Saltimbanqui

Pasas la mano derecha sobre la muñeca del otro brazo, miras la tela y los colores, no aprecias las formas en ella, solo los colores y pronto los olvidas, uno segundos después estás pensando en la abuela.

— Ven saltimbanqui.  Así te llamó y fuiste corriendo, llevabas entre las manos un insecto recién atrapado en el patio.  Cruzas hasta la cocina en donde ella ha terminado de preparar un café, sientes el olor, lo reconoces, sabes que una taza grande estará para ti junto a una tajada de pan, al llegar ante ella abres las manos y le muestras el grillo, pequeño, no se mueve, quizá las alas sufrieron el movimiento brusco de las manos al atraparlo.  No te llegan las palabras de la abuela, percibes su sonrisa y sientes el acento suave, no las palabras, esas no las recuerdas, se perdieron con otras memorias.

Del apartamento de al lado surge el mismo aroma, café recién preparado, llevas una mano a tu nariz, luego la bajas y abres para frotarla con la otra.

El grillo torció su cuerpo y cayó.  Pasaste con él hasta el lugar en donde la taza hervía, ibas a tomar la tajada de pan cuando tu mamá, acompañó con un grito el golpe sobre tu mano — Lávalas primero— el insecto cayó, las manos se dolieron y pusiste inmediatamente llanto en tus ojos.  No recuerdas haber dado muestra de dolor, fuiste a lavártelas, pusiste atención al lugar en donde cayó el grillo, lo recogerías luego, pensaste en que el manotazo de tu madre no lo hubiera matado, diste pasos y volviste por el pan y la taza caliente.

Tomas el pincel y continúas con el movimiento, esta vez absorbes los colores y las formas, con exactitud quirúrgica pones una línea junto a otra, solo hasta obtener el tono correcto continúas.  Sigues con la pintura, pones la mano izquierda sobre la cintura y sin movimiento en el cuerpo te quedas viendo la tela, abierta y extensa en tus ojos, juntas un parpadeo con otro y clavas tu mirada en los detalles de la esquina superior derecha, observas los colores, mueves la cabeza, te acercas, una y otra mirada desde ángulos diferentes, apagas una luz, vuelves a poner con detenimiento los ojos en el mismo lugar y te convences, otra bípeda ración de pincel sobre ese lugar de la tela.  El celular suena y no lo notas, no esta vez, pasan otras dos veces hasta que lo tomas para contestar.

—        Hola.  Apenas me fijo, estaba en el otro cuarto.

Del otro lado de la línea, una amiga tuya, más emocionada que tú te habla de un comprador para tu cuadro, uno de los dos que dejaste en la galería. No ha puesto observaciones sobre el precio, todas las observaciones son sobre la imagen, ahora está viendo otras pinturas pero ha estado más emocionado con la tuya.  Te llamará luego para contarte más sobre la venta, te advierte sobre estar atenta al teléfono, quieres decirle cualquier cosa para no estar de acuerdo, sin embargo, ella cuelga antes de que le digas.  Vuelves a sentir el olor del café y decides ir a preparar uno a tu cocina.

Lavas las manos con agua, el líquido desborda las palmas, llena las líneas en ella, ves a las gotas saltar hasta el borde del lavamanos, por encima del agua empiezas a percibir el aroma del apartamento, es el efecto del agua, desplaza los olores fuertes para dejar espacio solo a los débiles, y el espacio en donde vives es una conjunción de cientos de aromas débiles, desde la esquina del sofá un cojín, en el closet una bufanda perfumada, debajo de la mesa un morral apenas abierto, en la cocina las esencias y verduras, el procesador caliente del computador, los zapatos, el techo, la cama tendida, el borde de los espejos, y más, claro, más aromas juntándose para darle forma a este olor que el agua deja abierto.

El café se disuelve rápidamente bajo el abrazo inocente del agua caliente, fluyes hasta la canción atravesada en el reproductor, solo escuchas sin tarareos, el borde de la taza alcanza a herir con el calor la línea de tus labios, bebes lentamente, todo el tiempo es necesario y lo conjuras a estar para ti en este instante, resuelves con un par de pasos la distancia hasta la mesa, te acomodas en la silla, al lado está el morral abierto, apenas pones tus ojos en su sombra abierta, ves tus lentes de sol dentro. La taza llega a la mesa, extiendes los brazos y miras las manos, es una taza huérfana, no tiene una vajilla madre. Hace tiempo no compras una vajilla entera desde cuando notaste que en ciertos momentos tenías la tendencia a abrir las manos sin notarlo y dejar caer platos y pocillos. Una especie de tara asociada a pensamientos inconscientes, ocurría cada cierto número de días, luego tú reponías las piezas faltantes hasta que un día decidiste solo comprar vasos, pocillos y platos en la medida en que se fueran rompiendo.

Extraes del morral algunas cosas, vas a salir y lo cambiarás por un bolso más pequeño, das orden a las cosas dentro, te levantas, aseguras las ventanas, al sofá le llegan gruesas notas de sol, te asombran unas líneas de luz, las sigues y con el celular tomas una fotografía de la imagen. En la puerta te convences de llevar las llaves en el bolso, abres y pasas al otro lado, afuera usas las llaves para darle vuelta a la cerradura, te mides ante la puerta, una historia de estaturas, con esa frase te vas hasta las escaleras, eras chica y fuiste creciendo, en cada medida del cuerpo viviste una idea del mundo, ahora no te extiendes más hacia lo alto, esa es tu estatura ahora y en ella vives lo que te resta del tiempo en el mundo.

Vas al auto, el parqueadero en el sótano, al comienzo pensabas en los edificios y esperabas que cuando tuvieras un apartamento encontraras al salir el auto, y un ascensor lo bajara hasta la calle, eso te hubiera gustado y era la idea con la cual disfrutabas viendo edificios desde los autobuses. No fue así, bajas hasta el sótano y buscas la salida, el portero abre, te saluda, haces lo mismo, elevas el vidrio, aceleras y viajas en dirección hacia el centro de la ciudad. El interior del auto está en silencio, tú igual, algo se va tragando los pensamientos sin que tú puedas digerirlos, es muy rápido, todos cruzan y al tiempo en que lo hacen desaparecen sin dejar memoria de su existencia.

El teléfono suena unas calles después del primer semáforo, es tu amiga, la escuchas nuevamente emocionada, ella habla muy a prisa, te pierdes varias de sus palabras, al final resumes para ti y le dices, «sí, estaré ahí este fin de semana, y no, no me interesa salir a cenar con alguien solo porque se interesa en mi pintura». Te veo en la galería el sábado. Otras palabras, innecesarias pero de obligatorio uso, te despides y sonríes creyendo que ella sentirá la dulzura que expresa tu rostro.

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