Aromas

Usted no sabe a qué huele la ciudad, de qué aromas se llena la calle cuando va en camino de un lugar a otro.
Usted pasa sin percibir el perfume de la mujer que anoche tuvo sexo y esta mañana salió en contento y satisfecho de la casa hacia el trabajo, también deja pasar sin notar el sabor aéreo que el viento trae de una cocina, a café, a caldo, a verdura y frito.
Usted no reconoce el aire de lavandería al que fueron sometidos los vestidos, el del jabón en líquido y en polvo que lavó la ropa, y la onda que emerge del champú en la cabeza.
Usted no se ocupa en pensar que el aire no alcanza a extraer una conjunción de aromas que recorre en secreto y quietud a los zapatos, a la entrepierna y al sobaco, no, su tiempo no está invertido o gastado en siquiera imaginar lo que sale del cuerpo.
Usted, sin saberlo, desprecia el vapor de la ropa que estaba junta en un armario, no le distingue huellas con la nariz, las ignora del mismo modo en que lo hace del espacio por el que traslada su cuerpo.
Usted se recoge en anónimos, y de ese modo, en anónimo deja a la fruta, al betún, a la pintura en la pared fresca de colores, al pan recién y al pan pasado por el tiempo y el añejo.
Usted, sin generosidad alguna, ignora la extensión volátil de las uñas pintadas el día anterior para ofrecerse ahora en colores en las manos.
Usted apaga de sí el éxtasis que podría obtener al sentir el aroma de la piel que besa, el temblor que se respira, la música abierta en los poros, el escenario aéreo expuesto entero al olfato.

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