Diarios Innecesarios X

11:37 a.m.  Un mensaje en mi celular: Tú no me cuentas tus secretos, yo quiero compartir uno contigo. Te veo al almuerzo.  Respondo el mensaje: Te veo en el restaurante del museo.

11:40 a.m.  El celular vibra. Ella contestó: Los museos no los abren los lunes.  A las 12:30 te espero en el restaurante de comida vegetariana.  Si llegas tarde pediré para ti.  No tardes.

11:41 a.m. En la pantalla de su celular debe estar leyendo: De acuerdo, llegaré a tiempo.

Media hora después, con el saco puesto y el paraguas abierto camino por la calle hasta el restaurante de comida vegetariana.  El frío crece por generación espontánea, no hay lugar en el cuerpo en donde no se sienta.  Rodajas de viento cruzan arando la calle, doy velocidad a mis piernas, el rostro se resiente, el frío aumenta, la lluvia sigue anunciando que pronto será un fuerte aguacero.

Ella está en una mesa en el segundo piso, sonríe para mí, me siento a su derecha, me pide que me cambie, dice, no esquives a mi corazón, ponte a mi lado izquierdo, me besa en la boca, aproxima su boca a mi oreja, este es el secreto que quiero contarte, la miro por encima de los anteojos, sin que yo lo sospeche me muerde.  Ahora lo sabes, ya no puedes contárselo a nadie.  Reclamo sin que mi quejumbrosa voz sea escuchada, la oreja está roja y caliente, me duele, ante la insistencia en mi reclamo vuelve a besarme.

Escogí por ti, eso va diciendo mientras que le aclara al mesero lo que cada uno de nosotros va a comer.  Una blusa blanca y unos pantalones azules, solo un arete, un anillo en el dedo anular de la mano izquierda, el cuello desnudo, los labios pintados de rosado infantil, así está, sentada sonriendo y sacando de su bolso una hoja en blanco.  El propósito de la hoja es que yo le escriba un poema.

El mesero vuelve con los platos, los acomoda en la mesa, la hoja se mantiene desnuda, le pregunto por el secreto que compartiría conmigo, se queda mirándome y en voz baja va diciendo, anoche cuando la luna clavaba su luz de hueso por la ventana, yo escribí tu nombre en el vidrio, luego, canté, canté una canción de cuna, quería que te durmieras con mi arrullo.  Nunca había hecho algo así, y se me ocurre que no le contaré eso a nadie, espero que tú tampoco.

La comida empieza a desaparecer del plato, el poema cae gota a gota sobre la hoja, el tiempo para volver a la oficina está expirando, hablamos de su trabajo, ignoramos el mío, me cuenta que conoció a la secretaria de uno de sus clientes, la mujer estaba fascinada con el collar que ella llevaba en su cuello, se lo regaló, por eso el cuello está desnudo.

Me acompaña hasta la entrada del edificio en donde trabajo, me acaricia la oreja golpeada por sus dientes, se ríe, me pide un beso rápido, de los que apenas rozan la boca.

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