Expiaciones

La noche llegó sin preámbulos o dudas, se plantó de frente y lo tapó todo. La luz artificial en las calles llegaba tenue hasta la ventana de la habitación del piso doce en donde me estaba alojando.

Fue hace dos años, mi memoria se precia de ser inexacta y yo le aplaudo eso.  El nombre del hotel no reposa en mi memoria.  Yo la abordé cuando ella se aproximó a preguntarle al hombre del bar acerca de la disponibilidad de taxis que la pudieran llevar al sitio a donde los dos llegaríamos una hora más tarde.  El del bar le dijo que debía esperar un poco, había un partido de fútbol en la ciudad y muchos taxistas estaban recogiendo a clientes del hotel que habían ido a verlo.

Yo había acordado con un taxista para que pasara por mí para llevarme a un sitio en donde las mujeres te quieren pero te cobran, él me llevaría hasta el sitio y pasaría por mí una hora después.  El taxista estaba ya en la portería esperando a que las dos copas de ginebra gratis que me habían prometido hicieran parte de la línea sanguínea en mis venas.  Tomé el celular y lo llamé, le dije que tenía la oportunidad de hacer “unos puntos” con una mujer, que esperaba que no hubiera problema en acercarla a ella al lugar al cual iba y luego llevarme al que había acordado conmigo, igual, yo le pagaría un excedente.  El hombre aceptó y me dijo que me esperaría, no tenía inconveniente en estar afuera y llevarme a donde yo quisiera, ese es su oficio.

Le dije a la mujer, previamente me había disculpado por haberla escuchado y conocer de su necesidad de transporte, puedo llevarte en el taxi que me está esperando, no tengo problema en compartir la ruta.  La mujer aceptó con dulzura, debió parecerme sospechoso, los tragos ginebra no solo estaban en mis avenidas de sangre, también había llegado a mi cerebro porque no sospeché en el instante de la velocidad y facilidad con la cual la mujer aceptó ser llevada en mi taxi.

Esperó sentada mientras yo permanecía silencioso con la copa en la mesa, mi afán por observar a los habitantes de los hoteles se notaba en mis ojos.  Vi a una pareja salir discutiendo, pasó un hombre con el afán propio de quienes buscan el baño, se escuchaba claramente la voz de un hombre discutiendo a su esposa, un niño corría y era perseguido por su madre.  Los trabajadores del hotel iban y venían, cada uno saludando a los huéspedes en cada oportunidad que se los encontraban.  El hombre del bar puso una tercera copa junto a la segunda, lo miré sorprendido, me hizo un gesto con la mano y antes de que yo pudiera comprenderlo completamente le estaba sirviendo uno a la mujer que ahora estaba más cerca de mí en la barra.

La mujer tomó rápidamente ventaja en la conversación, empezó a preguntarme acerca de mi visita en la ciudad, yo, por necedad de lector de literatura, le dije que mi nombre era Abdul Bashur, me hice llamar como el personaje de Alvaro Mutis, ella me dijo que mi apariencia no era de árabe, pero mi nombre sí, le dije, definitivamente mi nacionalidad es la de todos en el mundo, soy de aquí, de este lugar en el que me miras y deja de existir cuando tus ojos desaparecen ante tus párpados.  Me preguntó si era poeta o algo así, reí un rato solo, el hombre del bar me hacía señas desde la otra esquina de la barra, quería reírse conmigo y yo no podía hacerlo.

Ella continuó con la conversación mientras yo esquivaba las preguntas dando respuestas vagas acerca de todo, ella parecía acostumbrada a ese tipo de conversaciones, solo quería mantener el contacto, antes de que me diera cuenta las copas sobrevivían solitarias a una soledad de licor en su interior, estuve a punto de pedir otro trago pero el teléfono timbró, era el conductor, le dije ya salimos, estamos casi en la puerta.  El hombre del bar me dio una nota, en ella estaba su número de celular, me dijo, cualquier cosa me llamas.

No le había preguntado a donde iba, lo supe cuando el taxista nos preguntó cuál sería la ruta, elle dijo el nombre de la calle y el barrio, la coincidencia me hizo preocuparme, en ese mismo lugar estaba el lugar que me habían recomendado, me quedé pensando si ella iba a trabajar o como yo iba de cliente, pensé, debe ser lo primero.  El taxista entendió que era la misma ruta.  La charla estuvo tan diversa y dispersa como la que tuvimos en el bar, de una y de otra cosa hablamos mientras que el taxista daba giros evitando la congestión del tráfico.

Al llegar a la calle indicada ella pidió quedarse unos metros antes, yo seguí, el taxista me hizo recomendaciones para estar en el lugar, confirmó que tuviera su número de celular, igual él vendría en una hora exacta y me buscaría adentro.  Entré y me confundí entre los clientes y trabajadoras del lugar.  Pedí un trago, la variedad era suficiente para terminar ebrio solo escogiendo, mantuve mi decisión por la ginebra.  La mujer que me atendió me dijo que tres copas tenían el mismo costo que una botella, ella me recomendaba comprar de una vez la botella completa, no tengo mesa, le dije, ella me consiguió una y acepté su recomendación.  Mentalmente me hice la promesa de no beber más de un trago, esa botella terminará en el estómago de otros, no en el mío.

Una y otra vez miré a las personas del lugar, una mujer se me acercó, me hablaba con un acento extraño, ella sonrió cuando le pregunté, me dijo el nombre de su país de origen, y yo le dije el del mío, recibí un beso por mi sinceridad, eso iba diciendo mientras se servía un trago, aparentó apenarse por tomar de mi botella, le dije, es toda tuya, respondió, si la quieres ahora debes ir tras de mí, e hizo un amago de marcharse.  Mi risa fue sincera y sentí que podía divertirme con ella.  Estuvo conmigo hasta que se sirvió el segundo trago, ya le había dicho que mi interés era estar en el lugar para poder volver a mi país y decir que había ido, sonrió y me dijo que entonces ella se volvería popular en un sitio que no conocía porque yo hablaría de ella.  Mi sonrisa fue espontánea y le aclaré que solo iba a estar ahí sin buscar otro tipo de participaciones en el lugar.  Ella comprendió, parecía tener experiencia en leer la verdad en el rostro.  Yo vivo de esto, si solo vienes a mirar pasaré a saludarte más tarde, me caes bien, terminó de beberse lo que había en la copa y se fue.

Estuve solo alrededor de veinte minutos, estaba viendo a un hombre bailando con una mujer que lo superaba en décadas, el hombre se veía feliz con la mujer de más de cincuenta años, yo creo que él no tenía más de veinticinco. Sin que yo lo hubiera notado una mujer estaba sentada a mi lado, cuando me di cuenta di un pequeño salto de susto, ella repitió mi gesto, luego entre una y otra cosa iba diciendo que alguien como yo no merecía estar solo, tomando solo y al mismo tiempo servía un trago en mi copa, luego dijo, que pena, debo cambiarte la copa, ya vengo, efectivamente volvió con otra copa, yo quería decirle que podía tomar de la mía, igual yo no pensaba tomar, ella continuó diciendo y diciendo y yo sin querer escucharla porque me estaba sintiendo acosado.  Le hice saber que en ese momento no tenía intención de hablar con nadie, mi soledad había roto todas mis esperanzas y esperaba recuperarla observando, eso le iba repitiendo mientras ella hablaba sin importarle mi sordez a su boca.

Se fue haciéndose la enojada.  Me sentí tranquilo.

La música había perdido su vigor y su sonido permitía escuchar las conversaciones, estaba viendo a una mujer discutir el precio de la tarifa cuando una voz conocida se paseaba cerca de mi cuello, con que te gustan los tragos fuertes, giro y la encuentro a ella nuevamente.  Sorpresa. Debí sonreír con tanta placidez que iluminé su rostro, ella me devolvió una sonrisa entera, con la dulzura de los ríos que llegan al mar.  Nos hicimos preguntas de las que no esperábamos respuestas, pedí una botella adicional, ella puso una nota en mi camisa con unos precios que me parecieron absurdos, yo estaba un poco borracho, yo estaba borracho, aun así le dije, no vine acá a eso, solo quería estar y contarle a mis amigos que había estado aquí.  No tengo otra intención que estar.  En el oído, con voz amanecida me dijo, está bien, eso lo sé desde que estabas en el bar, yo vivo de esto, la única manera en que pueda quedarme contigo es que compres dos botellas más o que decidas salir conmigo del lugar.

Ella supo de mi ignorancia, me lo dijo de otro modo, tengo una cuota mínima que cumplir cada noche, la cuota se cumpliría si compras dos botellas más, de otra manera debo buscar otros clientes, alguien que quiera pasar la noche conmigo.  Aún sin entender a lo que me estaba comprometiendo compré y pagué, había que pagar al pedir, las dos botellas de más, y me levanté diciéndole que yo debía irme.  El taxista había pasado a ver cómo me encontraba cada hora a partir de la hora comprometida para pasar por mí.  No te vayas, puedes tomarte las dos botellas acá.  Me voy, no entendí lo que me dijiste y me quiero ir.  Voy contigo.  Al tiempo que ella decía, voy contigo, aparecía el taxista, preguntó cómo estaba, cómo me sentía, le dije, esa mujer es extraña, no entiendo lo que me dice.

El taxista y la mujer discutieron mientras yo buscaba el auto.  Ella le dio su número de celular, el teléfono de su casa, y otros datos, después de eso el taxista me dijo que se sentía tranquilo de llevarme a ir a donde ella quería.  No entiendo.  Eso fue lo último que dije y me quedé dormido en el taxi.  Me despertaron al llegar a una casa que tenía las luces en las ventanas encendidas.  Estaba menos borracho, sentía menos pesadez en el cuerpo, la mujer me pidió seguirla, el taxista me hizo saber que podría ir con tranquilidad, él pasaría por mí a las diez de la mañana o antes si yo o ella lo llamábamos.  Me pidió revisar mis bolsillos y la billetera, todo estaba bien.  Entré detrás de la mujer a la casa, ella me guio hasta un cuarto en el que una luz blanca nadaba libre sobre cada uno de los objetos.

No sé si solo quieres dormir, si te antoja mi cuerpo, pero a mí se ocurre que en otra vida tú y yo fuimos noche y día, nube y sol, calle y balcón.  Ahora entendía menos aunque sentía que estaba menos borracho.  Ella salió y me quedé dormido hasta que ella volvió para despertarme.  Traía las manos frías, heladas, como si las hubiese cubierto de hielo, me pidió salir del cuarto y seguirla.  En el patio de su casa había una fogata quemando una roca, junto al fuego una sábana blanca había sido untada de tierra, en una jarra de vidrio había tanta agua que llegaba hasta el borde, y un aire frío lo cubría todo.

Empecé a despertar de mi ebriedad al tiempo que ella movía los objetos y dejaba partes de uno y de otro alrededor del fuego, no entendía lo que decía, creo que cantaba en un idioma que ni ella conocía, creí estar despierto y lúcido cuando mencionó la historia por la cual estábamos ahí.

Una noche, una noche de voces y fuego caímos en la tentación de parir nuestro deseo en la soledad de una cama, sabíamos que cada uno debía fidelidad a una casa, esa vez no lo cumplimos, tú vestías la bandera del deseo y yo esperaba ser abrigada por tu asta.  Así pasó, y no pasará más porque esta noche tu ebriedad o temor lo evitaron.  Solo debes tocar la tierra quemada por el fuego, el agua caliente y soplar conmigo hasta que la llama se apague.  No sabía en donde estaba, no tenía claro exactamente quien me acompañaba, lo hice, y ella conmigo, se sentó a mi lado a apagar el fuego.

El taxista pasó por mí, ella se despidió, yo vomité en el baño del hotel cada cosa que había comido el día anterior, luego una sangre que olía a malicia y desprecio fue saliendo por mi boca, fue cuando lo comprendí todo, así expié mi pecado.

 

Oscar Vargas Duarte.

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