Masturbante

Me había despertado varias veces en la noche. Había ido a la cocina a tomar leche, la puerta del baño estaba abierta y como si estuviese obligado entré a orinar, me lavé las manos y cuando me estaba secando noté la mancha. Entre los dedos anular y del corazón había una mancha, tarde unos minutos en distinguir que tenía forma de hormiga, esa mancha no la había visto en mi mano antes. Puse más jabó…n y me lavé nuevamente, la mancha se mantuvo en el mismo lugar, del mismo color café con el que la había visto al comienzo.

Opté por volver a la cama, meter mi cuerpo debajo de la cobija, cerrar los ojos y pensar que me dormiría pronto. No fue así. Los ruidos de los apartamentos vecinos, el aire golpeando ventanas, los autos en la avenida cercana, una ambulancia, el grito de alguien en la calle, varios gatos. Es extraño que escuche gatos, aún no he visto que haya gatos en el conjunto. El pie derecho se pone frío, la pierna izquierda me tiembla, siento cosquillas en las manos. Me muevo en la cama, pienso en sexo, en mi compañera de la oficina. Sus senos son medianos, a veces lleva una blusa que algo deja ver de sus formas, es delgada y apenas unos centímetros más baja que yo. A mí me gusta su delgadez, la imagino desnudo, con los cambios propios de color que se dan en la piel de quienes no salen a broncearse. Creo que su ropa interior es blanca. Mientras me caliento con la mano derecha los genitales la imagino con un brasier semitransparente que permite intuir el color de sus pezones. El cosquilleo en la mano no me deja continuar, siento deseos de orinar, es inevitable volver al baño.

La luz del baño no encendía. Un intento, dos, tres y no funciona. Levanto el brazo con la intención de mover el bombillo, lo toco, está caliente –jueputa– se enciende el bombillo, los ojos se duelen por la luz, siento los dedos quemados. Abro el grifo, pongo la mano debajo del agua. Al verme la mano tengo más manchas, se han multiplicado, las dos manos y los brazos, no quiero ver el resto del cuerpo. Orino, me devuelvo a la cama. Dejo la luz encendida, lo noto al volver al cuarto, no me devuelvo, al meterme en la cama escucho un ruido, el bombillo se fundió, todo queda oscuro, apenas una luz grisácea que llega de la calle se cuela por la ventana. Cierro los ojos. Las cosquillas siguen. No me importa, pienso en volver a imaginar a mi compañera.

Su cintura es proporcional a sus caderas, ahora pensaría que no hay mucho movimiento en ellas, pero es hora de la imaginación desproporcionada y la supongo dejando subir su falda hasta la cintura y morder su ecuatorial ombligo. La supongo sobre mi cuerpo y debajo del mío. La piel se me pone caliente, me duelen los brazos, parece que por mis venas viajan canoas agrietadas con agujas. Las piernas me tiemblan, yo me concentro en la mano que toca un pene que extrañamente está creciendo más allá de lo reconocido previamente por mi mano.

Sigo entre el dolor del cuerpo recorrido por agujas guerrilleras que me agrietan la piel, el pene inflamado hasta el dolor agudo que espera la eyaculación urgente. Mi compañera, como libro abierto hecho de sales húmedas, se dispone y yo recorro en lo profundo el agitar de su cuerpo que al igual que el mío tiembla y se entrega. El dolor me supera, me doblo y no puedo dejar de mover la mano, siento que toda mi conjunción interna se dirige a la uretra, clavo mi rostro en la cama, siento que el glande se me rompe y pasa, como un golpe de nieve hervida que cae velozmente sale algo de mi pene y detrás de ello van las sombras guerrilleras que cruzaban mis venas.

La luz del cuarto se enciende, puedo ver que de mi cuerpo, en gotas, un huracán de hormigas se desplaza detrás de una larva que ha salido con el semen, el cuerpo me duele, el pene flácido está vacío, la larva huye, las hormigas la consumen. Me recojo sobre la parte alta de la cama, miro la masacre que ocurre al otro lado de la cama, las hormigas ganan.

Tiemblo, sudo miedo, se que las hormigas sin importar a donde vayan vuelven al hormiguero.

 

Oscar Vargas Duarte

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