta alucinante de sonidos, no tardaste en tomarme el ritmo.  Que noche.

La siguiente semana volvimos a tu casa y nos encontramos en tu cuarto, arrinconados, huyendo de la realidad externa, sujetándonos del universo interno, nos besamos por pequeñas perpetuidades, como quien fuma un cigarrillo y no quiere acabarlo en la boca.  Esa noche vi a uno de los fantasmas de los que me hablabas sin que yo te creyera.  Habíamos apagado la luz y tú, sin consideración, me enviaste a traer agua para beber y doblegar tu sed, esas mismas palabras usaste.  Volvía de la cocina y vi salir del baño ubicado en el pasillo a un señor que afilaba un cuchillo sobre una piedra que apretaba con fortaleza en la otra mano.

El maldito fantasma me habló, parecía dirigir todas sus palabras hacia mí, entonces corrí desesperado hasta tu cuarto.  Reíste primero, una manera moderada de reírse de quien está a punto de muerte por el miedo, luego fue una carcajada y tuve que contagiarme de lo mismo.  Reímos bastante rato con el pequeño incidente en el que me metiste.

La siguiente noche llevaba una idea con la cual vengarme de ti.  Haríamos el amor con las luces apagadas.  Tenías miedos ocultos pero tu ansiedad por no dejarte vencer de mis apuestas hizo que te dejaras llevara por mi idea.  Empezamos la búsqueda de los lugares secretos que encienden con la caricia a nuestro cuerpo.  Estaba arriba de cuerpo, jugando a perseguir tu cadera con tus rodillas mientras encañonaba gritos bajo tu ingle.

Tus gestos empezaron a cambiar, tratabas de indicarme que alguien estaba a mi lado, no podías moverte y yo me mofaba de ti diciéndote que parecías una muñeca – no te mueves por que se te sale – A los pocos segundos entendí tu mensaje, el fantasma con el cuchillo en la mano desprendía palabras y nos observaba como si la nada estuviese cubriéndonos completamente.  Yo seguí martillando mi deseo mientras tú molías y exprimías la caña.  No recuerdo exactamente cuántos espectadores tuvimos a nuestro alrededor, se mantuvieron incansables hasta que tú apagaste la luz con un zapatazo que le lanzaste al bombillo.

La vez pasada te hablé de las razones que tenía para escribirte, esta vez no pienso si existe o no alguna, solo me dedico a escribirte.  Lo de los fantasmas es culpa de la lectura, ya sabes, hasta las recetas de los médicos y las fórmulas de los cocineros, todo sea por entretener un rato el cerebro, además que con tanto idiota que hay babeando frente a los televisores es bueno que por lo menos yo lea, así sea la revista que ya está rota en todas sus páginas pero permanece en pie sobre la mesita de centro del consultorio odontológico.

Estos días he ido a rezar casi todos los días.  Hay un grupo de mujeres que organizan el rosario a las 5:30 pm, yo llego unos minutos antes, busco un lugar junto a la mujer de mayor edad y con ellas hurgo en mis adentros buscando a Dios para que me lleve firme por el camino.  No crees en las religiones, siempre buscaste una excusa para no atreverte a ver a Dios de frente.  Eso no importa, cada uno es un templo y se prepara en él para recibir a su manera la divinidad que nos creó con polvo y aire.

Hay una muchacha que llega para la misa de las seis cuando yo estoy saliendo.  La menciono porque lleva el cabello pintado de rojo, odiabas ese color incluso en los grafitos.  Te acuerdas que un día casi mandas rapar a tu mejor amiga porque llegó con un corte diferente y el cabello en matices rojos.  Nunca te había visto tan enojada.

Las manos me queman, algo en ellas arde.  Dejo por ahora la escritura y doy paso a mis lecturas diarias.

Donde te encuentres recibe un beso.

Oscar Vargas Duarte

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