Nunca han existido razones para escribirte.

Nunca han existido
razones para escribirte. Según tú toda razón debe ser concensuada como
mínimo entre dos partes. Considero que al estar encerrado en esta
suplica solitaria a la que me has condenado no tengo otra opción que
tomar como ciertas y válidas mis razones para escribirte. Esta mañana
v{i a una mujer reclamarle a un hombre por su tardanza en cada cita,
para ella era inverosímil que habiendo acordado verse a la hora en
punto él se tomara el privilegio de estar en el lugar de encuentro diez
minutos después de que todos los relojes anunciaran la hora previamente
acordada.

La mujer no le permitía palabra alguna al hombre;
era una guerra verbal del ofendido contra el tirano, sin embargo, en un
momento en que la vez de la mujer flaqueó por cansancio, él abrió los
brazos como si buscara sus alas extendidos en el aire y le dijo —
Mujer, acaso podría haber hombre más feliz en el mundo al saber que tú
me esperas, acaso tu corazón no presiente tormentas y mareas altas al
notar que los minutos pasan y no llego. No es esta una manera de amar?
Pregúntame si al venir tarde no corro con prisa y el corazón acelera
sus latidos al pensar que tú no vas a estar cuando llegue a la cita.

El
hombre la mira, da un giro y se marcha, tres pasos adelante voltea y le
dice .- si el amor con el cual te proclamas mi amada no da espera de
minutos entonces que sentiré yo cuando la circunstancia me exija una
partida, una ausencia más larga; dejarás de amarme?

Unos
minutos más tarde caminaban abrazados el uno al otro, sin saber que
eran observados. El hombre se merece una aplauso por ingenioso y la
mujer otro por paciente e ingenua. Esta, la narración que te hago es la
primera razón por la cual escribo, no pude dejar de imaginar esa misma
discusión entre tú y yo, imagínate tus razonamientos tan sagrados, el
universo de tu lógica no habría escatimado esfuerzos en hacerme ver que
estaba equivocado y por lo tanto merecía la guillotina en ese mismo
instante.

Mañana lloverá. Es seguro. Esta es la segunda
razón por la cual este texto que recibirás tiene forma. Pienso algunas
cosas y las voy a exponer entre oraciones, así mismo hablaré de las
imágenes que me llegan gracias a mi espíritu de observador.

Admito
que en principio exponer como razón la eventual lluvia de mañana, de la
cual yo afirmo con certeza subjetiva que sucederá, es un poco tonto,
sin embargo, mi memoria dice que en algún tiempo tú y yo jugábamos a
adivinar el clima del día siguiente. Unas veces era el zumbido de las
abejas los que utilizábamos para hacer creer al otro sobre la
disposición del clima, hasta el genio, bueno o malo, que enarbolaba con
pasión en dueño de la panadería a donde íbamos a tomar café y comer pan
al comienzo de la noche. El perdedor en la aventura de adivinar el
estado del clima al día siguiente debería estar, por lo menos, treinta
minutos en una de las plazas de la ciudad con paraguas en caso de que
el sol fuese exuberante y sin él bajo la lluvia aunque fuese borrascosa.

Hubo
un tiempo en que corríamos sin prisa los mismos lugares, eran
recorridos eternos, nos comportábamos de manera audaz al afirmar que
podríamos recordar con exactitud cada uno de los aromas que habían
surcado por nuestro olfato. Así llenábamos de juegos las caminatas
sobre los lugares que en ocasiones anteriores habíamos acudido. Los
pasos podían ser medidos fácilmente, uno tras otro seguía el itinerario
imaginado, las baldosas, el color de las mismas, las grietas fundadas
por el tiempo.

En el aire todo era aroma para nosotros, el
más lejano, el más cercano, el que ya habíamos reconocido el día
anterior o unas semanas antes, lo hacíamos de esta manera para evitar
enfrentarnos a la despedida obligada que se daba al terminar de caminar
y llegar a tu casa.

La tercera razón por la que escribo es
que ahora sometido a esta especie de alunizaje en el que caigo sobre
una superficie irreconocida, de la cual solo el mismo vuelo que me
trajo me saca, voy pensando o recordando o no se que verbo sea el
exacto para usar en este momento, pero creo que ya en aquel entonces
sabíamos que te irías, que me iría, que la ciudad no podría detenernos
y al abrir las puertas para nuestra partida lo haría también para
olvidarnos el uno del otro. Digamos que hablar de olvidar en el sentido
exacto de la palabra no es justo, más bien, olvidaríamos cuales eran
los compromisos adquiridos con el otro y nos iríamos sin preguntar, sin
despedirnos.

No hubo abandono. Nos entregamos al mundo que
vendría más tarde para nosotros. Hay un grupo de muchachos que está en
la acera de enfrente organizando sus equipos para tocar algún
concierto, un improvisado concierto cuyo único objetivo es recaudar
fondos para su propia empresa, entiéndase, comer, pagar el arriendo,
beber, salir con la pareja y si alcanza salir a reconocer el mundo que
los ampara pero que no conocen. Te gustaba uno de los músicos que hacía
parte del grupo que tocaba todos los jueves y viernes en la taberna a
tres cuadras de tu casa. No recuerdo cuál era, no me esforzaré en
recordarlo.

Ellos tocaban bien y yo, a veces, después de
llevarte a la casa, volvía y jugaba a las cartas con los que atendían
el lugar. El juego era sencillo, el que perdiera en las cartas tomaba
sin arrepentimientos, nadie pagaba, todo era a nombre de los
administradores. Yo perdía dos de cuatro y me iba ebrio cantando hasta
mi lugar de residencia.

Los recuerdos son un asunto extraño,
hace unos días hubiera jurado que no podría recordar los lugares o las
situaciones que compartimos, ya ves, aquí estoy divagando sobre tantas
oportunidades en las que cocimos uno y otra aventura para pasar el
tiempo. Te amé. Me amabas? no sabría decirlo con certeza en este
instante, y esta duda es la cuarta razón por la cual escribo esta
carta, te atreverías tú a decir que me amaste?

Oscar Vargas Duarte

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