Amanezco en cama de mi cuarto, eso supongo, sin embargo algo dentro de mí, aquello que llaman intuición me hace sospechar que este es un cuarto ajeno. Los ojos se mantienen cerrados, no se atreven a abrirse, el temor está orinando por cada vena existente y mi cuerpo está lleno de miedo.
Los ruidos de la calle llegan con algún sabor a distancia, no creo que otra persona esté a mi alrededor, poco a poco he ido moviéndome, nadie está a mi lado. Esa sensación poética de vacío originada por el hecho de alguien no está a nuestro lado no vale en este instante.
La extensión lateral de la cama me pertenece, eso me da valor, un poco de valentía que se siente en las manos. Los pies aseguran la misma pertenencia vertical.
El temor sigue, los ruidos llegan con mayor claridad, son ruido y no se entiende, carros que pasan, algún grito de solidaridad con la garganta de alguien que por la calle pasa vendiendo objetos.
La cobija cubre todo el cuerpo, saco la cabeza, voy a abrir los ojos. Enfrente de la cama está la puerta que lleva al baño, a su lado el closet, se alcanzan a ver algunos libros, a la izquierda la mesa con su biblia, a la derecha la otra mesa y el relod despertador. Es mi cuarto.
Ahora los temores han ido a orinar a otro lugar en lo profundo de otros miedos.
Me levanto de la cama, miro hacia el techo y la cuerda preparada para el ahorcamiento permanece en pie de lucha.
Oscar Vargas Duarte