Todas las noches cuando el silencio se hacía evidente

Todas las noches cuando el silencio se hacía evidente él se levantaba de la cama y la obligaba a desnudarse a los pies de la cama, luego le pedía que maullara y que con sus manos se enrollara sobre sus piernas.  El frío en las noches de invierno no le importaba, sus suplicas por el sueño que se le escapaba por los ojos tampoco.  Así durante mucho tiempo Víctor obligó a su esposa a comportarse como una gata para satisfacer su gusto.  Se hacía llamar con un nombre heredado de sus padres egipcios, se hacía llamar de esta manera y la golpeaba en el rostro cuando se equivocaba al pronunciarlo.  Ella no lograba pronunciarlo de manera exacta ya que en el lenguaje indígena que aprendió desde niña no existían esos vocablos. 

 

Tuvieron hijos, uno tras otro cada año, a las mujeres las hacía dormir encerradas en un cuarto, a los hombres los enseñaba a tratar a las mujeres de tal modo que serían una réplica de él en sus comportamientos.   

 

Era una noche de abril cuando ella lo acarició como gata alrededor de su cuerpo, víctor tuvo tres orgasmos seguidos al escucharla a ella maullar febrilmente, su cuerpo le pertenecía al deseo.  En el siguiente día se despertó y descubrió que todo su cuerpo estaba arañado, pequeñas líneas untadas de sangre.  Debió gritar para que una de sus hijas le llevara cremas para las heridas.  Salió a buscar a su esposa en la cocina, en la sala, en el patio no pudo encontrarla.

 

Sus gritos se escucharon por toda la casa y sus hijos previendo cualquier agresión se dispersaron unos y otros simplemente negaron haberla visto en la mañana.   Salió a la calle, preguntó por ella a las mujeres del mercado, la imaginó confesándose y la buscó en la iglesia, luego anduvo un par de horas deambulando por el pueblo sin poder encontrarla.

 

Ingresó a una taberna de cualquier calle y se puso a beber, no supo cuántas botellas ni cuántos de sus amigos pasaron a acompañarlo con un par de copas de más.  Un poco antes de las doce de la noche una gata se acercó a la mesa y lo miró, él no pudo desprenderse de la mirada y sintió una profunda familiaridad. 

 

Antes de que pudiera decir algo vio como un hombre que agitaba la punta de su lengua llamaba a la gata y ella le obedecía con fidelidad.

Oscar Vargas Duarte

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