Desnarrarse

El medio día ocurrió del único modo posible, es decir, según lo acostumbrado, el sol subió sin escalera alguna, solo fue apareciendo en el centro y alto de lo que llamo cielo, a propósito, cielo es una linda palabra y aparece regularmente en conversaciones donde un hombre o una mujer la utilizan para referirse a su pareja.  Ahora, claro, no estoy hablando de eso, de hecho quizá no esté hablando de nada, ni de relaciones de pareja o de maneras de ofrecer palabras cariñosas, esto se trata de conversar de manera asincrónica, también podría tratarse de un ejercicio para narrar aquello que no aparece en mis textos diarios.

Aparatoso, así quiero referirme al momento en que alguien acostumbrado al páramo, a los días de color gris, al aire frío, sale de pronto, da dos pasos después de cruzar la puerta, mira que la sombra se anida debajo de los zapatos y siente en lo alto de su cabeza una puntilla llamada luz solar.  Los pasos suman distancias mínimas, uno y otro, quizá uno quisiera ver lo que la sombra de quien va caminando al lado, no la ve, el sol la pone debajo de su cuerpo, el sol no se apresura, las sombras no aparecen debajo de balcones, el asfalto se rehace a sí mismo, la calle, la esquina, el andén, los autos, la conversación, la mujer de los pasos sin ruido, camina, uno con ella, la conversación, la suya, va llenando el espacio de la luz solar, solo existe ella, solo la conversación, afuera donde no se notan, el sol, la calle, el andén, la esquina, los autos.

Pongamos, un restaurante en donde una mujer de nombre Yamile, o por lo menos eso dice en la pequeña lámina sobre su blusa, el color, claro el color de la blusa no lo recuerdo, no ahora, quizá después, otro día cuando mire un auto cruzar crujiente de frenos la esquina sin observar el color del semáforo.  ¿En qué iba? Eso, era fácil perderse en unas cortas oraciones, así íbamos, la mujer pregunta, qué comes, qué bebes, la respuesta es simple, lo que está en el menú.  La compañía en el otro lugar de la mesa, no voy a comprometer una sola palabra sobre ella, no hay razón, para lo uno o para lo otro, esto es solo escribir por escribir.

Afuera, en el otro lado de la calle, una mujer golpea a un hombre, le da siete carterazos en la cabeza, el agraviado no reacciona, parece estar convencido de que es necesario ese castigo para obtener el perdón, la mujer no parece querer darle tregua o perdón alguno, continúa ahora con los pies, le da una patada en donde los hombres se rascan cuando ven fútbol, el tipo cae, se extiende y dobla sobre el andén, la mujer repite la dosis, el hombre grita, auxilio, todos salimos a ver por la ventana, ninguno quiere ayudar.

Volvemos a la mesa, no queremos ver violencia alguna, la mujer que atiende el servicio de las mesas ha retirado todo aunque nosotros apenas habíamos empezado, reclamamos, voy yo a reclamar, la mujer me muestra sus botas, y hace señas para que mire afuera, a la calle donde un hombre sangra después de ser golpeado por una mujer.

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