Todos los días, de manera extraña pero recurrente, en el cajón del escritorio en su oficina encontraba una prenda femenina perfumada. El primer día le pareció curioso y pensó en una broma de alguno de sus amigos, no dijo nada y lo dejó en el mismo lugar. Al siguiente día pensó que ya no estaría el objeto en el mismo lugar pero encontró otro, supo que era uno diferente al del día anterior por el color, en cambio el aroma del perfume era el mismo. La curiosidad, la intención infantil lo impulsó a ponerlo en uno de sus bolsillos, llevarlo al baño, y mirarlo con atención. En uno de los bordes dos letras bordadas parecían indicar las iniciales de la propietaria.
Los nombres de todas las compañeras de la oficina pasaron pon su analizador de nombres e iniciales, ninguna cumplió con el requisito. Salió del baño con el objeto en el bolsillo, unos nervios imposibles de medir se apoderaron de él, no supo si mantenerlo en el bolsillo o volverlo al cajón, prefirió dejarlo en el cajón, solo que se prometió no moverse de su escritorio. Una llamada para una reunión no planificada lo obligó a levantarse de su silla, muy a su pesar debió ausentarse de su sitio más de dos horas. Pensó que al volver no lo encontraría, sin embargo, ahí estaba, en la misma posición, en el mismo lugar donde lo había dejado.
De la reunión a la que asistió surgieron una serie de actividades que le ocuparon el resto del día, al final su memoria no tenía suficiente lugar para mantener la atención en el objeto guardado, así que solo cuando iba en el auto, a unas calles del parqueadero recordó no haber mirado si estaba en el cajón cuando salió de la oficina.
Al tercer día quiso ir a la oficina, no era necesario, era sábado. Estuvo el fin de semana repasando formas y colores, el aroma lo perdió rápido, pensó que podría tomar un curso de cata de vino o de degustación de café para mejorar el uso del sentido del olfato, quizá así podría recordar con exactitud el aroma de los perfumes. El domingo en la tarde mientras veía una película se quedó dormido en el sofá de la sala, soñó de manera continua con una mujer pequeña desnudándose en el cajón de su escritorio, cada que despertaba, se descubría olfateando una de sus manos.
No pudo desprenderse de las imágenes, durante la noche del domingo dormía unos minutos y se mantenía despierto el doble. Unas ojeras merecidas por el trasnocho lo acompañaron a verse en el espejo. Algo lo perturbó, una idea de sí mismo ajena a sus creencias lo hicieron sentirse mal, la percepción de sus principios lo mantuvieron molesto. En la autopista estuvo muy cerca de golpear un auto, al ingresar al parqueadero el operario le reclamó por ir con una velocidad superior a la reglamentada, no supo si su respuesta fue desagradable o correcta. Cuando salió y vio al hombre se acercó para disculparse, obtuvo como respuesta, se ve cansado, eso nos pasa a todos el lunes, vaya tranquilo, espero verlo de mejor ánimo al final del día.
El hombre tenía razón. Al volver al parqueadero estaba sonriendo, había encontrado una prenda con aroma a perfume de mujer, las mismas iniciales, un color pastel sobre la tela y en el mismo lugar de su cajón. Esta vez no pudo contenerse y cuando fue a observarla oculto en el baño tuvo inevitablemente una erección. La vergüenza por los pensamientos fue superada ampliamente por el deseo.
La semana continuó de la misma manera. Una prenda delicadamente colocada en su cajón, las iniciales en el borde, el aroma, su huida al baño para verla en secreto, la tentación de masturbarse, el golpe de culpa momentánea, la negación y volver al escritorio para dejar en el mismo lugar la prenda. Durante toda la semana estuvo viendo a sus compañeras, a las mujeres que visitaban el lugar por ser clientes o vendedoras. Ninguna idea.
Tres semanas después, en una charla en el ascensor escuchó que una muchacha no había vuelto a la oficina, pensó en ella, en las iniciales de su nombre, no era. En la cafetería cada día repasaba los nombres y pensaba en las posibilidades. Aprendió de memoria cada uno de los grafos, podía repetirlos con los ojos cerrados, las letras empezaron a darle mayor sentido, los nombres de los objetos o lugares, nombres de personas, todo aquello que tuviera esas letras le era más familiar.
Todos los días hasta el último martes de ese mes había encontrado una prenda vestida de un aroma exquisito, ese martes, sin previo aviso en su cajón no había nada, ningún lugar había sido invadido por prenda alguna. Se dolió, repitió en su memoria cuanto pudo de los momentos anteriores a ese día. El miércoles se dolió más, miró en el piso si alguna compañera faltaba, nadie se había ausentado. Pensó en los amigos, le pareció que sería muy cara la broma, igual no les preguntaría.
Una semana después, la mujer que en las noches hacía el aseo en el piso le decía a una de sus amigas, ya no tuve que dejar más la ropa interior en ese cajón del puesto que parecía desocupado, me dieron un casillero personal al que solo yo tengo acceso.