Un antojo.

La ciudad los obligó al abandono a una entrega absurda al asfalto, a los edificios de cemento y las avenidas concurridas de carros.  Los viernes cuando las jornadas de trabajo terminan y los empleados de las empresas vuelven a tomar los buses o carros particulares para ir a sus casas ellos se encuentran.

 

 

Primero es una llamada telefónica que se da en la media tarde, las preguntas acostumbradas y las mismas respuestas que mienten.  Se cuentan algún asunto anecdótico y después de que se despiden llega la misma propuesta.  – Te veo y vamos al sitio de siempre?  La respuesta es listo nos encontramos en la esquina.

 

 

Antes de salir de la oficina ella pasa por el baño, se aplica perfume, se arregla el cabello, se compone una sonrisa en el rostro para que al encontrarse con él sentirse más atractiva.

 

 

El, descuadernado desde el comienzo de sus días de conciencia, no se arregla, no se peina, apenas si se acuerda de ajustar un poco la corbata y de mirar si sus zapatos están atados por los cordones.

 

 

En la esquina se encuentran.  La charla es sobre el clima.  Hace menos frío que el día anterior, claro que más tarde seguramente llueve.  Compran un cigarrillo para ella, ahora lo fumará mientras caminan.  Las calles los reconocen y los abrigan, los dejan pasar hacia el sitio en el que tomarán cerveza, escucharán música y se olvidarán de las promesas hechas a los otros.

 

 

Hoy se presenta un grupo de muchachos. Cantan canciones de rock en español, las más populares, con las que todos los muchachos aprenden a tocar guitarra.  Una muchacha morena, con ojos grandes y luminosos, es la cantante.

 

 

Los dos la observan, a ambos les parece atractiva. Juegan a espiarla,  él sonríe al decirle en el oído que si pudiera besaría el ombligo de la cantante mientras ella interpreta alguna canción. Ella le dice que si fuera la cantante todas las canciones serían de deseo y amor mientras él la besa.

 

 

La mujer canta y los mira sin imaginar que las dos personas en la mesa están imaginando seducciones gracias a ella.

 

 

La canción termina, el cigarrillo y la cerveza también.

 

 

Sus piernas se juntan debajo de la mesa, sus manos se tocan, algunos besos pasan de boca en boca.  Ellos están ahí para soñarse el uno al otro.  Hablan del color de las sábanas que esta noche los recibirá en la cama.  Ella le muerde una oreja, lo besa en la mejilla y vuelve al oído para repetir un te quiero que tenía atrapado en la boca.

 

La noche sigue, la música no culmina se hace eterna.  Hay tres manos en la mesa, una está perdida buscando petróleo abajo del ombligo, quiere explorar las piernas.  La mujer lleva falda, ese piedemonte es colonizado rápidamente,  la mano está a punto de llegar a la fuente de la histeria.

 

 

Alguien se levanta a recitar, lo escuchan, la mano sale húmeda y la pasa de manera descuida por su boca.  Nadie lo nota.  El baño de mujeres ya lo desocuparon.  Ella va rápidamente.  El pide una cerveza, el mesero va por ella, el se levanta y busca el baño.  Ambos no están, ambos están.

 

 

En el baño, se juntan, la falda se trepa a la cintura, el pantalón se abre y deja espacio para que se escape la ebriedad que fue creándose mientras se besaban.  Ella se levanta, recibe el cariñoso amuleto entre sus piernas.  Será rápido, pronto puede venir alguien a tocar.

 

Las manos tocan, acarician, la boca muerde.

 

El beso llega cuando la humedad se transforma en río entre los dos.

 

 

Sale él, busca al mesero, le pregunta por el baño de los hombres, el mesero le indica.  Ella vuelve a la mesa.

 

         Qué dirás en tu casa, que salí con unos amigos.

 

Se despiden.

 

Oscar Vargas Duarte

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