Estuve anoche jugando ajedrez con uno de mis grandes amigos. El dueño del bar a la vuelta de la esquina fue campeón de ajedrez en el colegio, en la universidad, y en muchos torneos, así que tiene una predilección por los clientes que lo practican, además los martes casi nadie va al bar, siendo así, los habituales de siempre pedimos prestado el tablero, nos acomodamos con una copa o una cerveza y empezamos una partida que se alarga porque también conversamos de la vida.
Mi amigo está hoy con una afición por indagar por otras cosas de mi vida, y empieza a cuestionar mi fe religiosa, a incomodarme por el equipo de fútbol del que soy hincha, a negar que la profesión que sigo sea la adecuada, a insistir en que mi último amor no fue el último sino el primero, y con esto me pregunta por qué mandé a la revista un poema que tiene por título el nombre de una mujer, que no es la que él conoce que me gusta, incluso, me dice él muy convencido, es una mujer extraña para ti, no creo que exista, y el poema está poblado de malos versos.
Inquisidor, y como los de la inquisición cree que tiene la verdad revelada, mientras mueve las piezas en el tablero se da cuenta de que va a perder esta partida, así como las dos últimas, y tendrá que pagar los cuatro tequilas que me he tomado y las dos cervezas que él ha pedido, más una copa de whisky que se tomó en su nombre el cantinero. No le gusta perder, no está dispuesto a aceptar que esta noche no está lúcido, entonces me fastidia con sus preguntas para intentar desconcentrarme.
El poema, le digo, tiene el nombre de una mujer que no existe, tienes razón, es una invención, le he puesto ese título y podría ser cualquier otro. Estás mintiendo replica y se equivoca al mover su reina dejándola expuesta a ser abducida por uno de mis alfiles. No lo hago de inmediato, me tomo un tiempo para que él se dé cuenta de la equivocación y se ilusione con la idea de que no lo he notado, y mientras se ilusiona se maltrata mentalmente porque es una jugada de principiante. Es el nombre de una muchacha que conocí hace mucho tiempo cuando apenas llevaba un par de semestres en la universidad, la recordé, el poema tenía otro título, y finalmente lo cambié por su nombre.
Insiste en decir que miento, y yo sé que es mi segunda mentira, pero me gusta la idea de inventarle una historia a ese poema, y no contarle la verdad de por qué lleva ese título. Una vez fui un hombre afortunado, y mi mayor fortuna, que era toda, fue que mientras viajaba en flota desde el pueblo en donde viven mis padres hasta la capital, una mujer cuyo nombre es el título del poema, me besó como si ese fuese el último día de su vida. No la volví a ver, y el poema está escrito desde ese día. Esta vez no dice nada porque ve cómo su reina desaparece del tablero y queda en absoluta desventaja.
Se rinde, intenta una verborrea para pedir las tablas, sin embargo, me parece que no es decoroso hacerlo en esa situación, y está de acuerdo conmigo el dueño del bar, que además se burla de él porque hace varias semanas que lo ha visto perder deshonrosamente. Yo también me rindo de inventar para quién están escritos esos versos, pienso en llamar al editor y pedirle que lo cambie, pero la idea de mentir acerca de ese texto me queda gustando, y vuelvo a ver a mi amigo que se niega a poner nuevamente las piezas en el tablero.