Era un jueves, yo había estado viendo una serie, me había quedado dormido en el sofá siendo iluminado por las imágenes de la pantalla. Habían pasado las once de la noche y el timbre del apartamento abrió una grieta en el silencio el edificio. Lo escuché sonar dos veces y me levanté con prisa sin pensar que era inusual que alguien a esta hora estuviera en frente de la puerta. El portero del edificio la conocía desde hacía tres meses. Cada semana ella iba y venía, así, habían dejado de anunciarla.
Abrí y sentí que todo las puertas del apartamento no podrían contener la entrada del mundo. Sonreía sin decirme nada. Primero fue un abrazo pequeño, sin fuerza, luego fue tomando impulso y se convirtió en uno fuerte y grande en el que podían caber todos los pequeños abrazos que la memoria traería del pasado, y el futuro ofrecería a nuestros anhelos. Ella tenía las llaves de mi apartamento desde hacía varias semanas, pero no le gustaba usarla, siempre me decía, si tú estás, tú me abres.
Y yo estaba, y yo abrí, y tras el abrazo vi un morral a su lado, lleno, la proporción máxima de su volumen había sido usada para llenarse con ropa, objetos de aseo, zapatos y otros objetos utilizados para la estética del cuerpo. Su conversación, mientras entraba al apartamento empezó recordándome que unos días atrás se había llevado varios libros de mi biblioteca, los traía en el bolso, allí también habían cabido alguno de los de ella que trajo para leer conmigo el siguiente fin de semana.
Yo no iba a preguntarle nada, solo serviría de apoyo para poner sus cosas en los lugares que ella eligiera. Me dijo, es que este fin de semana debo preparar varias cosas de mis cursos de espiritualidad y otras de la oficina, así que aprovecharé que tú lees en la terraza y no usas el cuarto en donde está el escritorio. Ella iba a decir, es temporal, por el fin de semana, lo intuí, y no quise que lo dijera, le di un beso en la boca, y como si no hubiera cocinado frase alguna para este momento solo atiné a esto —apago el televisor y organizamos tus cosas. Entonces, los lugares empezaron a tener sentido y los colores adquirieron una dimensión diferente.
Timbras, yo me asomo a la puerta, estoy a punto de preguntar si no habías llevado las llaves, me repondes, —mientras tú estés, me gusta que me abras. Esta vez no veo películas, había pasado el comienzo de la noche leyendo, tenía las manos manchadas con la tinta del bolígrafo con el que subrayaba y hacía anotaciones. Lo notaste, y lanzaste los signos de interrogación con tus ojos y la pregunta con tu boca —escribiste una carta para mí. Así es.
La carta, tiene un poco de la memoria de esa noche en que empezaste confiada a traer tu ropa, y la pregunta con su respuesta con la que nos adentramos en el silencio del sueño.
— ¿Y si nos enamoramos?
— Haremos que cada instante valga la pena.