Vida paralela

Dos meses antes de la celebración del séptimo año de nuestro matrimonio ella despertó a las ocho de la mañana, me buscó en la sala a donde yo me fugaba para ver desde temprano eventos deportivos, fútbol, tenis o ciclismo.  En sus hábitos de vida, el domingo iniciaba el recorrido del reloj a las diez de la mañana, no antes, fue por eso que al verla de pie junto al comedor me sentí descubierto, como si mi costumbre fuese una afrenta a la más alta de las moralidades.  Estaba viéndome fijamente, sin movimientos perceptibles, quieta y callada con la mirada solo reservada a mis ojos.  Le dije, ―Hola amor, qué te despertó― no respondió, y mientras su silencio me sacudía fui acercándome hasta poder abrazarla, al hacerlo, empezó a llorar con tanta intensidad que varias veces debió tomar agua y debí echarle aire utilizando una revista que habitaba como adorno la mesa pequeña de la sala.

Una hora después estaba explicándome el motivo de su asombro y de su llanto.  Cada noche desde cuando empecé a quedarme en su apartamento ella soñó conmigo, en sus sueños una vida paralela sucedía entre nosotros, jamás me había contado esas aventuras mutuas que ocurrían en su sueño mientras yo dormía a su lado.  La noche anterior, el sueño no la acompañó, no hubo encuentro de ningún tipo, por eso esta mañana despertó angustiada con la idea de que una parte de mí se perdía en su noche sin posibilidad de volver a encontrarla.

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