El hombre acaricia su cuello con la mano izquierda,

 El hombre acaricia su cuello con la mano izquierda, recompone su posición en la silla, abre los brazos y vuelve a tejer en el teclado con las ideas que le madrugan desde el cerebro.  Así está hace un buen rato, ha venido todos los días y se queda hasta que los otros clientes se han ido, nunca llega temprano, ya el medio día ha sido derrotado por la tarde cuando busca un lugar donde sentarse, pide una cerveza y luego las otras llegan como ave maría en rosario de convento.

Los primeros días venía reluciente, pulcro, como le gusta a las madres que se vistan sus hijos, ya estos últimos trae el cabello descompuesto, la ropa repetida en arrugas, y la mirada como corresponde a alguien que bebe hasta el amanecer y se despierta pensando en el último trago que dejó en alguna parte del cuarto antes de estar ebrio, es un decir, porque ya desde la media tarde está en ese estado.

Esta tarde ha pedido apenas levantando la mano y ni siquiera expresa el agradecimiento con un gesto, solo está escribiendo y escribiendo como si de esto estuviese dependiendo su existencia.  Recompone sus gafas, dobla una pierna sobre la silla, vuelve al cuello con la mano izquierda, toma cerveza y se repite.  Hoy trae una camiseta blanca que publicita una frase, ‘el día fue ayer’.  Ha pedido cervezas en lata y con la idea de no incomodar las pidió en una sola tanda, además canceló el servicio por adelantado y las cervezas igual — Cosas de la necedad de los borrachos, le dijo a la persona que lo atendió y le sonrió mientras destapaba la primera lata.

La tarde ya es noche y el local empieza a quedarse solo.  El hombre parece dormir sobre el teclado — ahora blindado de rojo, la persona que atiende se sorprende y vuelve a ver el teclado, no hay teclados rojos en el lugar, y mucho menos que derramen pintura sobre la mesa. — Señor, me escucha ?  El hombre no lo escucha, es más su idea es dejar de utilizar los sentidos.  Está dormido, o desvanecido podrían decir otros.  Las manos en rojo sangre, la sangre dibujando delgados ríos por su cuerpo.
El hospital vende silencios y muchos los compran para poder dormir en el lecho de enfermos, la habitación no recoge ruido de parte alguna, él siente los brazos pesados, mueve un poco las brazos y siente las agujas inmersas en su piel.  Sabe que no está muerto, siempre ha creído que el día en que muera, al despertar, nada va a pesarle.  Abre los ojos y mira al techo, blanco, abundantemente blanco.  Un giro de la cabeza le permite ver la puerta, alguien se acerca.  Cierra los ojos, piensa en no hacer nada, ni un solo movimiento, no abrirá los ojos aún cuando de esto dependa su vida.

Dos enfermeras ingresan al cuarto.  Toman una hoja en donde escriben la hora en la cual hacen el control de la habitación, la llenan con alguna marca que indica la visita.  Se acercan y le toman los brazos, alguna medida sale de este ejercicio y la llevan también a la hoja.

— Crees que se haya despertado ?

— No, acuérdate que venía alcoholizado y se le aplicó una inyección para que durmiera.

— Qué les invitará al suicidio? Mira que se ve sano.

— Quién sabe? a veces son tan lúdicos que convulsionan en una torta de letras.

— Quée?

— Nada, cosas que se leen a veces.

— Le pregunté al policía que vino con él y me contó en donde lo habían recogido.  Es una sala de computadores, en el centro, tú debes haberla visto, cerca del cinema que está arriba de la plaza central.

— Ajá!

— Ponme atención y te cuento.  Ha estado yendo al lugar todos los días, siempre pide cerveza y sale y con los ojos hechos alcohol.  Eso dijeron, yo solo repito.  Esta vez, cuando se acercó quien atiende el lugar lo vió sangrando, entonces llamaron a la policía.

— ..

— En el computador, había una sesión de internet abierta.  Había estado enviando correos, eso dijeron, en uno de ellos había un texto largo en el que hablaba de unas fotos que había esperado mucho tiempo para poder medir la piel que se cocía en versos.  Eso dijo el policía, hasta imprimió el escrito y me lo dejó leer.  Al parecer estaba esperando unas fotos de una mujer desnuda, y de tanto esperar, decidió suicidarse porque no le enviaban las fotos.

El hombre no se esfuerza en escuchar lo que la mujer dice, hace un poco de memoria y sabe exactamente lo que escribió.  Estaba esperando las fotos de aquella mujer en su buzón, sus senos desnudos para que él pudiera medir la inspiración bajo la cual nacería su próximo doliente literario. No ocurrió y ante tal ausencia él consideraba el suicidio, más apropiado que cualquier otra cosa

Las mujeres se van y él mira al techo, recuerda sus ocho años cuando lo llevaron por primera vez a un hospital y tuvo que estar allí dos semanas con las manos heridas por la aguja del suero.  Otros niños jugaban y él no podía ni moverse.  Recuesta su imaginación en esos días en la cama del hospital, su padre en una visita diaria por las tardes, la madre llegando por las tardes hasta que ya la enfermera le obligaba a partir.  Eran otros días, ya no recuerda que era lo pesado de entonces.

No quiere hablarle a nadie, fingirá dormir siempre y cuando ya sea imposible parecer dormido, pues hará de mudo, ni una palabra, ni un gesto que permita imaginar la lucidez de su mente.  El otro día, en un lugar público, hacía como si no viera a ningún lado, algo así como ver la pared pero no enfocar nada, claro que la verdad era que estaba viendo el escote de una mujer que estaba cerca, dos carnosos pechos que resumían la respiración de la mujer, abundantes, cuanto gusto diría su boca.

Tres días y el cansancio ya le pesa.  Los médicos le insisten en hablar para poder hacer mejores apreciaciones de su estado de salud.  No quiere usar la palabra, su vocación en este instante es el silencio, acaso no tienen una celda en donde pueda ir a peregrinar con sus ojos sin que tenga que estar dispuesto a una charla con otros?  Al parecer leen su mente, pocas horas después es enviado a una habitación en donde solo está la cama, un baño de uso individual, sin otro objetivo que el de hacer uso de la obligatoria defecación y del baño diario, apenas si cabe!

El cuarto es agradable pero ya está harto de ser interrogado en cada sesión que hace el psicólogo. — Por lo menos fuese una mujer para querer adularla un rato.  Eso de ser interrogado es un decir, porque ninguna pregunta recibe respuesta, él solo quiere escribir, no pretende ninguna palabra de manera oral, todas escritas, pero aún no lo entienden.  Pronto lo harán, entonces escribirá en detalle el momento por el que pasa.

La posibilidad de recordarlo todo es un premio en este lugar, hubo días en que lloraba placenteramente mientras leía alguna novela antigua, otros descubría que la lluvia y él estaban apenas separados por el vidrio, el lloraba a cántaros y afuera llovían las lágrimas.  Piensa en las fotos que dejó de recibir, una ración diaria de piel para ser vista, luego, a partir de ella, surgían sus textos.  No hay posibilidades de que le dejen acercarse a un computador con acceso a internet para leer su correo.

El cabello le ha crecido, no es obligatorio afeitarse la barba, el uso de ropa presentable no es obligatorio, de manera que está todo el día en pijama, no se peina y n ose afeita.  Ahora se ve como en los primeros días en la universidad cuando esto de la presentación personal era cosa de adultos.

Esta mañana ha tenido una idea soberbia, uno de los residentes, compañeros de tributo en este lugar, persigue a una paloma que tiene su nido en el campanario.  Hay un campanario, en la parte superior de la capilla.  Nadie ha dicho que la paloma sea o no una paloma mensajera, pero él va a descubrirlo, la idea es colgar de sus pies un objeto que sea único, de él, algo que ella reconozca y entonces a partir de eso le envíe respuestas, y de pronto entre las alas cabe una foto de sus caderas.

Lo difícil en este lugar es que a él no le permiten mucha libertad con las manos, cuánto diera por una masturbación bien hecha.  La enfermera tiene su perversión y cuando lo baña, bajo la excusa del aseo, le imprime aguaceros, vaya dieta en la que está, aguaceros de excitación sobre el pene.  — Vieja zorra — y él sin poder decirle que solo un minuto y podrá vaciar su deseo.

El tiempo es imposible medirlo en días, cada minuto es un día solar, antes disfrutaba el silencio y poder pensar, pero ahora los pensamientos de sus vecinos de cuarto le llueven en la puerta, se quedan tocando hasta que él no les abre, luego vienen con quejas, todo porque los cerebros de sus dueños no son capaces de sacarlos.  Pueden tornarse violentos, dijo el doctor, por eso ahora está atado en la cama, toda la noche, y lo de la masturbación nada.

La cicatriz en las muñecas es algo que no querrá explicar con gusto.  Hace apenas tres días está en la calle, el sanatorio es una condena que busca olvidar.  En la ventana de su apartamento, todos los días, sin falta, llegan fotos de la enfermera desnuda, que trae la paloma bajo sus alas.

Oscar Vargas Duarte

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