Diarios Innecesarios XXXIII

Volviste a casa, aun conservabas la llave y la puerta mantenía la misma cerradura. Estabas sentada en el sofá con las piernas cruzadas, tenías un vaso de agua en la mano derecha y con la izquierda sostenías el bolso. Parecía que el silencio de la sala hubiese esculpido tu cuerpo sin otra pretensión que dejarte liviana para que en cualquier momento el viento te elevara hacia el lugar de las cometas en agosto.

Te asomaste, y digo te asomaste porque tuve la sensación de que tú misma estabas viendo por tus ojos como sí de un balcón propio se tratase. El saludo dio paso a las preguntas, no tenías respuestas y yo no quería escuchar razonamientos. El agua del vaso debió incrustarse en tu estómago como un témpano porque masajeaste la parte baja de tu vientre. Yo dejé el saco en una de las sillas del comedor, caminé hasta la cocina y salí con un vaso de leche. No comprendía tu presencia y tus palabras eran ilegibles para mía oídos, mis idiomas de ti no reconocían tu lenguaje.

Una gota de luna secó su luz sobre el vidrio y recordé historias sobre encuentros con personas que recién habían adquirido el título de difuntos. Te pensé muerta en otro lugar mientras tu alma venía a comunicarme algo secreto. Supuse que desaparecerías en cualquier momento e instantes después recibiría una llamada de alguien avisándome de tu deceso.

El teléfono vibró en el bolsillo de la camisa, lo saqué sin poder evitar un relámpago helado transitando por mi espalda, temblaba y sentía que no podría ser más inoportuna la llamada. Era de la oficina. Me pedían hacer algo urgente. Te dije que después de conectarme a la oficina y hacer lo que me habían pedido volvería a la sala para hablar aunque no tenía idea de que conversar contigo. Hiciste un gesto, en ese instante comprendí que eras real, solo tú en estado de incuestionable vida biológica podría poner esa cara de palo con la que indicabas tu disgusto.

Con el computador encendido y dando respuesta a un correo después de haber realizado la actividad que me habían pedido de la oficina volví a la sala. Esta vez entendí tus palabras, decías que había una culpa que no estabas dispuesta a aceptar, la de tus amigos viéndote inquisidoramente como si todas las agujas de la culpabilidad hubieran tejido una tela de culpa en tu rostro. Repetiste varias veces que la culpa era mía. Metí la mano en el bolsillo del pantalón, tomé las cuatro esferas que uso para distanciar mis emociones del enojo.

Mi voz se oyó tranquila, le dije, acepto mi culpa, no puedo hacer nada sobre lo que piensan de ti tus amigos. Un instante después vi que se había activado en tus labios el tic que los mueve cuando estás enojada y nerviosa No quise decir nada. No lo dije.

Creo debes darme las llaves, no es necesario que las tengas después de tanto tiempo, respondiste con el tono alterado, cambia la cerradura. Tomé mis lentes y con el borde de la camisa empecé a limpiarlas, ese es mi tic cuando no quiero sostener una conversación más tiempo. Igual que un resorte desprendido a la fuerza te levantaste de la silla y caminaste hacia la puerta.

Las luces del apartamento cubrieron tu figura, tu cuerpo quedó reflejado en las paredes, tu sombra se regaba a partir de la luz que lo cubría. Alcanzaste a ver tu cara en el espejo que está junto a la puerta. Abriste al tiempo que yo me acercaba para evitar que dietas un portazo.

Saliste y como todas las veces desde que decidiste abandonarme tu sombra se quedó dentro de mi casa mientras tú caminabas transparente y todas las luces te atravesaban.

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