Te pusiste triste, ese es un estado distinto al enojo, incluso preferiría tu furia a esa otra emoción con la cual miras y expresas el disgusto. Es tristeza dices, es una absoluta decepción. Yo puse una moneda de chocolate en tu mano, no era un tributo, no esta vez, solo la puse para que pudieras tener un objeto al que no intentarías romperlo.
Dijiste, «Mira Oscar, estamos quejándonos de que las máquinas van a reemplazarnos, te fijas, nos ocupamos de nosotros como si fuéramos instrumentos, es decir, nuestra preocupación es que seamos reemplazados porque somos un instrumento que se alquila o se compra, se usa o se desecha».
Quitaste la envoltura y quedó desnudo el cuerpo oscuro de la moneda de dulce. Antes de llevarla a tu boca, volviste a decir mi nombre. «Oscar, el verdadero problema de los seres humanos es que nos estamos comportando como robots, estamos perdiendo nuestra sensibilidad, hemos olvidado nuestra humanidad para poder vendernos como un objeto utilitario que tiene un uso cuya medida son unos billetes que ya están empeñados cuando los recibimos».