Aeropuertos y porterías

La discusión en la entrada del edificio se escucha a media cuadra. Desde el parque observo a los agentes de la policía, el carro de los bomberos y unos hombres protegidos con trajes anti bomba que deben ser los del equipo antibombas de la policía. Yo debo pasar por la entrada, quizá si estuviese con el auto podría hacerlo por el parqueadero y me evitaría la aglomeración así como pedir permiso y explicar por qué y para qué ingreso a mi propia residencia.

Ante las opciones reducidas elijo la única posible. El vigilante le insiste a un hombre que está con la cara roja, sudoroso y enojado, «Ya le dije vecino, está fuera de mis manos. Los policías son los que están pidiendo explicaciones. Yo tenía que llamarlos porque el reglamento es estricto en eso.» Sigo escuchando, el hombre grita, un policía le pide tranquilidad, los del vestido antibombas siguen quietos con una caja que ya destaparon, no se puede distinguir alguna emoción detrás de sus capas de protección. La administradora del edificio insiste en que la escuchen mientras lee el reglamento aprobado por todos los residentes. Numeral no se qué y parágrafos no se cuántos. Parece haber unanimidad en los procedimientos, excepto para el vecino, este sigue enfurecido.

Aunque pude atravesar la barrera de chismosos, me he quedado con ellos para obtener la información acerca de los hechos. Escucho. El enrojecido alarga su furia hasta la punta de la lengua, yo le hago eco a sus palabras en voz baja, «todos son unos…. », y sin que él lo haya dicho, adiciono al final de la frase “y su esposa también”. La esposa de este señor es muy atractiva, hace ejercicio en el gimnasio del conjunto, cuando me descubre observándola leo en sus labios que pronuncia palabras de las cuales se sentiría orgulloso un adolescente e indecente una mujer ante el confesionario de su líder religioso. El vigilante está poniendo las cosas en equilibrio.

Llegó un paquete, una caja de cartón envuelta en una bolsa de plástico. El vigilante le explicaba a la administradora, «… Y la caja tenía un sonidito como de reloj, ¿se acuerda? En la capacitación nos dijeron que si suena como un reloj puede ser un bomba, sí, como si vibrara, y esa caja estaba vibrando …». Todos, los vecinos, y los no tanto, los de paso y los residentes escuchamos. «Yo llamé al vecino, le dije, Don Armando, le trajeron una caja, suena muy raro, por favor baje pronto porque si sigue sonando voy a tener que seguir el protocolo.»

Don Armando no sabía del protocolo ni de la amplitud de horizontes del hombre que lo llamó desde la portería. Su respuesta fue, según mencionaba el hombre al contarle a la administradora, «… Súbame el paquete que yo lo reviso y le cuento, pero señora eso me pareció sospechoso, ningún señor en este lugar me ha propuesto tocarme el paquete, usted sabe, yo llevo varios años aquí.»

Después de la conversación el hombre llamó a la policía, una llamada de emergencia, «… Es un paquete sospechoso, suena un tic-tac constante, vibra, sí, vibra como en silencio.» Cuando decía eso miraba yo a la esposa del vecino, pensaba en ella, en sentirla vibrar en el silencio, como si se le hubieran fugado las palabras.

Las palabras que se le habían fugado en mis imaginarios con ella no eran las que estaba usando en este momento, parecía el eco retardado de las de su esposo. El vigilante le decía, «… Señora, su esposo no entiende el peligro, estaba arriesgando su vida… » Ella respondía como cualquiera con soberbia defendiéndose ante una ofensa, y yo pensaba, “Tú también”.

Cuando el esposo de la más atractiva de las vecinas bajó a la portería ante la insistencia y amenazas del vigilante, ya las sirenas de los autos de la policía se escuchaban cerca del vecindario. Le dio tiempo al vigilante para decirle al hombre, «llegan muchos paquetes, la policía nos ha orientado para informarles acerca de aquellos con sonidos y vibraciones sospechosas. La mayoría de las veces son consoladores. Pero nosotros debemos informar, y ya la policía está llegando para asegurarse. Yo le informé a usted con anticipación, pero no podía poner en riesgo al resto de los vecinos. Si es un consolador, usted tranquilo señor, se lo entregarán sin problema, pero si si es una bomba todos estaremos a salvo.»

Varias horas después en su casa con el reproductor de videos el vigilante repetía la escena de Edward Norton en la película ‘El Club de la Pelea’ en la sección de equipajes del aeropuerto y se arrepentía de no haber mencionado la máquina de afeitar.

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