Miradas

Sabes de mis miradas prendidas en deseo sobre tu escote y cuando la notas, unas veces pasas tu mano para dar fuerza a la tela que lo protege, otras en cambio, me dejas ir hasta donde el ojo puede, a veces te gusta, y te sorprende que en el siguiente instante parezco inocente, como si nunca hubiera ofrecido extensos mis ojos de volcánico arrojo sobre el borde entre la piel blanca y la piel que ve el sol diariamente. Estás en la ducha y después de pensar en mis miradas mides con matemática infantil el tiempo en la ducha, «soy como una planta, el agua es para la sed de la piel, no para lavarme» y continúas con la atención puesta en el gorgotear de nube agrietada bajo tus pies. Es un día en el que ningún afán te obliga a salir con prisa, sigues bajo el agua, mueves tus pies al ritmo de una música y una danza invisibles, tocas tus pies, uno con otro, decides sentarte y doblas tu cuerpo hasta hacerlo con las piernas cruzadas, ahora el agua no golpea tu cabeza, lo hace sobre tus piernas, palmoteas, un gesto de la infancia con el que intentas atrapar las gotas en el aire, algunas son sorprendidas y saltan desde tus palmas hasta tu rostro.

Un movimiento de tus senos te lleva nuevamente a mis ojos, sin que puedas aceptarlo porque no te lo preguntas, cierras tus brazos sobre los senos y al mirarlos ahora protegidos sabes que no he podido ver más allá de lo que siempre está expuesto, no te satisface esa manera de pensar y mejor tomas el jabón y el champú, con los dos, juegas a hacer burbujas sin lograrlo, das un paseo con los dedos de tus manos sobre tus pies, presionas y masajeas, abres los dedos y te ríes un poco pensando en las cosquillas que producen esas caricias. Ya no eres una planta, has recibido mucha agua y podrías ser una roca debajo de una cascada, no estás hecha para vivir inundada así, pensando en eso te levantas, con la palabra pronto haces todo lo acostumbrado hasta salir con la toalla envolviéndote. En el espejo te observas, el cabello húmedo y el rostro limpio, las yemas de los dedos con arrugas, un fugaz temblor en los hombros, el coro de una canción en tu boca, palabras cantadas, solo para cantarlas no para el baile, como mucha de las canciones que recuerdas no sabes de dónde y por qué en ese instante ese coro te llega para ser elevado en tu voz, “ I’ve been waiting so long to be where I’m going In the sunshine of your love.”

El teléfono suena cuando dejas la toalla en la cama, estiras la cabeza y miras en la pantalla el nombre de quien te llama, ves que soy yo y sueltas una pequeña risa con la cual cubres otro pensamiento sin mucho sentido, «vea pues, me llama para hablar conmigo mientras estoy desnuda, pero no» dejas que el sonido pase entre timbres, uno y otro hasta que ya no hay más insistencia. Repones sobre tu cuerpo la protección de una crema, el aroma de un perfume, la composición de los colores con tu ropa, el cabello en el modo apropiado para tu rostro, un brillo en tu boca, y te preparas, no porque sea necesario para tu belleza, te preparas para el hábito diario de estar vestida y saber que eres atractiva con lo que escoges para vestirte, luego, cuando has ido a la cocina, mientras abres la nevera vas presionando la opción de “devolver la llamada” y cuando yo contesto dices, «me llamaste pero aún estaba dormida», lo dices porque quieres hacerme culpable y obligarme a ofrecer primero una disculpa, asunto que sucede en el siguiente instante.

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