Conversaciones de barrio

Ahora que las vacaciones las he tomado en mi barrio, he dedicado mi tiempo a caminar sus calles, a dar una vuelta por aquí y pasar un rato tomando café por otra parte, siempre entre las mismas calles cercanas a mi casa.

Hay cuatro perros, para ser exactos deben ser más, solo que la exactitud a cierta hora del día y sin la prisa de las estadísticas me parecen un asunto banal, innecesario, como es innecesario contar los besos robados y esperados que se han dado, ofrecido o hurtado los jóvenes antes y después de la hora del colegio. Los he visto entre una casa y otra correr tímidamente sin que alguien los haya detenido, claro que no lo detienen a uno por eso, pero mejor lo digo, por si acaso.

Dos de los cuatro perros ladran a los autos que con una lealtad sin límite a la velocidad cruzan la avenida y, por supuesto, no se fijan en la piel ajada ni en los pies cansados de los canes que dan ladridos tras cada zancada.  Los otros dos juegan en el parque, están dispuestos a permitirse una carrera con todos los aparecidos que se atrevan a aceptarlos.  Vi a una señora llevarles pan de la panadería, me consta haberla visto escoger el que para su gusto era el más fresco y presentaba la mejor apariencia.

No hay cafeterías de viejos, quizá nunca las hubo, y si existieron se las tragó el mayor consumidor de lugares y costumbres que conozco, el tiempo.  Hay varias panaderías y el mismo número de lugares para tomar café, a uno de estos van dos personas de las que considero disfrutan de su pensión después de muchos años de trabajo.   Toman café sin la prisa de los que van de paso, ellos se sientan y esperan, filtran sin afanes las imágenes que se cruzan frente a sus ojos, las comentan entre ellos y muy a mi pesar supongo que dicen para sus adentros, este momento aún no nos trae la muerte.

En la lavandería, un lugar al que solo voy para dejar y recoger la ropa que no puede lavarse en casa, hay una muchacha alegre que saluda amablemente y dedica tiempo a hablar con sus clientes, no lo había hecho conmigo cuando había ido porque yo lo hacía de noche sin que mi prisa me diera tiempo para verle en su rostro la pasión por las conversaciones desprevenidas que deben darse entre desconocidos y vecinos que vienen a ser lo mismo.

Hablamos, sobre el color de la tarde y las sombras ajenas que nos prestan las casas y los edificios, del ruido aprendido en la calle y de los que todo lo miden con el metro de la codicia.  Me sorprendieron sus palabras, “un metro de la codicia”, y como sintió mi duda me fue explicando cómo quienes lo usan van midiéndolo todo con la única intención de que la medida tenga siempre ventaja para su nombre.  Hablamos del armario de los afligidos, de las sábanas y mantas de los solteros, del que pidió un traje prestado y lo lleva para devolverlo limpio, de quien deja notas en los bolsillos y de los que se preocupan por nada  por todo.

Me he prometido saludarla con tiempo y pasar a hablar con ella sin que requiera llevar ropa sucia como excusa para entrar al local a conversarle.   Esta misma promesa me la he concedido para con la mujer de la peluquería, el hombre de la casa de empeños, el vigilante que está a dis cuadras de mi casa, la mujer que sale a recoger ella misma a sus hijos al colegio.

Yo no lo sabía y tengo que aceptarlo, mi barrio es un país lejano del que no hacen enciclopedias o mapas, para el que nadie ha alojado una sección en wikipedia o abierto una página en la web para presentarlo.  Estos días caminando un lugar y otro me he enterado que mis vecinos y yo compartimos el mismo idioma y nos gustan tanto la serenidad como un buen café compartido.

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